Título original en inglés: “Why Prayer Is Hard for Me“
Nunca he sido buena en las relaciones de larga distancia. A menudo me incomodo cuando mi teléfono suena, sin importar quien llame. Me puede tomar días, semanas, incluso meses para regresar una llamada o siquiera responder un mensaje de texto de un amigo con quien no haya hablado en un buen tiempo. Y muchas veces, cuando finalmente me atrevo a comunicarme con la persona, me siento angustiada durante toda la conversación, incluso si es agradable.
Con base en estas reacciones, podrías pensar: “Ella no debe disfrutar la interacción con las personas o debe pensar que el compromiso relacional no es tan importante”. ¡Nada más lejos de la verdad! El hecho de que sea una consejera vocacional, debería hacerte saber que creo que estas cosas son de la más alta importancia.
¡Hablar con la gente es en realidad una de las cosas más satisfactorias y energizantes que hago! Pero, irónicamente, cuando se trata de la comunicación a larga distancia, a menudo me siento tentada a evitar a las personas, incluso a las que son importantes para mí. De hecho, son las personas que más aprecio, con quienes más me cuesta conectarme cuando no están físicamente presentes conmigo.
He analizado estos patrones desconcertantes por años y ponderado por qué el compromiso a larga distancia es tan difícil para mí. He aquí algunas de las observaciones que he hecho.
Por un lado, la comunicación a larga distancia requiere más trabajo para mí que la comunicación en persona. Requiere intencionalidad para planificar un tiempo para hablar o persistencia en marcar un número telefónico hasta que ambos estemos disponibles. Y requiere más atención. Los problemas de mala comunicación son mucho más probables cuando no puedo captar el lenguaje corporal de alguien o me pierdo algo debido a la mala recepción del teléfono celular o la conexión a Internet. Saber esto hace que sea más difícil para mí calmar mis ansiedades.
Pero he encontrado que hay una razón aún más significativa por la que esto me resulta difícil: me recuerda que estamos separados. Anhelo profundamente vivir la vida lado a lado y estas conversaciones hacen que los demás se sientan tan lejos.
Pablo lo capta bien en Romanos 1:11 cuando dice “Porque deseo veros… a fin de que seáis confirmados”. Juan expresa un sentimiento similar en una de sus cartas: “Tengo muchas cosas que escribiros, pero no he querido hacerlo por medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara, para que nuestro gozo sea cumplido” (2 Juan 1:12). Asimismo, cuando me comunico con alguien que está lejos, mi gozo está incompleto. Está mezclado con dolor, porque estamos separados y no podemos hablar cara a cara.
¿Pero por qué te estoy diciendo esto? Te estoy diciendo esto porque tengo luchas similares comunicándome con Dios, y tal vez también tú. La oración es difícil para mí. Sé que el Espíritu de Jesús está en mí, pero mi incapacidad para verlo y tocarlo lo hace sentir muy lejos. Me cuesta priorizar la conversación con Dios y me cuesta igualmente mantenerme concentrada cuando hablo con él. Mi culpa por evitarlo me tienta a permanecer lejos por más tiempo, y cuando me acerco a él, puede llevarme un tiempo imaginar su semblante, sorprendentemente cálido y lleno de gracia. Sobre todo, la oración me recuerda que hay cierta distancia entre nosotros y, de nuevo, lamento que aún no estemos cara a cara.
Sin embargo, aún me esfuerzo por orar. ¿Cuál es mi consuelo a pesar de estas cosas?
- Sé que la oración es una disciplina espiritual y, como con toda disciplina, puede no sentirse gratificante pero me bendice y, a menudo, se hace más placentera y fácil, a medida que me mantengo orando.
- Jesús se identifica con mi dolor porque él compartió mi experiencia. Dejó atrás su comunión íntima, cara a cara, con su Padre para entrar en nuestra existencia humana, es decir, experimentó a su Padre como si estuviera distante (Sal. 22:19; 71:12) y escondido (Sal. 27:9; 102:2). Él sabía lo que era tener su corazón en dos lugares – su hogar celestial y su hogar terrenal.
- Dios es paciente mientras lucho por hablar con Él. Él tiene compasión por mí, e incluso me invita a iniciar la conversación compartiendo las razones por las cuales lo encuentro difícil. Él se deleita en escucharme pedir por ayuda con la oración.
- Sé que viene el día cuando no lucharé más. Veré el rostro de Dios cara a cara (1 Juan 3:2) y ya no me resistiré más a hablar con él.
No imagino que algún día seré una guerrera de oración. Pero Dios todavía está trabajando en mí. Puedo compartir honestamente con él acerca de mis sentimientos conflictuados, y me consuela que la debilidad y la vulnerabilidad son más preciosas para él que la fuerza. Y aunque mi preferencia a hablar cara a cara no me lleva de manera natural a la actividad de la oración, estoy siendo cada vez más llevada a la Persona que escucha mis oraciones.
Esta traducción tiene concedido el Copyright © Octubre 2020 de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). El artículo original titulado “Why Prayer Is Hard for Me“, Copyright © 2020 fue escrito por Laura Andrews. El contenido completo está protegido por los derechos de autor y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF.
Este artículo fue traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por José Luis Flores, Editorial EBI. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.
This translation is copyrighted © (june 18,2020) by the Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). The original article entitled “Why Prayer Is Hard for Me“, Copyright © 2020 was written by Laura Andrews. All content is protected by copyright and may not be reproduced in any manner without written permission from CCEF.
Translated in full with permission from the Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) by José Luis Flores, Editorial EBI. Sole responsibility of the translation rests with the translator.