En este artículo quiero desafiar un uso común de un texto bíblico. Yo mismo lo he usado de esta manera, y muchos predicadores también lo hacen. Me refiero a Jeremías 17:9:
Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿Quién lo comprenderá?
Esta afirmación se une a textos como Génesis 6:5 y Efesios 4:17–19 para describir las miserables profundidades de la depravación humana. De hecho, estos tres pasajes describen específicamente la pecaminosidad del corazón humano. En estos textos, los términos para «corazón» (hebreo leb y lebab; griego kardia) hablan del «centro de control» interno del hombre, la sede de sus inclinaciones y deseos, el núcleo de su ser. No debería sorprendernos que la Biblia describa el corazón del no regenerado como engañoso y «sin remedio». Pero, ¿tales descripciones también se aplican al corazón del regenerado?
El corazón nuevo
No estoy tan seguro, y he aquí algunas razones.
- Si vamos a aplicar Jeremías 17:9 a los creyentes, deberíamos hacer lo mismo con declaraciones paralelas en el contexto. El versículo 1 dice: «El pecado de Judá está escrito con cincel de hierro, con punta de diamante está grabado sobre la tabla de su corazón y en los cuernos de sus altares». ¿Describe eso el núcleo del ser de una persona regenerada?
- El propio Jeremías dio la solución al problema de 17:9. El Nuevo Pacto que él predijo incluye la promesa: «Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré» (31:33).
- Las profecías del Nuevo Pacto de Ezequiel explican esto aún más. «Yo les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que anden en Mis estatutos, guarden Mis ordenanzas y los cumplan. Entonces serán Mi pueblo y Yo seré su Dios» (11:19–20; cf. 36:26-27). Ezequiel da inmediatamente la alternativa: «Pero en cuanto a aquellos cuyo corazón va detrás de sus cosas detestables y abominaciones, haré recaer su conducta sobre su cabeza, declara el Señor Dios» (11:21). Suena como si la gente tuviera un tipo de corazón u otro, no ambos.
- A menos que tengas una perpectiva dispensacional extrema, probablemente entiendas que, en cierto sentido los cristianos disfrutan de las bendiciones espirituales del Nuevo Pacto, incluído un nuevo corazón (2 Co. 3; He. 8:7ss; 10:16ss).
- Dejando de lado los debates dispensacionales, no cabe duda de que las Bienaventuranzas hablan de la condición espiritual de los cristianos. Éstas incluyen la expresión «limpio de corazón» (Mt. 5:8; cf. 2 Ti. 2:22).
- La fe salvadora implica retener la palabra de Dios «en un corazón honesto y bueno» (Lc. 8:15).
- Dios purifica nuestros corazones por la fe (Hch. 15:9).
- La conversión implica hacerse obediente al evangelio «de corazón» (Ro. 6:17).
Definiendo nuestros términos
Puedes buscar el término «corazón» en las Escrituras y encontrar otros pasajes que confirmen que el cristiano tiene un corazón nuevo y bueno y que proporcionan diversas imágenes y explicaciones al respecto. Pero quizás ya tengas en mente pasajes bíblicos que parezcan contradecir esto. Por ejemplo, Santiago dice que pecamos cuando somos seducidos por nuestros propios deseos (1:13–14). ¿Cómo encaja esto con la idea de un nuevo corazón?
La clave está en definir nuestros términos, especialmente el uso especializado que el apóstol Pablo hace de la «carne» (sarx). Pablo presenta la vida cristiana como una tensión continua entre el Espíritu y la carne (Gá. 5:17). Para él, la carne es una ingluencia o fuerza que nos inclina a la desobediencia, el conjunto de deseos pecaminosos dentro de nosotros—lo que los escritores antiguos llamaban «remanentes del pecado» o «los restos del pecado» dentro del creyente. Antes de la conversión, estábamos «en la carne», bajo su dominio (Ro. 8:8–9). Pero nuestra unión con Cristo en Su muerte y resurrección rompió la autoridad del pecado (y la correspondiente carne), y ahora podemos resistir su influencia (Ro. 6:1–14). Lo hacemos a través del poder del Espíritu Santo (Ro. 8:13; Gá. 5:17ss).
El punto es que «el corazón» no es lo mismo que «la carne». El nuevo corazón es lo que somos fundamentalmente en nuestro interior, un aspecto definitorio de nuestra identidad en Cristo. La carne es un enemigo feroz que habita en nosotros. Pablo lo deja claro en la distinción que hace en Romanos 7:18 «Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno».
¿Y qué?
Quizá puedes decir, «OK, lo entiendo, pero cuando digo que tengo un corazón engañoso y perverso, estoy hablando de mi carne, todos estos deseos egoístas en mí. ¿Qué más da cómo lo llame? ¿No se trata sólo de semántica?». Mi respuesta inicial sería que deberíamos adherirnos lo más posible al lenguaje de la Escritura, que es el lenguaje que Dios eligió para comunicarse con nosotros. Tal vez no estoy pensando en algunos usos bíblicos del lenguaje del «corazón» que complicarían mi argumento. Si es así, siéntete libre de enviar un comentario y hacérmelo saber. ¿Cómo, por ejemplo, podríamos integrar Proverbios 28:26 con lo anterior? Una pista: véase Eclesiastés 11:9–10.
En cualquier caso, suponiendo que mi argumento se mantenga, en la práctica sí que supone una diferencia el uso que hacemos de nuestros términos. ¿Cómo preferirías verte a ti mismo? ¿Como fundamentalmente podrido hasta la médula, con acceso a la energía divina para superarte a ti mismo? ¿O como si tuvieras un corazón nuevo y puro orientado hacia Dios y capaz de rechazar las exigencias del tirano depuesto que llevas dentro? Además, ¿qué sería de la «Canción del libro sin palabras»?
«Mi corazón estaba oscuro por el pecado hasta que entró el Salvador.
Su preciosa sangre sé que me ha lavado blanco como la nieve.
Y en la Palabra de Dios se me dice que caminaré por la calle del oro.
Para crecer en Cristo cada día, leo mi Biblia y oro».
Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D.

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