Una teología sana sobre la justificación y la santificación
Al conocimiento bíblico que tenemos, respondemos. Tanto la obra de justificación como de santificación están descritas en la Palabra de Dios como una constante que se despliega de la obra de Cristo para representarle como su pueblo. Necesitamos comprender las verdades bíblicas así como sus implicaciones en nuestra vida para crecer en Cristo como fruto que somos de él.
Lo que ya fue – libre de pagar la culpa por el pecado
La justificación es un acto legal que declara justa a una persona; ser justificado implica que alguien más ha sido juzgado y hallado inocente del crimen que se acusa a esa persona. Para los creyentes esto sucede una única vez sobre la obra perfecta y justa de Cristo quien quita la culpa del pecado al ser imputada en él para restaurar al pecador a todos los derechos de un hijo de Dios -adopción. (Ro 5:9; 3:24, 28).
Es una hermosa verdad que sucede fuera del pecador en el tribunal de Dios, y que el pecador hace suya por la fe. Es por los méritos de Cristo en su obra de vida, muerte y resurrección que el pecador es libre de pagar la culpa por su pecado. La justificación no nos hace moralmente buenos, sino que provee la base para que el proceso de cambio interno tenga lugar en nosotros por el poder del Espíritu Santo.
Dios nos aparta para él, nos justifica y empieza a hacernos santos como él es Santo (1 P. 1:16). Y nosotros, capacitados por su Espíritu Santo, empezamos a despojarnos del pecado que aún nos asedia -entendiendo que pecado es rebelarse contra Dios. La Biblia llama a este proceso, santificación.
Lo que es – siendo liberados del poder del pecado
La santificación es el proceso que el Espíritu Santo realiza dentro de nosotros para hacernos santos -esto es a la semejanza de Cristo-, el cual se completará hasta la muerte. Esta es una labor conjunta. Dios nos santifica al poner el querer como el hacer dentro de nuestros corazones, y nosotros somos responsables en responder en obediencia a su Palabra guardando nuestra salvación -no porque la perdamos sino porque la atesoramos, (Fil. 2:12-13).
Dios utiliza el sufrimiento, las pruebas, y las injusticias (1 P. 3:13-22) para santificarnos y nosotros respondemos en fe por medio de las disciplinas espirituales de leer la Biblia, orar, congregarnos, y discipularnos en la cotidianidad de nuestra vida.
Dios utiliza muchas veces el sufrimiento como una lupa a nuestra alma y su Espíritu trae convicción de pecado (Jn. 16:8-11). El mismo evangelio que nos salvó, sigue siendo suficiente para hacernos crecer en nuestra santificación: arrepentimiento, perdón, fe y salvación de toda rebeldía diaria contra Dios. Somos libres de toda culpa que nos inmoviliza para confesar pecado y crecer en santidad (2 Co. 3:18).
Verdaderamente libres – Responsabilidad no culpabilidad
Jesús dijo: “Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres”, Juan 8:36. La justificación nos hizo libres de la culpa para ser adoptados como hijos, ahora tenemos una relación con Dios como nuestro Padre. Nuestros ojos han sido abiertos a nuestra necesidad de vernos, hablar, y ser como nuestro Salvador. El pecado ya no nos gobierna, ahora podemos obedecer por amor y ser responsables en despojarnos de la vieja naturaleza.
Este proceso lo encontramos en Efesios 4:22-24: despójense de la vieja naturaleza que está -no estuvo- corrompida por los deseos engañosos. Renueven su mente en la Palabra y vístanse de la nueva naturaleza creada a imagen de Dios que ha sido creada en la justicia y la santidad de la verdad.
¿Notas los verbos mandatorios? Ser responsables por nuestra santificación necesita que seamos intencionales en: mortificar el pecado, informar nuestra mente con las verdades bíblicas, y obedecerlas, todos los días.
Una teología sana
La realidad es que nuestro corazón está en constante guerra precisamente porque estamos siendo santificados. Este mundo no es nuestro hogar, no estamos siendo conformados para acomodarnos a este mundo y sus deleites pasajeros. Por eso el pecado que pertenece a este mundo nos engaña de diferentes formas, por las que no siempre nos responsabilizamos cuando alguien nos ha dañado, es más fácil y una forma de auto justicia, imputarle la culpa al otro. Dios nos ha dejado directrices en su Palabra para responder al pecado del otro y el nuestro:
Posición de víctima: en medio de una discusión o acción, aun cuando fuimos lastimados, nuestra respuesta no es escudarnos en el pecado que la otra persona ha cometido contra nosotros. Más bien es perdonarlos (Lc. 17:3). Luego, necesitamos revisar si responder en culpar al otro es una forma recurrente de responder a otras situaciones.
Enojo: por no recibir lo que deseamos o las cosas no han acontencido como creemos justo; actuamos como necios al no ser responsables por nuestro enojo que se ve en gritería, insultos, ironía para justificarnos en las acciones del otro. Más bien, reconocemos que Dios es el Juez y el Soberano que controla todo. (Ef. 4:26, 31; Pr. 12:16; 18:17).
Temor: el temor al hombre es un pecado de idolatría que nos hace depender de otro ser creado para definirnos. Cuando el hombre no nos aprueba o acepta nuestras obras, los culpamos por su rechazo, en vez de escudriñar nuestro corazón, arrepentirnos de tal pecado y recordar de quién dependemos y a quién rendimos cuentas, a Dios. (Jer. 17:5).
Vergüenza: por aquello que hemos hecho y ha salido a luz. Justificamos nuestro actuar con nuestro pasado, la crianza de nuestros padres, o un acto injusto y doloroso. Nos dice que somos un error y no hay esperanza para nosotros. Por lo tanto, no nos responsabilizamos por el dolor que causa admitir que fallamos. Nuestra identidad de hijas nos recuerda que ya no hay condenación, sino adopción eterna. (Sal. 44:15; Ro. 8:15).
Legalismo: que profesamos para cubrir nuestro pecado interno al solo preocuparnos por el comportamiento, hacer ley lo que Dios no ha dicho que es ley, sin tomar en cuenta que todo lo que hacemos proviene de nuestro corazón. No nos hacemos responsables de arrepentirnos por nuestros esfuerzos para ganar el favor de Dios y la admiración de otros. (Mt. 15:18-19; 23:25-26).
Soberbia u orgullo: es el centro de todo pecado. Es una rebeldía abierta que se erije en necedad. El orgullo no ciega a no responsabilizarnos por nuestro actuar, mucho menos a reconocer que fallamos, a tener misericordia por otros para perdonar, así como hemos sido perdonados. En vez de recordar que somos polvo, criatura y, por gracia, hijos. Recordar quién es Dios y quiénes somos nos da una perspectiva correcta de humildad (Pr. 26:4-5; Sal. 75:5).
Dios está trabajando en nosotros desde lo profundo, no es un mero ajuste de comportamiento, sino una rendición total de nuestro corazón a amar y adorar solamente a Dios, y anhelar obedecer lo que él nos pide a nosotros individualmente. Antes de apuntar el dedo a otros, o a ti mismo, ve la Cruz, corre a ella para verte en Cristo.
Lo que será – libre de la presencia del pecado
Un día no habrá más pecado en nuestros corazones ni alrededor nuestro. No habrá más sufrimiento. A esto podemos llamarle una gracia futura que nos asegura que un día todo estará bien para siempre.
La glorificación de Cristo es nuestra, así como la justificación y la santificación (1 Co. 1:31).
Recuerda esto: El crecimiento en mi santificacion se ve afectado cuando no soy responsable de confesar mis pecados a Dios, y en vez de ello, me culpo o imputo culpa a otros por mi pecado olvidando la justificación que tengo en Cristo.
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