Cuando tengas dudas sobre la cercanía de Dios, haz algo. Habla con otros. Exprésale tus dudas al Señor. Y después, escucha lo que dice. Él susurra: “Lo prometo”. Sabe que su promesa de estar con nosotros es extravagante, así que dice: “Lo prometo”.

Le hizo una promesa a Noé. Se llamaba “pacto”. “Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo” (Gn. 6:18). Cuando Noé tuvo sus dudas, Dios hizo otro pacto y le dio una evidencia tangible de la promesa (una especie de anillo de bodas): un arcoíris (Gn. 9:9-16).

Le hizo una promesa a Abraham. “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición” (Gn. 12:2). Cuando Abraham era anciano, sin hijos y con algunas dudas, Dios repitió la promesa. En una versión antigua de: “Lo prometo, y que me parta un rayo si no es cierto”, Dios le prometió una vez más a Abraham un heredero y una tierra. Juró sobre su propia vida y, en esencia, prometió juicio sobre sí mismo si su palabra no se cumplía (Gn. 15).

El patrón se repite hasta que todos estos juramentos convergen en Jesús. Jesús repitió promesas a lo largo de toda su vida en la tierra. Las últimas palabras que pronunció antes de ascender al cielo fueron: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).

El apóstol Pablo lo expresó así: “todas las promesas de Dios son en él Sí” (2 Co. 1:20). La presencia del Espíritu Santo en nosotros es la garantía que respalda esta promesa, y el bautismo y la Cena del Señor son los nuevos anillos.

Todo esto no tiene precedentes. Si alguien te hace una promesa, en general es porque hizo algo mal. Tal vez diga algo como: “Lo prometo, Mamá, juro que no lo volveré a hacer”. Pero Dios nos hace promesas porque nosotros hicimos algo mal, y por lo tanto, no podemos creer que jamás podamos recibir misericordia y gracia.

No permitas que la duda tenga la última palabra. La duda es parte de una conversación, pero Jesús siempre tiene la última palabra. Esa palabra suele empezar con: “He aquí”. Es decir: “Escucha. Escucha de verdad. ¿Estás distraído? ¿Estás listo? Porque lo que voy a decir es sumamente importante, y no tengo problema de decirlo una y otra vez”.

¿Cuál es esa última palabra? 

“Yo estoy con vosotros todos los días”.

Reflexiona

1. ¿Cuándo tienen tus dudas la última palabra?

2. ¿Qué significa que escuches?

3. ¿Cómo se transforman tus temores al recordar que Jesús siempre estará contigo? ¿Puedes orar para que el Espíritu te recuerde esto cuando tengas miedo?


Este artículo es un extracto del libro Un pequeño libro para un corazón ansioso, publicado por Editorial EBI

Descarga una muestra


Comparte en las redes