El gran amor inspira un lenguaje glorioso. Esa es la lección que aprendemos de la vida de David. Fue un hombre profundamente amado por Dios, y que correspondió a ese amor con tal devoción que ha sido conocido a lo largo de la historia como un hombre conforme al corazón de Dios (1 S. 13:14). David expresó tanto su amor por Dios como su experiencia del amor divino escribiendo la poesía de los Salmos. Toda su vida fue una experiencia de abrazo tras abrazo del gran amor de Dios. Y uno de esos encuentros ocurrió en los lugares más inesperados y en los momentos más oscuros.

David fue el gran rey sobre el pueblo de Dios, pero su reinado atravesó tiempos difíciles. Su propio hijo Absalón tramó destronarlo y tomar su lugar. El clímax de la crisis encontró al rey de Israel huyendo por su vida, lejos de un hijo que ansiaba un trono más que un padre.

David apenas logró escapar del palacio. Huyendo de la ciudad de Jerusalén, muchos de sus seguidores lo habían abandonado, y su propio hijo intentaba matarlo. Lloraba, caminaba descalzo y cubría su cabeza tanto para expresar su aflicción como para ocultar su identidad. Para un hombre que había atravesado muchas pruebas, este era un punto de quiebre. Entonces, en medio de su desesperación y lágrimas, en el caos de la angustia y la vergüenza… algo ocurrió con David. Dios lo abrazó en Su amor divino (2 S. 15:25; 17:14; Sal. 31:7).

David sabía que había experimentado el amor divino. Había sentido los abrazos de Dios muchas veces antes y a menudo los había descrito con un lenguaje poético y hermoso. Muchos olvidan que, además de ser un rey, David también fue un artista que componía cánticos, tocaba instrumentos y escribía poesía. Los poemas de David conforman una gran parte del libro de los Salmos en el Antiguo Testamento, y sin duda lo convierten en el poeta más famoso de la historia humana. David sabía cómo dar forma a una frase, y su don para la escritura nunca brilló más que cuando hablaba del amor de Dios.

La pluma de David era como una fuente que fluía con gozo y asombro ante el gran amor de Dios. En un pasaje, escribió: «Todas las sendas del señor SEÑOR son misericordia y verdad» (Sal. 25:10). Esta es una gloriosa verdad maravillosamente expresada.

Al hablar sobre el amor de Dios, David podría haber dicho simplemente que el SEÑOR siempre actúa con amor. Eso habría sido una forma directa de comunicar algo cierto, pero David quería transmitir el amor de Dios de maneras impactantes, visuales y hermosas. En otro salmo, David describe el amor de Dios como una presencia física que lo envuelve: «Pero al que confía en el SEÑOR, la misericordia lo rodeará» (Sal. 32:10).

Cuando quiere declarar cuán maravilloso es el amor de Dios, pinta una majestuosa visión de un ave poderosa que vuela para proteger a sus crías: «¡Cuán preciosa es, oh Dios, Tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se refugian a la sombra de Tus alas» (Sal. 36:7). David no solo nos dice que es bueno confiar en el amor de Dios, sino que también afirma:

Pero yo soy como olivo verde
en la casa de Dios;
En la misericordia de Dios confío
eternamente y para siempre. (Sal. 52:8)

David usa la imagen de una corona para comunicar cómo Dios colma de amor a Su pueblo. Dios, dice, «te corona de bondad y compasión» (Sal. 103:4).

David emplea palabras hermosas para pintar un cuadro impactante del gran amor de Dios, imágenes que nos ayudan a crecer en nuestra comprensión de ese amor. Las imágenes pueden permitirnos comprender conceptos desconocidos al compararlos con algo que hemos conocido o experimentado. Para describir la belleza del océano a alguien que nunca lo ha visto, podría decir que el azul del agua se extiende hasta el horizonte, como si el cielo estuviera volteado sobre su cabeza. David usó imágenes porque sabía que el amor de Dios es desconocido para muchos, y quería que lo comprendiéramos y viéramos lo que él sabía. Por más real que sea el amor de Dios, puede ser difícil verlo, experimentarlo y comprenderlo. Pero Dios, en Su bondad, nos da un lenguaje sobre Su amor que está vinculado a imágenes que podemos captar.

En otros momentos, un retrato en palabras transmite el peso de la emoción cuando el lenguaje simple no es suficiente. El poder descriptivo de una imagen verbal o una metáfora va más allá de la expresión literal de la verdad para comunicar la profundidad de la emoción, la naturaleza profunda de la experiencia o la fuerza de la realidad que se desea expresar. Si quiero que mi esposa comprenda cuán profundo es mi amor por ella en una nota que le escribo en el «Día del Amor y la Amistad», es mejor decir: «Lauren, mi amor por ti es más alto que las montañas y más profundo que los océanos» que simplemente decir: «Lauren, te amo mucho».

Habiendo experimentado el amor de Dios de una manera tan poderosa, David buscó un lenguaje elevado y palabras hermosas para expresar su experiencia y comprensión del amor de Dios. Su corazón rebosaba de amor y necesitaba imágenes grandiosas para traducir este amor en palabras que otros pudieran leer. El amor de Dios es tan maravilloso e incomprensiblemente glorioso que las limitaciones del lenguaje literal deben trascenderse con el poder visual del simbolismo para describirlo fielmente.

David describe el Dios amoroso como un pastor fiel (Sal. 23:1-4) o como un gran Padre (Sal. 103:13), también describe la inmesidad de su amor como tan vasto como la tierra y el cielo (Sal. 57:10; 103:11; 108:4) y aun Jeremías ilustra dicho amor como el de un esposo fiel (Jer. 31:31-32), pero hay un retrato aún más sublime de Su amor, el que nos ha mostrado Su Hijo, Jesucristo. 

Jesús vivió una vida perfecta en la tierra como la manifestación impecable de quién es Dios. Colosenses 1:15 declara: «Él es la imagen del Dios invisible». La Biblia también dice que Jesús «Él es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza» (He. 1:3). Sin embargo, Jesús no es solo una imagen o una metáfora; Él es la representación perfecta del amor de Dios.

Si queremos conocer realmente cómo es Dios y Su amor, debemos mirar a Jesús en la Escritura, pues Él es la demostración perfecta de este amor. Jesús es el gran pastor de las ovejas que cuida perfectamente a Su pueblo, asegurando que reciban Su justicia y la aceptación eterna en la presencia de Dios (He. 13:20-21). Jesús es el Hijo verdadero del Padre, cuya vida asegura el amor del Padre para que todos los que crean en Él puedan conocer a Dios como Su Padre perfecto (Gá. 4:4-7). Jesús es el esposo perfecto que ama fielmente a Su pueblo, Su esposa, y los purifica con Su sangre para presentarlos sin mancha ante Dios (Ef. 5:25-27).

Las imágenes son formas poderosas y hermosas de transmitir el amor de Dios por Su pueblo, pero ninguna de ellas lo expresa de manera perfecta. La única representación absoluta del amor de Dios no es una imagen, sino una persona: Jesucristo. Solo a través de Él podemos experimentar la perfección del abrazo amoroso de Dios.

Este artículo es un extracto del libro El gran amor de Dios.


El gran amor de Dios

En El gran amor de Dios, Lambert ofrece una exploración accesible, apasionada e intensamente personal de cómo el amor divino expulsa el temor, da esperanza eterna y nunca falla. Nos guía en un viaje para conocer el corazón del amor infinito de Dios y muestra cómo ese amor puede transformarnos, así como a quienes nos rodean, en personas moldeadas por el gran amor de Dios.


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