La sana eclesiología ha sufrido y estoy seguro seguirá sufriendo en las iglesias hasta que Cristo regrese. Yo afirmo, que no puede haber una sana eclesiología donde no existe una sana Cristología.

La realidad es que muchas llamadas iglesias sufren de lo que pudiéramos catalogar como una decapitación. Permítame explicar a qué me refiero. Como misionero he tenido la oportunidad de visitar lugares que se llaman iglesias donde existe lo que pudiéramos decir un cuerpo, pero no podemos decir que ese es el cuerpo de Cristo, ya que la Cabeza de la Iglesia, quien es Cristo, ha sido decapitada, está ausente, se habla de él, pero él no es quien dirige su iglesia. Tristemente se ha sustituido por la cabeza de los hombres o en algunos casos de un “super hombre”, que más bien se comporta como un dictador o un “super apóstol” que como un verdadero siervo de Dios que busca la dependencia de Cristo como la Cabeza en oración, para la dirección de la Iglesia.

En muchos de los casos donde existe una eclesiología deficiente, la pregunta que más se repite en la mente de los que dirigen el grupo es, ¿qué necesita el cuerpo o la gente? Y aunque la pregunta es buena y válida para una iglesia verdadera, es una pregunta que se debe hacer después de responder una primera pregunta: ¿Qué es lo que quiere la Cabeza para su cuerpo? Si Cristo es la Cabeza de la Iglesia y creo firmemente que lo es, y existe un hilo conductor que nos lleva a Cristo desde Génesis hasta Apocalipsis, entonces debemos ver la relación que tiene él con su gente, con su cuerpo, en el Antiguo Testamento y desde que nace la Iglesia, cuando habían 120 de sus seguidores congregados en el Aposento Alto cumpliendo y esperando las siguientes instrucciones de la Cabeza de la Iglesia.

El gran peligro de la historia de la Iglesia es que su cuerpo ponga en un segundo plano la intervención divina de Aquel a quien se le ocurrió la idea de la Iglesia, la cual es una muestra de la labor continua de Cristo en ella aquí en la tierra hasta que él regrese por ella. Las palabras de Cristo en Mateo 16:18 “edificaré mi iglesia”, son palabras que no podemos olvidar. Podemos pararnos de cabeza en un intento de hacer crecer la iglesia utilizando las últimas técnicas de mercadeo, pragmatismo, etc. Pero solamente Cristo puede edificar su Iglesia, de manera que nuestra meta como ministros de la Palabra es ser fieles, adoptar, reflejar y vivir las prioridades de Jesús para su Iglesia.

El divorcio que pueda existir entre la sana eclesiología de la dirección dependiente y sabia de la Cabeza para su Iglesia, es lo que he catalogado como, el gran peligro. Cuando esa desconexión se da, lo único que podemos esperar es que el grupo vaya en reversa como un camión que pierde la función del freno de emergencia, estacionado en una colina, aunque parezca muy bonita su fachada su final no será muy agradable.

Me gustaría repetirte la pregunta una vez más a modo de afirmar lo que me quiero acentuar: ¿Qué es lo que quiere la Cabeza para su cuerpo? Esa es la pregunta de primer orden que nos debemos hacer como ministros del glorioso evangelio de Jesucristo, para su Iglesia. Sustituir eso, por cualquier otra pregunta como primer orden, sería estar dando pasos hacia el gran peligro de decapitación de la Cabeza de su Iglesia.

¿Qué es lo que quiere la Cabeza para su cuerpo? Esa es la pregunta de primer orden que nos debemos hacer como ministros del glorioso evangelio de Jesucristo, para su Iglesia.

Cuando era un muchacho, jugaba béisbol con mis amigos, y uno de nuestros hijos también jugó béisbol y lo dos conversamos a veces sobre la importancia que le daban los entrenadores a los fundamentos. Yo jugaba en los años setenta y él jugaba entre el 2008-2012. Sin embargo, los fundamentos eran y siguen siendo los mismos. Así debe suceder con la Iglesia, los años van y vienen, pero el fundamento de la Piedra Angular, Cristo, no debe cambiar, si es que queremos llamarnos Iglesia, de no ser así, póngale otro nombre, quizás un Club de Motivaciones.

Amado hermano o hermana que lees este artículo, te encomiendo, te ruego, te suplico, en el nombre de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo que oremos por nuestras iglesias para que Cristo siempre sea la Cabeza y si te encuentras en una “llamada iglesia” donde Cristo no es la Cabeza, ¡sal corriendo! y busca una iglesia que enseñe la Biblia correctamente, el evangelio sea predicado regularmente y, sobre todo, que Cristo sea la Cabeza.


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