Permíteme darte un cuadro negativo que muestra lo que no estás tratando de hacer cuando hablas con alguien. Dios entrelaza este cuadro en el libro de Proverbios en una larga y colorida lista de cómo es una persona necia (Prov. 26:1-12). Varios de estos versículos describen la inutilidad y el peligro de comunicarse con un necio (vv. 4-7), pero el versículo 9 es especialmente vívido:

“Como espina que se clava en la mano de un borracho, Así es el proverbio en boca de los necios”.

¿Puedes ver al necio? ¿Esta persona está tambaleante, agitando salvajemente una rama cubierta de espinas? La única reacción razonable cuando uno ve venir a alguien así es advertir a los demás: “¡Cuidado! ¡Aléjense de él!”.

Así es conversar con los necios. Te van a lastimar. No hay intencionalidad, sino una simple e incontrolable torpeza que produce tanto daño que, aunque intentaran comunicar la sabiduría de Dios, tiene el mismo efecto que ser violentamente arañado por espinas.

Dios nunca se te acerca revoloteando un arbusto espinoso de palabras. Si lo hiciera, retrocederías… y deberías hacerlo. En cambio, el Señor suena diferente. Y para nosotros, seres huma­nos, esto es sorprendente. Cuando Jesús hablaba —el Verbo de Dios hecho carne—, “Todos […] se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de Su boca” (Lc. 4:22). 

Lo que la gente predominantemente oía cuando Jesús habla­ba no era irritación, condescendencia, frustración, manipulación, hostilidad, burla, amenazas, quejas ni amargura. Oían palabras de gracia. Sus palabras anunciaban que Dios había venido a resca­tarlos, no a aplastarlos (Lc. 4:16-21). No todos aceptaban esas palabras (4:22-30), pero aun así, era evidente que las palabras de Jesús eran dichas con gracia. Esto es lo que debería asombrar a las personas sobre la manera en que tus palabras suenan. 

Lee las Escrituras en busca de palabras de gracia de parte de Dios, y empezarás a verlas por todas partes. Por ejemplo, oirás a un Dios decir que:

  • promete librarte del mal (Gn. 3:15); 
  • inició tu rescate (Dt. 5:6); 
  • eres precioso a sus ojos (Is. 43:4); 
  • tiene grandes planes para ti (Jer. 29:11); 
  • quiere ser tu amigo (Jn. 15:15); 
  • te alienta (Ro. 15:5); 
  • nunca se rendirá con respecto a ti (Fil. 1:6); 
  • no pasará por alto cómo lo amaste al ayudar a su pueblo (He. 6:10); y 
  • secará toda lágrima de tus ojos (Ap. 7:17). 

Observa, y encontrarás palabras que te convencerán de que el Señor es realmente un Dios de toda gracia (1 P. 5:10). 

¿Por qué esto es importante para ti y para tu manera de comunicarte con los demás? Porque las palabras que usas reflejan siempre lo que tú mismo has conocido. Es en la medida en que vives una relación de gracia con Dios que tienes idea de cómo suena la gracia, y por lo tanto, tienes una idea de qué decirles a los demás.

Por el contrario, si no tienes una experiencia habitual de oír que Dios te habla con gracia, tampoco serás capaz de brindar gracia a las personas que te rodean. Esto no significa que no les vas a hablar, sino que tu única opción de hablar de manera dife­rente surgirá de una experiencia también diferente: una expe­riencia carente de gracia.

¿Usaba la gente con la que creciste una frase que odiabas y de la que te prometiste: «Cuando tenga mis propios hijos, nunca les diré eso»? O quizá algo como: «Te voy a dar una paliza», o «Te voy a dar un coscorrón». Alguna clase de amenaza horrible que solo se trataba de un mal uso del poder y abuso de auto­ridad que generó un cuadro imborrable en tu vida. Algo que odiabas por completo.

Ahora, ve a una de esas semanas en las que tus hijos se han estado molestando durante días y no se dejan tranquilos. Estás tratando de completar algo, pero sus peleas te quitan la concen­tración, impidiéndote hacer lo que querías. Vuelves a dejar el correo electrónico, no sigues intentando revisar el último resu­men de la tarjeta de crédito, dejas el martillo por novena vez en dos horas, y tienes esa frase en la punta de la lengua. Pareciera que es lo único que puedes hacer para tragártela y no permitir que ataque.

¿Por qué? Porque hablas por experiencia propia. Duran­te años se te enseñó: «Esto es lo que corresponde decir en momentos como estos. Di algo que: amenace, gruña, discuta, argumente, insulte, se queje o ataque. Dilo porque conseguirá lo que quieres. Dilo porque suena normal en estas circunstan­cias». El problema es que esa frase no suena en absoluto como Dios lo hace.

Tus palabras son poderosas porque se dicen por la imagen de Dios 

En los capítulos iniciales de Génesis, Dios hace personas a Su imagen —Sus representantes en la tierra—, las cuales expresa­rán de forma visible cómo es Él. Deben vincularse con toda la creación del mismo modo que Él lo hace, brindando un cuadro del Dios invisible al resto del universo que está observando (Ro. 1:18). Estas imágenes tienen que actuar como Dios actúa y pensar como Dios piensa, con las mismas actitudes y anhelos que tiene Dios. Lo único que tienen que hacer es decla­rar: «¡Así es Dios!», incluso cuando hablan unos con otros. 

Esto significa que, cuando hablas o actúas, lo haces mucho más allá de Roberto, María, Carla o José; individuos pequeños y habitualmente pasados por alto, perdidos en medio de miles de millones más. En cambio, hablas y actúas como represen­tante de Dios. Cada vez que te relaciones con otras personas, estás atado a un megáfono que amplifica lo que haces a través del cosmos, dándole a la gente una idea de cómo reaccionaría Dios si estuviera aquí. 

Esta es la razón por la cual lo que haces es tan poderoso. ¿Alguna vez elogiaste o alentaste a alguien y se puso totalmen­te contento porque tocaste algo muy en lo profundo de su ser? ¿Alguna vez incentivaste a alguien y observaste que se esfor­zaba más? ¿Alguna vez fuiste amable con alguien y viste a esa persona derretirse? En parte, reaccionaron de ese modo porque lo que hiciste habló más fuerte de lo que imaginaste. Lo que hiciste comunicó algo positivo de Dios y de Sus perspectivas a Sus otras imágenes.

Tus acciones e interacciones llegan con poder por lo que Dios te hizo para que fueras; pero, lamentablemente, también pueden venir con un daño poderoso porque Adán y Eva decidieron rechazar su condición singular como representantes de Dios. Dejaron de escucharlo cuando pusieron las palabras de la serpiente por encima de las del Señor. Los caminos y los valores de Dios dejaron de ser su mayor tesoro. Tenían ahora un nuevo tesoro que traía nuevos valores, nuestros compromisos, nuevas metas en la vida, de modo que todo lo referente a ellos se realineó con su nuevo tesoro, incluida su manera de actuar unos con otros.

Jesús lo expresa así en Lucas 6:45: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca». Cada vez que abres tu boca para hablar o mueves tus manos para actuar, estás sacando de lo que has estado almacenando en tu interior y expresando lo que está dentro tuyo.

Adán y Eva ya no actuaron más en representación de Dios porque habían absorbido la voz de Satanás en el interior de su ser. Oyes la diferencia de inmediato cuando usaron palabras para quitarse la culpa de sí mismos y echársela a todos los que los rodeaban. No perdieron por completo el poder que Dios quiso que tuvieran Sus imágenes al crearlas, pero lo desvirtuaron. En lugar de usar su poder para edificarse y fortalecerse unos a otros, trataron de usarse y destruirse.

¿Alguna vez alguien te insultó, te criticó o te quitó algo que era importante para ti, y esa experiencia quedó grabada en lo profundo de tu ser; tan en lo profundo que no pudiste superarla? Esto no es porque simplemente eres «sensible». Esas palabras y acciones duelen porque vinieron de alguien que fue diseñado para representar ante ti el corazón y la mente de Dios. Esas acciones no eran las de Dios, pero parecían venir de Él porque Su imagen las estaba diciendo.

Y por eso, esas palabras y acciones declaran: “Esto es lo que tu Hacedor y Creador piensa de ti. Piensa que no eres bueno. Piensa que nunca lo has sido y que nunca lo serás. Piensa que eres un perdedor. Te desprecia y piensa que no vale la pena esforzarse contigo”. Esa persona tomó el poder de Dios, pero lo usó para expresar la voz de la serpiente, porque esa persona había almacenado los valores de ella.

En otras palabras, no hay conversaciones comunes y corrientes diarias. Cada vez que interactúas con los demás, estás agregando tu voz a una lucha cósmica permanente que comenzó mucho antes de que los seres humanos entraran en conflicto. Estás decidiendo agregar una perspectiva, un punto de vista, una idea de cómo es vivir con el gran Creador o cómo es estar rodeado por el engañador.Hablas de lo que conoces, y al hacerlo, contribuyes al conocimiento de los demás. Tu experiencia ha moldeado el contenido de lo que dices y cómo te manejas, lo cual, a su vez, les da a los otros una experiencia que moldea lo que dicen y cómo viven. Tus palabras son más importantes de lo que podrías imaginar jamás.

Este artículo es un extracto del libro Criando con palabras de gracia, publicado por Editorial EBI.


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