«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He. 13:8).

«Mesa para ocho», dijo el caballero. Entraron todos y se sentaron a comer en una mesa muy pequeña. Situaciones como esta ya no son tan comunes. Distanciamiento social. La manera en que vivimos ha cambiado. ¡Qué difíciles son los cambios inesperados!

A la luz de un mundo que no deja de cambiar debemos fijar nuestra mirada en Aquel que no cambia. «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He. 13:8). Su mensaje no cambia. Su verdad no ha fallado. En él estamos seguros por siempre.

En 1 Jn. 1:1-4 encontramos el fundamento del cumplimiento de nuestro gozo. La vida eterna fue manifestada, encarnada en Cristo Jesús. Por medio de él tenemos comunión con el Padre. Hemos sido reconciliados con Dios por el poder de su Palabra. Nuestro gozo se cumple en que tenemos comunión con el Padre por los méritos de Cristo.

Juan ha dejado escrito en su carta la certeza del mensaje del Evangelio. Ha sido desde el principio el mismo. Como testigo ocular, nos deja los detalles para combatir a los que niegan la encarnación de Cristo. Contundentemente Juan escribe a los creyentes la certeza de la Palabra encarnada. Fue oída, vista, contemplada y palpada por él y los apóstoles. La vida eterna misma se manifestó, ellos fueron testigos y nosotros la tenemos escrita.

Quiero compartir con ustedes tres áreas en las que nuestras vidas son impactadas positivamente por el mensaje inmutable. Veremos aspectos que nos pondrán en justa perspectiva sobre dónde está nuestra mirada.

A la luz de un mundo que no deja de cambiar debemos fijar nuestra mirada en Aquel que no cambia. «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos»

La vida personal refleja la manera en que creemos la Verdad de Dios

A diario los planes cambian con frecuencia. Vivimos en un mundo que apoya las verdades relativas. Están a la orden del día. Aparentan ser la solución a la diversidad de ideas sociales. En un escenario donde todo se mueve, la pieza fija se hace notar. La verdad que creemos es absoluta y descansa en la Palabra de Dios. Aunque todo cambie, nuestro Señor no cambia; su mensaje es el mismo.

«Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn. 14:6).

Jesús no ha dejado de ser el camino, y la verdad, y la vida. Su Palabra permanece para siempre (Mt. 24:35, Mr. 13:31, Lc. 21:33). En él debe estar puesta la mirada de aquellos que le aman. La seguridad de cada día y la confianza en cada paso en esta vida se fundamenta en Cristo. Jesús es exclusivo, sólo por medio de él somos justificados delante del Padre.

Cada pensamiento que tenemos es gobernado en lo que creemos. Descansamos en la verdad absoluta de Dios en su Palabra. Confiamos que mañana todo lo que su Palabra enseña no cambiará. Nos movemos adelante firmemente. Podemos tener la paz de Cristo confiados en que, a pesar de la aflicción, él ha vencido al mundo (Jn. 16:33).

Vivimos para Cristo, nos movemos por el Espíritu Santo y creemos en las buenas nuevas de salvación que anunciamos. Manifestamos lo que creemos en nuestra manera de vivir. Al buscar la santidad reflejamos la gloria de Dios en todo lo que hacemos, decimos y enseñamos. Amándonos unos a otros demostramos ser discípulos de Cristo. Siendo él, el centro y fundamento de nuestra fe.

La vida familiar proyecta mi transformación a causa de la Verdad de Dios

La Palabra nunca regresa a Dios vacía (Is. 55:10-11). Cuando creemos la verdad de Dios somos transformados. Vivimos para su Gloria y proyectamos a través de nuestra familia la transformación que ha ocurrido. Dios es relacional. Nos ha dado un modelo de familia en su naturaleza. Dios nos ama como Padre y venimos a ser llamados hermanos en Cristo Jesús, quien fue enviado a buscar lo que se había perdido.

Recientemente tuve la oportunidad de compartir con mis hermanos de la congregación algunos principios sobre el matrimonio. Reflexionamos sobre el matrimonio y cómo Dios lo instituyó. Hombre y mujer unidos en matrimonio para ser una sola carne. Una vez unidos, no fueron separados por causas del pecado. Dios une, edifica y sostiene el matrimonio.

«Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.» (Gn. 1:28).

La tarea de Adán y Eva no cambió a causa del pecado. Más bien fue reafirmada cuando Dios dijo a Eva «con dolor darás a luz los hijos» (Gn. 3:16). Debían tener hijos y llenar la tierra. El mensaje sigue siendo el mismo. Dios no cambia, su Palabra no cambia y el mensaje desde el principio es el mismo.

A Dios damos gloria cuando obedecemos su Palabra. Aprendemos de Pablo el estándar que debemos tener para amar a nuestras esposas. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella,» (Ef. 5:25). Dios instituyó el matrimonio, lo edifica y lo sostiene. En semejanza a como Cristo se relaciona con la iglesia estamos llamados a relacionarnos con nuestras esposas. La verdad de Dios en las Escrituras nos lleva a obedecer cómo nos conducimos en el matrimonio.

En la medida en la que hemos sido transformados proyectamos en nuestras familias lo que la Verdad de Dios ha hecho en nosotros. El mensaje de la Palabra de Dios que no cambia es la causa y el medio que lleva al resultado.

La vida ministerial es el resultado de mi desempeño personal y familiar

El carácter del creyente está formado a la luz de lo que cree. Es de suma importancia filtrar a lo que nos exponemos. Servimos a aquello que hemos creído y vivimos. Si creemos en las cosas mundanas, viviremos como mundanos. Pero si creemos en la Verdad de Dios, viviremos como sus hijos, es imposible alimentarse de mentiras y practicar la verdad.

El carácter del creyente está formado a la luz de lo que cree.

El ministerio será el resultado de lo has creído y lo que estás viviendo. Muy pronto todos sabrán cuál es tu alimento. «Ningún soldado en servicio activo se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado.» (2 Ti. 2:4). Pablo nos enseña a no estar distraídos con la vida cotidiana sino servir a Cristo. El ministerio es una carrera de resistencia y cada día cuenta. La Palabra nos ayuda a que cada día sea contado a favor de Cristo.

La Palabra fue inspirada por el Espíritu Santo. Creemos que tiene el poder de hacer aquello a lo que Dios la envió.

«Mesa para ocho», dijo el caballero. Entraron todos y se sentaron a comer en una mesa muy pequeña. Hablaban de todos los cambios recientes y la gran incertidumbre. Uno de ellos parecía escribir algo importante. Era su turno de hablar del tema y exclamó, «En este mundo tendremos cambios e incertidumbre pero recuerden que Jesucristo no cambia y su mensaje es el mismo».

Acabas de leer el mensaje importante que escribí pensando en ti hermano. Tal vez no me conozcas personalmente pero sé que eres mi hermano. Algún día estaremos en la Gloria con Cristo. Así lo dijo, y así lo hará. Jesucristo no ha cambiado y no cambiará. El mensaje es el mismo.


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