Hace mucho tiempo que he meditado y compartido con mi esposo acerca de lo sencillo que es hablar, escribir y enseñar acerca de la maternidad cuando nuestros hijos están pequeños. Podemos encontrar cientos de páginas y perfiles dedicados a hablarles a las mamás primerizas o de niños pequeños en internet y las redes sociales. Páginas que dan muy buenos consejos en medio de la crianza, páginas que en muchas ocasiones son administradas por mamás que están aprendiendo también el bello arte de ser mamás.
Es fácil hablar de la crianza de nuestros hijos cuando están creciendo, cuando todo se trata de nosotras como directoras de escena. Cuando el comportamiento de nuestros hijos es el que esperamos y cuando ellos hacen exactamente lo que les pedimos. A los ojos del mundo entero podríamos dar cátedra como excelentes mamás.
Podemos ser testigos de eso en el día de la madre. Las redes sociales se inundan de fotos de mamás con sus hijos derrochando felicidad y amor. Mensajes llenos de amor y gratitud se leen por doquier ¡y todo eso es bueno! Siempre es bueno celebrar el amor, la dedicación y la vida de cualquier persona cualquier día del año.
No estoy en contra de eso, espero no se mal entienda, me encanta que la maternidad sea celebrada y exaltada porque es un regalo de parte de Dios. Es solo que desde hace tiempo he sido más intencional en leer las publicaciones de algunos sitios dedicados a las mamás que están criando hijos y he visto la necesidad que hay de hablarles también a las mamás de adolescentes, esa etapa difícil donde el pecado de nuestros hijos es más evidente y en la que tenemos una enorme oportunidad para modelarles el evangelio y ser más enfáticos en la instrucción de lo que seguramente les hablamos cuando eran más pequeños.
Mamás de pródigos
De hecho también he pensado en la oportunidad de hablarles a las mujeres que son mamás de hijos rebeldes, los hijos pródigos. Tengan la edad que tengan sus hijos, esas mujeres siguen siendo sus madres. Madres que seguramente tendrán preguntas, que querrán conocer consejos sabios, que necesitan recordar o, incluso, conocer el evangelio por primera vez. Madres que tal vez tengan mucho tiempo guardando silencio, sufriendo en la soledad de sus corazones. Madres que quizá no han podido llorar con confianza o sin temor a ser juzgadas o culpadas por las decisiones de sus hijos. Madres que quizá sus corazones se duelen en secreto y claman desde el centro de su alma al Dios que derrama gracia y misericordia para que la tenga con sus hijos y, por ende, para con ellas.
Madres que podrían decir que la maternidad duele, no solo de manera física cuando se da a luz, sino dolor del alma al ver que los hijos por los que darían la vida están lejos, muy lejos de los caminos de Dios. Sin embargo, aunque todo lo que acontezca con nuestros hijos carezca de sentido a nuestros ojos terrenales, aunque a nuestro parecer las promesas de Dios tardan en cumplirse o no parecen llegar nunca, no olvidemos que Dios tiene el control, que sus planes y propósitos para cada uno de nosotros se cumplirá, tarde o temprano.
Querida mamá de hijos pródigos:
«Nuestros ojos no deben estar en las circunstancias, no debemos dejar de mirar hacia arriba, hacia lo eterno pues es Dios quien de manera providencial actúa en la vida de nuestros hijos para cumplir sus planes y propósitos en ellos y a través de ellos. Aun cuando no entendamos del todo lo que está sucediendo, mantengámonos firmes en nuestra fe, confiando en que «todas las cosas ayudan a bien a quienes aman a Dios, a los que conforme a sus propósitos han sido llamados» (Ro. 8:28, Paráfrasis) y que el que comenzó en nosotras y en nuestros hijos la buena obra, la terminará (Fil. 1:6).
Aun cuando pareciera que nuestros hijos están en un lugar que «a nuestros ojos» no es el correcto, no debemos olvidar que si Dios ha prometido algo para ellos, será cumplido a su manera, en su tiempo y de acuerdo a su voluntad. Nuestro deber es seguir adorando y clamando al Señor que tiene control absoluto sobre todas las cosas, incluidos nuestros hijos. Aférrate a las promesas del cuidado y la providencia de Dios aun cuando tus hijos estén errantes, cuando estén en rebelión contra ti y ¡clama por ellos! Que en este tiempo Dios hable a su corazón, que se revele a ellos y les haga saber que separados de Él, nada podrán hacer.
Como madres tenemos expectativas de nuestros hijos, buscamos siempre darles lo mejor, cubrirlos, protegerlos, amarlos aun cuando su actitud, su conducta y carácter no son lo que pudiéramos desear, pero al final del día, nosotras somos quienes los guían, quienes los instruyen, quienes les daremos a conocer la identidad que tienen en Cristo, quienes les dan seguridad, formación y quienes lloraremos clamando al Señor día y noche por ellos. Nosotras los instruimos en el temor del Señor y a amarle con todo su corazón. Pero amada amiga, ellos vivirán su propia historia, tendrán sus caídas y sus victorias. Gozarán de las buenas decisiones y sufrirán las consecuencias de las malas, pero, que nada de eso nos aparte la mirada de lo que Dios hará a través de ellos.
…ellos vivirán su propia historia, tendrán sus caídas y sus victorias. Gozarán de las buenas decisiones y sufrirán las consecuencias de las malas, pero, que nada de eso nos aparte la mirada de lo que Dios hará a través de ellos.
Tú has sido elegida para ser madre de tus hijos. Más allá de las decisiones de ellos, tú y yo hemos sido llamadas a ser la madre de esos seres humanos que necesitan oración «de por vida», amor incondicional para siempre, oraciones que levanten su vida como probablemente las hacíamos desde antes de que nacieran, tanto o más amor del que teníamos antes de darnos angustias en lugar de alegrías.
Ellos son nuestros hijos, clamemos a Dios por ellos, para que el propósito divino y natural que Dios tiene para cada uno sea cumplido conforme a su voluntad y aprovechemos las oportunidades que se nos presentan para hablarles acerca del evangelio y que ellos puedan fijar su mirada en lo eterno y no en lo terrenal».
No desmayemos, mujer. Nuestras oraciones no tienen fecha de caducidad. Tal vez Dios permita que veamos en esta vida a todos nuestros hijos sirviéndole con gozo y fidelidad. Tal vez nos toque estando ya en gloria ver a nuestros hijos adorar al Dios a quien tantos días y tantas noches derramamos nuestro corazón clamando por la salvación de su alma. ¡A Él sea la gloria por siempre! Amén.
En Su Gracia
KF
Este post es un fragmento del libro Hogar bajo Su gracia, de Karla Fernandez.

El azul es para los niños
En El azul es para los niños, Karla de Fernández desarrolla cómo el evangelio es el único medio para moldear los corazones de los pequeños y rescatarlos de las garras del mundo para que sean varones conforme al plan divino.
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