Debe retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen” Tito 1:9.

La epístola del apóstol Pablo a Tito contiene cierta particularidad que radica en lo concreto de ella, y también en su practicidad. En pocos párrafos, Dios a través de Pablo, da instrucciones claras y precisas acerca de cómo “poner en orden” (Ti. 1.5) a las iglesias de la región cretense. Luego de la introducción, pasa directamente a las indicaciones divinas para ordenar a la iglesia. 

El primer punto en función a este objetivo está referido a los pastores, y eso podría indicar la relación directa entre una iglesia ordenada y las características de sus ancianos. Esto es lógico, ya que se manda que los obispos lleven una vida ejemplar frente a la congregación (1 Pe. 5.3), además, el juicio de Dios comienza por Su casa (1 Pe. 4.17), y es natural que el liderazgo espiritual influya en el rebaño, e incluso puede hacerlo de manera negativa (Os. 4.9).

Teniendo en cuenta estos factores generales, puede leerse cómo Pablo continúa con directrices que podrían catalogarse en dos grandes categorías, pero que están íntimamente relacionadas: ser y hacer. Estos factores demandados en las personas del ancianato forman parte de las condiciones exigidas por Dios para quienes guían espiritualmente a Su pueblo. Con detalle, se indican el tipo de carácter y de obras que se espera de un pastor según los términos divinos. 

 “Debe retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen” (Ti. 1.9).

Con base en este texto, es posible inferir la necesidad de preparación teológica por parte de los pastores. Por lo tanto, no es suficiente ser aprobado solamente en su carácter y en su obrar, sino también, en lo que sabe y lo que hace en función a este conocimiento. El punto de partida para ello será comprender la obligación de ser un “retenedor” de la Palabra. 

Retener algo es solamente posible si se obtiene, y, en este sentido, lo que hay que obtener es conocimiento de las Escrituras. Este conocimiento será la clave para alcanzar los objetivos que Dios le da, ya que este saber tiene funciones y propósitos. Como Palabra de Dios, ella funciona de tal manera que, como dice Dios, “… no volverá a Mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié” (Is. 55.11).

“El punto de partida para reconocer la necesidad de capacitarse teológicamente es que Dios lo exige”

Podría escribirse mucho acerca de cómo ser retenedor de la Palabra, sin embargo, podemos ver en las mismas Escrituras una manera de serlo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad” (2 Ti. 2.15). 

La precisión es necesaria, y, cuando ella no está, es por falta de capacitación teológica. Podríamos hacer una salvedad: esto no significa que sea estrictamente necesario estudiar en un seminario, sino, que es imprescindible estudiar la Palabra, con seriedad, para poder utilizarla de manera precisa. El estudio serio y responsable es insustituible. El seminario puede ser una herramienta increíblemente utilizada por Dios, pero no es el único camino para capacitarse. Así mismo, lo fundamental es crecer en conocimiento de Dios.

Volviendo al pasaje clave de este artículo, se puede avanzar arrojando luz sobre el propósito de la capacitación teológica, el cual, según este pasaje, es doble: “… para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen” (Ti. 1.9). 

El objetivo doble es explícito: exhortar y refutar, y esto, por supuesto, con enseñanza sana. Es necesario prepararse teológicamente porque es la manera establecida por Dios para exhortar al pueblo de Dios y refutar los errores que puedan surgir. Sin la preparación adecuada, el ministro de Dios no será capaz de alcanzar estos objetivos exigidos por Su Señor.

El primer objetivo mencionado es la exhortación. Sobre esta palabra suele haber un prejuicio en nuestros contextos, como si solamente significara una especie de acción disciplinaria usando palabras. Sin embargo, este verbo es más cercano a nuestros verbos “animar, instar, rogar con fervor”, e incluso “consolar”, teniendo una connotación más positiva que la que generalmente tiene en nuestras mentes. Esto debe ser realizado a través de la exposición de enseñanza sana, la cual es aquella doctrina que está de acuerdo con la Biblia, sin contradecirla en ningún punto.

El segundo objetivo es refutar a quienes contradicen, obviamente, a la sana enseñanza. Lamentablemente, hay cierto prejuicio sobre esta actividad. Una vieja muletilla surge una y otra vez, aquella que plantea que “Dios nos llamó a ganar almas, no discusiones”. Sin embargo, una parte importante del ministerio de Jesús, y luego de los de los apóstoles, fue defender la pureza de la fe, y eso, muchas veces se realiza confrontando al error doctrinal de manera directa (Ti. 1.10-16, 2Ti 2.17, etc.). Esto es un ejercicio sano, y debe hacerse según parámetros bíblicos, como dice el apóstol Pedro: “… estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con mansedumbre y reverencia…” (1 Pe. 3.15).

Queda en evidencia que exhortar y refutar son inviables sin formación teológica, ya que se carecería de la capacidad de enseñar la sana doctrina. Sin ella, el liderazgo sería neófito, y esto es una contraindicación respecto al ancianato. Si el pastor no está preparado, corre serios riesgos de envanecerse y caer en “… la condenación en que cayó el diablo…” (1 Ti. 3.6). Esto se debe a que, en lugar de ser guiado por principios bíblicos, sería guiado por su propio corazón, por lo tanto, de esta manera, él mismo guiaría a la iglesia en lugar de Dios, disputando con Él el gobierno, así como lo hizo el diablo. De esta manera, caería en una situación similar, con la condenación correspondiente.

Es a través de la obra de Dios mediante las Escrituras que la formación del pueblo de Dios es llevada a cabo, a tal punto que así es lograda la madurez de la iglesia, y su capacitación para “para toda buena obra” (2 Ti. 3.16-17). Es por medio del conocimiento de la Biblia que se puede recibir “la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (2 Ti. 3.15). ¿Cómo podría llegarse a esa madurez y equipamiento, sin prepararse teológicamente? Eso sería improbable, ya que Dios ha decidido utilizar estos medios y son insustituibles. Por supuesto que Dios posee la capacidad de realizarlo de otra manera, pero Él, en su perfecta soberanía y sabiduría, ha elegido llevarlo a cabo a través de las Escrituras.

Una persona sin capacitación no podría hablar de parte de quien le envía, sino, que hablaría de lo nacido de su corazón, algo de lo cual nuestro Señor habló, incluso dejándonos Su ejemplo: “El que habla de sí mismo busca su propia gloria; pero Aquel que busca la gloria del que lo envió, Él es verdadero y no hay injusticia en Él” (Jn. 7.18). Por otro lado, la actitud del buen ministro de Dios es sabiendo que habla en Cristo, “de parte de Dios” y “delante de Dios” (2. Co. 2.17). Así mismo, el apóstol Pedro indica que aquel que enseña debe hacerlo “conforme a las palabras de Dios” (1 Pe. 4.11). Sin una capacitación teológica adecuada, es imposible servir correctamente al Señor.

Además, la instrucción teológica lleva al conocimiento de Dios, y esto motiva al esfuerzo de Su pueblo, al mismo tiempo que lo lleva a la acción de acuerdo a los propósitos divinos. El profeta Daniel nos da una pauta al respecto, incluso cuando el pueblo de Dios está sufriendo persecución: “el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará” (Dan. 11.32). Dios mismo se deleita en que Su pueblo le conozca, y lo prefiere por sobre otras actividades piadosas (Os. 6.6). Sabiendo que conocerle es el propósito de la capacitación teológica, es posible inferir en que Dios se deleita en ella y en sus frutos.

Concluyendo, la capacitación teológica es necesaria. Un ministro no puede servir a Dios sin ella. No puede servir al pueblo de Dios sin conocer al dueño de ese pueblo. El conocimiento de Dios, en gran medida, se desprende del conocimiento de su Palabra, y eso, a su vez, de leerla de manera responsable, metódica, seria y frecuente (Ro. 16.25-27; 2 Ti. 3.15-17; Jos. 1.8; Sal. 1.1-3; 119.15-16; etc). 

La instrucción es totalmente fundamental para el servicio correcto a nuestro Dios y a Su pueblo. A Sus caminos no necesitamos redefinirlos, sino conocerlos o redescubrirlos, y caminar humildemente en ellos. ¡Dios nos ayuda en esto! Hagamos nuestra parte, sabiendo que contamos con la suya. ¡Él sea glorificado en nuestra capacitación y a través de ella!


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