“Y a vosotros, estando muertos en pecados…, Dios os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:13-14).

Firmas un pagaré, prometiéndole a Dios una obediencia perfecta. Dios toma el pagaré, lo sella y te lo devuelve. Después, te vas y sigues viviendo tu vida, pero tu carne (tu disposición natural a pecar) causa problemas. Miras pornografía. Te masturbas. Tienes pensamientos sexuales. Además, vas apilando otros pecados típicos: orgullo, enojo, lengua serpentina y egoísmo. Le debes a Dios una obediencia perfecta, pero fracasas.

Satanás toma el pagaré y va a ver a Dios, que está sentado en lo alto en el estrado. Mientras te acusa con el dedo, Satanás ruge: “¡No cumpliste con tu promesa!”. Agita el pagaré de aquí para allá para lograr un efecto dramático. “Le debías a Dios una obediencia perfecta, y ¿qué fue lo que hiciste? ¡Volviste a cometer un pecado sexual! ¡Y otra vez! ¡Y otra vez! Ahora nos debes tu vida debido a tu desobediencia”.

Dios el juez dice: “El fiscal ha traído una acusación de muerte contra ti”. Hace una pausa y te mira a los ojos. “La muerte es un castigo adecuado por tu desobediencia”. Dios golpea con el martillo sobre su escritorio. “¡Te sentencio a la muerte física y espiritual!”. El presidente del jurado se acerca y te coloca esposas y cadenas. Te sientes aplastado por el peso de tu pecado. Sabes que mereces este castigo.

Sin embargo, la historia no termina ahí. Jesús entra por la puerta de atrás del tribunal, se acerca y se para junto a Satanás. Extiende la mano y espera. Satanás mira a Jesús, te mira a ti y arde de rabia. Le ruge a Jesús: “¡No!”. Sin embargo, Jesús, con perfecta calma, espera con la mano aún extendida. Como un volcán que escupe lava hirviendo, Satanás grita y, a regañadientes, entrega el pagaré. 

Jesús pasa caminando junto al juez y sigue hasta llegar al Calvario. Allí, clava tu pagaré en la cruz y luego se sube a ella. Los soldados romanos le traspasan las manos y los pies con clavos. Se derrama sangre. Es una muerte atroz… ningún hombre inocente debería sufrir algo así jamás.

Y tu pagaré queda invalidado. Tu deuda está cancelada, pagada gracias a su muerte. Solo el Dios-Hombre completamente obediente es digno de ser un sacrificio perfecto a tu favor. Su muerte significa que ya no tienes que morir. En vez de la muerte, recibes vida a través de Cristo.

En el tribunal, Dios se vuelve hacia ti, te mira a los ojos una vez más y dice: “Debido a la muerte de Cristo, estás perdonado de todos tus pecados. Eres libre”.

De inmediato, las esposas y las cadenas caen. Se te llenan los ojos de lágrimas. Piensas: ¿Cómo es posible que Cristo haga esto por mí, en especial, después de todo lo que hice para fallarle?

La respuesta es sencilla pero profunda:

Lo hizo porque te ama.


Este artículo es un extracto del libro Pornografía. Luchando por la pureza. Publicado por Editorial EBI.

Descarga una muestra


Comparte en las redes