Se cuenta que hace unos años, un grupo luterano alquiló la catedral católica en St. Louis, Missouri, para una reunión. El sacerdote les saludó con este comentario: “Nos complace prestar la catedral. Por favor, no claven nada en las puertas esta vez”.
Timothy Jones
Fue un 31 de octubre de 1517 que Martín Lutero clavó un documento que se conoce como las 95 tesis en el Facebook de su día, la puerta de la capilla en Wittenberg, Alemania. Este evento, aunado a una serie de procesos que vivía Europa, desató la Reforma protestante, acontecimiento histórico cuyas consecuencias —no solo en el ámbito religioso, sino también en lo político, económico y social— han llegado hasta nuestros días.
Martín Lutero nació en 1483, después de lo que se conoce en la historia como “la cautividad babilónica del papado” (que duró setenta y dos años, 1309-1377) y “el gran cisma papal” (que duró 39 años, 1378-1417). Durante esos oscuros años, los líderes de la Iglesia Católica Romana vivieron en la ostentosidad, el desenfreno sexual y el abuso de poder.
Uno de los precursores de esta época fue el papa Bonifacio VIII (1294-1303), quien “varias veces apareció ante los peregrinos vestido con trajes imperiales, gritando: ‘Yo soy César. Yo soy emperador’”. Según se reporta, “su corona papal contenía cuarenta y ocho rubíes, setenta y dos zafiros, cuarenta y cinco esmeraldas y sesenta y seis perlas grandes”. Este fue el mismo papa que emitió la famosa bula papal Unam Sanctam en la cual declara: “es absolutamente necesario para la salvación que toda criatura humana esté sujeta al romano pontífice”.
Por abusos y excesos como estos dentro de la Iglesia Católica Romana, los cuales afectaban toda la vida en toda Europa, se escucharon voces que pedían un cambio. Pero esas voces eran rápidamente silenciadas por la maquinaria romana. Dios, en su providencia, envió a Lutero, quien vivió en un tiempo oportuno para que se produjera esta gran revolución que se ha llamado “la Reforma protestante”.
El movimiento que se desató en 1517 se conoce como “Reforma” porque transformó o remodeló el concepto que muchos europeos tenían del cristianismo y la vida bajo el gobierno político-espiritual de la Iglesia Católica Romana. También se conoce como “protestante” porque el 19 de abril del año 1529 un grupo de luteranos presentaron una “carta de protesta” en respuesta a la Dieta de Espira, en la cual se había decidido en contra del progreso de las ideas de la Reforma.
Este proceso histórico ha sido descrito como “el movimiento más grande del Espíritu de Dios desde los días de los apóstoles” y “la recuperación más importante del evangelio desde los días del Nuevo Testamento”.
Lamentablemente, el mensaje de la Reforma no llegó a nuestras naciones latinoamericanas con el mismo impacto que caló en Europa y en parte de Norte América. Lo que nos llegó fue un falso evangelio traído por los colonizadores europeos que luego se sincretizó con las religiones indígenas existentes en nuestras tierras, produciendo una religión falsa, alejada del evangelio verdadero.
Este proceso histórico ha sido descrito como “el movimiento más grande del Espíritu de Dios desde los días de los apóstoles” y “la recuperación más importante del evangelio desde los días del Nuevo Testamento”.
A principios del siglo XX Ernst Troeltsch llamó al protestantismo:
Una “modificación del catolicismo” en la que persisten los problemas que enfrentaban los católicos, pero a los cuales se les da diferentes soluciones. Las cuatro preguntas que el protestantismo respondió de una manera nueva son: (1) ¿cómo puede ser salva una persona?, (2) ¿dónde reside la autoridad religiosa?, (3) ¿qué es la iglesia? y (4) ¿cuál es la esencia de la vida cristiana?
Las respuestas que daba la Iglesia Católica Romana del siglo XVI a estas preguntas eran todas incorrectas. La salvación no es por las obras o méritos del pecador ni se puede comprar pagando indulgencias. La autoridad de la iglesia no es suprema sobre todos y todo, sino que está limitada por las Escrituras. La iglesia no es un imperio que gobierna políticamente sobre sus súbditos y donde se puede pelear por posiciones de poder y autoridad. La vida cristiana no es una que se vive bajo los tormentos del terror ni bajo el dominio del pecado.
En total contraste, los reformadores afirmaron que la salvación es solamente por la fe en Cristo y no por obras, que el ser humano es incapaz de lograr su salvación por méritos propios fuera de la gracia de Dios, que Cristo Jesús ha sido, es y será el único que nos puede reconciliar con Dios, que solamente la Escritura es la regla de fe y conducta para los hijos de Dios, que la iglesia es el cuerpo de Cristo formado por reyes y sacerdotes que viven agradando a Dios en todo y que el plan de Dios es recibir la gloria por siempre.
Estas cuatro preguntas continúan siendo formuladas hoy en día. Lamentablemente, muchas respuestas que han sido escuchadas en los países latinoamericanos son igual de erróneas que aquellas que se ofrecían en los siglos XV y XVI.
Muchas iglesias evangélicas predican salvación por moralismo o legalismo. Otras expresan su necesidad de tener cobertura apostólica de alguna mega iglesia o algún reconocido pseudo-apóstol para ser bendecidas por Dios. Muchos líderes eclesiásticos ven a sus congregaciones como trampolines para saltar a la política o la fama, y es difícil encontrar una región en América Latina en la cual no haya penetrado la falsa idea de que la vida cristiana es de prosperidad material, por lo tanto, todo creyente debe “arrebatar la bendición”, “confesar que se hará lo que pide” y “atar las maldiciones del diablo”.
Sin minimizar los errores y pecados de los reformadores, sin venerarlos como a hombres intachables que jamás se equivocaron y sin idealizar el pasado como si fuera una época perfecta que debemos imitar, hacemos eco de las palabras de Charles Spurgeon: “Queremos otra vez a Luteros, Calvinos, Bunyans, Whitefields, hombres adecuados para marcar eras, cuyos nombres siembran terror en los oídos de nuestros enemigos. Tenemos una desesperada necesidad de ellos”.
En América Latina necesitamos el antiguo mensaje que se oyó durante la Reforma saliendo de la boca de hombres y mujeres valientes y sensibles al obrar de Dios, que amen a los que no tienen a Cristo a tal grado que estén dispuestos a pararse firmes en la verdad de Dios ante el error.
Han pasado ya más de 500 años y el mensaje que se predicó durante la Reforma aún importa. ¡Dios conceda a Latinoamérica experimentar una gran Reforma!
Este artículo es un extracto del libro De Vuelta a Cristo: La Historia e Impacto de la Reforma, publicado por Editorial EBI.
Comparte en las redes