Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

Mateo 26:39 (RV60)

Las manecillas del reloj redentor avanzaban sin detenerse un solo segundo. La hora del tormento había llegado. El propósito de su llegada estaba por cumplirse. Él sabía que había nacido para llevar sobre sí mismo el pecado de sus escogidos.

El Mesías convoca a sus amigos más cercanos a Getsemaní con un dolor profundo. Un huerto lleno de oscuridad y tormento. El Dios encarnado estaba allí como el segundo Adán, recibiendo la culpa de ese primer Adán que, en un huerto perfecto y en las circunstancias ideales, no pudo obedecer el mandato de Dios. Ahora, el segundo Adán, en medio de la oscuridad tenebrosa y la culpa aterrorizante ha decidido obedecer al Padre a pesar del dolor y tormento. En las siguientes líneas me gustaría mostrarte una verdad que debes recordar:

Cristo sufrió el mayor dolor que un ser humano puede enfrentar para darte libertad de la mayor deuda que jamás pudieras pagar.

Permíteme explicar esta proposición en dos puntos.

1. Cristo sufrió el mayor dolor que un ser humano puede enfrentar porque su agonía fue indescriptible.

En Mateo 26:38 (RV60), Cristo dice: Mi alma está muy triste, hasta la muerte. La segunda persona de la Trinidad estaba sufriendo lo que jamás había sufrido y jamás sufrirá. Él jamás había sentido el peso del pecado porque jamás había pecado. Así que, estas palabras abren la ventana de su corazón y nos deja contemplar el dolor desgarrador, la angustia y el horror que enfrentó nuestro Señor. La expresión “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, se expresaba cuando se sentía un horror repentino que embargaba el ser entero al contemplar algo terriblemente espantoso.

¿A qué se debía esa agonía? Él sabía que estaba dando su vida en rescate por muchos (Mt. 20:28; Mr. 10:45); él, el santo y justo Dios encarnado, estaba siendo hecho “pecado”, es decir, el objeto de la ira de Dios (2 Co. 5:21). Ahora más que nunca pesaban sobre él los dolores de la muerte, no solo de la muerte física sino de la muerte eterna en lugar de su pueblo. Por eso es que habla de “tristeza hasta la muerte”. Si pudiéramos parafrasear esa expresión se diría así: “la tristeza me embarga tanto que estoy a punto de morir.”

El pasaje nos enseña que el Mesías sabía por qué razón sentía ese dolor tan profundo, ya que pide: “si es posible, pase de mí esta copa”. La copa que le causaba dolor y desea evitar es la copa de la ira del Padre (Sal. 75:8: Is. 51:22; Jer. 25:15). No fue el sufrimiento físico lo que llenó de horror el corazón de Jesús, sino el hecho de saber que en unas cuantas horas tendría que sufrir porque todo el peso de la ira de Dios sería cargada sobre sus hombros, ya que él es el Cordero que quita el pecado. Por primera y última vez en toda la eternidad, Cristo, la segunda persona de la Trinidad encarnada, sentiría el abandono de su Padre. Eso causaba una agonía inexplicable y un tormento asfixiante.  La ira sin piedad del Padre Eterno se descargaría sobre él.

No estaba suplicando para evitar un dolor físico, ni estaba buscando ser librado de la muerte. Él estaba allí clamando porque estaba cargando lo que cargaba simbólicamente el cordero pascual. Él sentía las manos del Padre sobre su cabeza que transfería la paga del pecado de sus escogidos. Él estaba recibiendo la culpa agónica de los pecadores rebeldes e impenitentes y las palabras que exclama en ese momento son: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Esto nos revela que Cristo en su verdadera humanidad estaba sufriendo. Él sentía la presión, no era un hombre superdotado, era un hombre que sentía el dolor, la presión, la traición y en este momento vemos al Dios encarnado enfrentando un horror inimaginable.

No era dolor del cuerpo, era algo mucho peor.  Era el dolor del alma. La turbación de espíritu es peor que cualquier dolor corporal. De hecho, el dolor del alma se manifiesta en el dolor del cuerpo; así que el dolor o el gozo del alma conquista el cuerpo (Pr. 18:14).

No sabemos exactamente cuánto tiempo pasó Cristo en el huerto de Getsemaní, pero podemos deducir que fueron tres horas; tres horas de agonía sin igual, ya que era una agonía consciente de la culpa. C.H. Spurgeon dijo lo siguiente acerca de este momento: “Todo el infierno fue destilado en esa copa”.

2. Cristo sufrió esa agonía para darte libertad de la mayor deuda que jamás pudieras pagar.

Él se presentó delante del tribunal justo y santo del Dios Eterno, y se presentó con todos nuestros pecados sin faltar uno solo. Él se presentó como el ladrón, el mentiroso, el egoísta, el lujurioso e inmoral. Él se presentó con las vestiduras de podredumbre que produce el pecado. Él llegó a ese tribunal como el culpable de juicio eterno. Se presentó delante del Padre para recibir el veredicto: ¡CULPABLE! Y después de eso el castigo horrendo y el abandono del Padre, porque fue encontrado culpable.

¡Oh, que horrenda escena que Cristo, el Justo y Perfecto, recibiera ese castigo por pecados jamás cometidos! “Más él herido fue por nuestras rebeliones”.

La única manera de tener paz con Dios, era que Jesucristo fuera castigado por Dios aunque era inocente. Por sus azotes, esas heridas provocadas por la flagelación, somos sanados espiritualmente. Gracias a que él sufrió, somos justificados ante Dios. Isaías dice que todos necesitábamos ser justificados ante Dios. Todos éramos como ovejas descarriadas. Todos habíamos seguido nuestra propia senda de pecado, pero el Señor tomó toda nuestra iniquidad y la puso sobre Jesucristo. Esa es la asombrosa realidad de lo que Jesucristo, el Hijo de Dios, hizo como sustituto por los pecadores. El inmaculado se ofreció a sí mismo por los pecadores. Todos hemos pecado, pero para cada uno de nosotros, que confía en Jesucristo, ya ha sido pagado ese pecado.

Cuando ponemos la confianza en Cristo, su muerte se aplica a nosotros. Nuestros pecados son cubiertos para siempre y recibimos su justicia como un regalo. Esa gran verdad hace que nos regocijemos plenamente. Lo que Cristo hizo en la cruz nos salva de la condenación eterna y nos da eterna paz con Dios.

Por eso te invito a recordar que Cristo sufrió el mayor dolor que un ser humano puede enfrentar para darte libertad de la mayor deuda que jamás pudieras pagar.


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