La pregunta más importante que un creyente puede hacerse es: ¿cómo puedo ser más como Cristo? Un creyente genuino de Cristo ansía tener su vida consagrada completamente a Cristo. Por supuesto, Cristo mismo es el deseo codiciado para cualquiera que se considere uno de sus discípulos. Este aspira a decir juntamente con Pablo y sin hipocresía alguna: «Pues para mí, el vivir es Cristo» (Fil. 1:21) y, además: «y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gá. 2:20). No busca su propia gloria, sino la gloria de Cristo manifestada mediante su vida. No tiene ninguna meta mayor que sujetar su vida a Cristo.

Es con esto en mente que Pedro proporciona una clara instrucción para sus lectores sobre cómo seguir el ejemplo de Cristo: «Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1 P. 2:21). Cristo nos dio ejemplo a través de su vida. Ahora, la palabra «ejemplo» es hupogrammon y se refiere al patrón escrito que los estudiantes copiaban para facilitar su aprendizaje en escribir. Cristo es el patrón que debemos seguir. «Cristo es el ejemplo o modelo sobre el cual los creyentes trazan sus vidas»[1]. Claramente Cristo dejó un ejemplo único en muchos sentidos, pero aquí Pedro enfatiza un aspecto particularmente.

Llamados a padecer

¿Cuál fue el ejemplo de Cristo? El sufrimiento. Posiblemente parezca algo extraño que el ejemplo que Cristo dejó para sus discípulos fue cómo sufrir. Ahora, esto no quiere decir que hay otros aspectos de la vida de Jesús que no son ejemplares, pero sí es de enfatizar que Cristo dejó para su amada iglesia un modelo de sufrimiento.

Antes de indagar más en el significado de seguir el ejemplo sufrido de Cristo, es necesario hacer una aclaración: «Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1 P. 2:21). Esta verdad va directamente en contra del evangelio de prosperidad, el cual pretende explicar que el sufrimiento, la aflicción y el padecimiento son efectos ocasionados por el pecado y la falta de fe verdadera en Dios. Aquellos exponentes del evangelio de la prosperidad quieren vender la falsa noción de que un cristiano jamás sufre y que aquellos cristianos que sufren están fuera de la voluntad de Dios, como si Dios tuviese la obligación de proteger a sus hijos de cualquier dificultad. Sin embargo, esta enseñanza es categóricamente falsa.

Esto no proviene de Dios, sino de la depravidad humana. El evangelio de la prosperidad proporciona lo que el hombre caído quiere: libertad de adversidad y garantía de prosperidad. Estos charlatanes son emisarios del diablo aparentando ser ángeles de luz (cp. 2 Co. 11:13–14). Su enseñanza es destructiva, su dios es su avaricia y su fin es la condena eterna. Judas mismo habló de estos diciendo que: «son nubes sin agua llevadas por los vientos, árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y desarraigados» (Jud. 1:12). El falso evangelio de la prosperidad no puede comprender cómo es que un cristiano debe seguir las pisadas de Cristo y su ejemplo de sufrimiento.

Regresando entonces al llamamiento a padecer es importante notar el gran testimonio que tiene esta enseñanza en las Escrituras. No es un asunto menor ni periférico a la vida cristiana, sino que es una cuestión integralmente relacionada con una vida dedicada a Dios. Mira la exhortación que Pablo da a los primeros convertidos en su primer viaje misionero: «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch. 14:22).

¡Qué preámbulo tan contracorriente al reino de Dios! Ahora, nunca es el llamado cristiano de provocar la aflicción; Dios no busca que seamos masoquistas. Más bien, Pablo comunica que las tribulaciones vendrán inevitablemente sobre quienes andan por el camino angosto hacia el reino de Dios. Sin embargo, sería un error concluir que la vida cristiana entonces está marcada por la amargura ante los padecimientos experimentados, porque según Pablo se sufre por amor de Cristo (Gá. 6:17; Fil. 3:10; Col. 1:24; 1 Ts. 3:3). Pablo consideraba que aquellas aflicciones eran leves y pasajeras, que producirían «un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación» (2 Co. 4:17).

La realidad del sufrimiento en la vida de un cristiano no debe sorprender a nadie, especialmente a aquellos que creen ser discípulos de Cristo. Es difícil confundir la advertencia explícita de Cristo: «El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (Lc. 14:27). ¡Oh cuantos insensatos han sido seducidos por la promesa vana que Cristo va a resolver todos sus problemas y mejorar sus vidas si simplemente repiten una oración! ¡Oh cuantos ingenuos están engañados por el diablo quien les promete llegar a ser dioses sin tener que morir! Cristo invita a un hombre a seguirle no para salvar su vida, sino para perderla por la causa de Cristo (Lc. 9:24). «Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que venga y muera»[2].

Puede parecer increíble, pero es la voluntad de Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien (1 P. 3:17). Así que, quien quiera ser un discípulo fiel y genuino de Cristo entenderá que el sufrimiento es una concesión divina: «Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él» (Fil. 1:29). Cristo mismo prometió: «Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros» (Jn. 15:20). Así que no es de sorprender la aflicción causada por la fidelidad a Dios. Más bien, la medida de la fidelidad de los cristianos es proporcional a su participación en el sufrimiento que Cristo sufrió.

Los sufrimientos de Cristo

Lo central no es simplemente el llamamiento al sufrimiento, sino el ejemplo dejado por Cristo: «Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1 P. 2:21). Así que, es apropiado contestar a la pregunta: ¿cuáles fueron los sufrimientos de Cristo? Con esto, es importante aclarar que jamás se puede interpretar este texto para entender que debemos seguir exactamente los sufrimientos de Cristo. Es decir que jamás es necesario morir crucificado para seguir el ejemplo de Cristo. Hay quienes practican la crucifixión, pero dicha práctica es blasfemia y una vergüenza. Pedro no pretende que los cristianos sigan la obra expiatoria e irrepetible de Cristo (Hch. 3:18; Heb. 9:12; 1 P. 3:18), el cual probó la inmensa ira de Dios (Mt. 26:39; 27:46). Así que, no debemos replicar la muerte exacta de nuestro Señor.

Mas bien, se debe seguir las pisadas de Cristo, en obediencia al Padre, soportando los padecimientos en humildad. Así que, aparte de la muerte redentora de Cristo, ¿cuáles fueron sus sufrimientos que probó en su ministerio terrenal? Mientras que es cierto que Cristo fue crucificado, no es de sobrepasar que, además, en múltiples ocasiones Cristo escapó de una muerte prematura por los judíos (Mt. 2:16; Mc. 3:6; Lc. 4:29; Jn. 5:16; 7:1, 32, 44; 8:59; 10:31–39; 11:53–54); fue rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas (Mc. 8:31; Lc. 9:22), y también por su generación (Lc. 17:25); padeció bajo las tentaciones (Mt. 4:1–11; Heb. 2:18; 4:15) y enfrentado por legiones infernales (Mc. 5:9); sufrió vergüenza, ignominia (Sal. 69:19–20) y murmuración (Lc. 15:2); fue el oprobio de los hombres y el despreciado del pueblo (Sal. 22:6); fue entristecido y compungido por los pecados y la incredulidad de los hombres (Mc. 3:5; Lc. 19:41–42); sus familiares pensaban que se había perdido la cabeza (Mc. 3:21); fue acusado de ser un pecador y amigo de los pecadores (Mt. 11:19; Lc. 7:34); fue acusado de estar empoderado por satanás (Mt. 12:24; Mc. 3:22; Lc. 11:15) y endemoniado (Jn 7:20; 8:48, 52); fue injustamente juzgado y condenado (Mt. 26:59–74); fue errante en su ministerio terrenal sin donde recostar su cabeza (Mt. 8:20; Lc. 9:58); experimentó las burlas crueles de los hombres (Sal. 22:7; Lc. 8:53; 16:14; 22:63; 23:11, 36) y fue negado (Mt. 26:69–75) y abandonado por todos sus discípulos (Mt. 26:56). Cristo sufrió como nadie mas, porque todo su sufrimiento era injustificado y fue conocido como el «varón de dolores y experimentado en aflicción» (Is. 53:3).

La actitud cristiana frente al sufrimiento

Contemplar el sufrimiento de Cristo no es fácil. Pensar en cómo nuestro Salvador sufrió nos debe producir una tristeza profunda, pero una gratitud sin fin. Armado con una comprensión bíblica del llamamiento del cristiano al sufrimiento y una convicción firme de que la obediencia conlleva al sufrimiento, se recuerda que: «Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1 P. 2:21). ¿Cuál entonces debería ser la actitud cristiana frente al sufrimiento?

Primero, el cristiano debe esperar el sufrimiento como parte de la porción de seguir a Cristo. Pedro exhorta: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo» (1 P. 4:12). Ningún cristiano debe ser sorprendido por la adversidad que genera su vida cristiana y su fiel testimonio al evangelio de Jesucristo. «Pero si alguno sufre como cristiano, que no se avergüence, sino que como tal glorifique a Dios» (1 P. 4:16). Cristo nos advirtió que antes que recibamos la corona debemos cargar una cruz.

Segundo, el cristiano debe regocijarse por los padecimientos que experimenta por su fidelidad a Cristo. Los discípulos de Jesús son considerados bienaventurados al sufrir las aflicciones, padecimientos y persecuciones que son provocadas por su fe en Cristo (Mt. 5:11; 1 P. 4:14). Pedro aconsejó que: «en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos» (1 P. 4:13; cp. Mt. 5:12). Los apóstoles fueron castigados por su fidelidad y ellos se regocijaron «que hubieran sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su Nombre» (Hch. 5:41). No somos dignos de ser llamados hijos de Dios y mucho menos de padecer por la causa de Cristo. Que dulce privilegio el Señor otorga a sus santos al considerarlos dignos de padecer los mismos padecimientos que él padeció en su vida terrenal, por los cuales, podemos saber que estamos siguiendo sus pisadas.

Tercero, el cristiano debe padecer pacientemente, encomendándose a Dios, sabiendo que así es la voluntad del Señor. «Por consiguiente, los que sufren conforme a la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, haciendo el bien» (1 P. 4:19). Si hay aflicción en la vida de un creyente, esta vino de la mano bondadosa del Señor, quien no le abandonará. Su sufrimiento no es en vano, sino que está determinado dentro de la voluntad de Dios para su bien. Encomendarse a Dios es exactamente lo que hizo Jesucristo en su propia aflicción terrenal «cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia» (1 P. 2:23; cp. Heb. 5:7–8). No es sabio ni sano confiar en uno mismo, sino encomendarse, dependiendo completamente de Dios mediante la oración, porque él es fiel y justo para sostener y soportarnos en medio de la aflicción que Dios mismo determinó permitirnos experimentar debido a su fidelidad a él.

Cuarto, el cristiano debe sufrir haciendo el bien y bendiciendo a aquellos que le están afligiendo. «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis» (Ro. 12:14); «no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo, porque fuisteis llamados con el propósito de heredar bendición» (1 P. 3:9). Aunque el cristiano experimenta los vituperios e insultos de los hombres, este debe responder con gracia, proporcionando a sus opresores bendición.

Quinto, el cristiano debe confiar en medio del sufrimiento en que el Señor cumplirá sus promesas. «Pero resistidle firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. Y después de que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá» (1 P. 5:9–10). Fiel es el Señor quien terminará la obra que inicio en sus santos.

Aquí es donde vemos claramente nuestra semejanza con Cristo mientras seguimos sus pisadas. Con todo lo anterior, es tiempo de preguntarnos: ¿estoy padeciendo por la causa de Cristo? Si nunca has experimentado sufrimiento ni aflicción derivada directamente de tu fe en Cristo, si nunca has recibido insultos ni vituperios, si nunca has sido silenciado e ignorado por causa de tu proclamación del evangelio, si nunca has sido perseguido por obedecer los mandamientos del Señor, si nunca has sufrido pérdida por tu profesión de fe en Cristo Jesús, entonces es bueno que te preguntes si eres un cristiano. ¿Por qué puedo afirmar esto?, porque Dios ha prometido: «Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos» (2 Ti. 3:12).

La persecución es una certeza para los discípulos de Jesús y no una posibilidad. Donde hay un hombre que afirma ser cristiano sin sentir las aflicciones de Cristo y llevar sus marcas, es un hombre que nunca ha conocido a Cristo. Seguir las pisadas de Cristo te costará todo, pero son las únicas pisadas dignas de seguir.


[1] John MacArthur, Comentario MacArthur Del Nuevo Testamento: 1 Pedro a Judas, trad. Ricardo Acosta, Comentario MacArthur del Nuevo Testamento (Grand Rapids, MI: Editorial Portavoz, 2017), 164.

[2] Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship, 1st Touchstone ed. (New York, NY: Touchstone, 1995), 89.


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