No tienes que estar en el ministerio mucho tiempo, ya sea a tiempo completo o como consejero laico, antes de que notes la tentación o tal vez incluso la tendencia a amargarte. Puede ser debido a las desilusiones que conlleva vivir en un mundo maldito por el pecado. Tal vez la gente no te aprecia tanto como crees que deberían. Tal vez quisieras que el ministerio fuera en una dirección particular, y otros no estaban de acuerdo. Es muy posible dejar que ese tipo de experiencias te desgasten, y con el tiempo amargarte a ciertas personas, situaciones, o incluso al ministerio mismo.


La amargura también puede ser el resultado de enfrentarnos cara a cara con nuestras propias debilidades y fracasos. Cuando éramos jóvenes, muchos de nosotros teníamos grandes ilusiones de salir y conquistar el mundo para Cristo (mejor que nadie que nos hubiera precedido). Pero la vida tiene una manera de ascendernos al nivel de nuestra propia incompetencia. Así que tal vez resultó que no éramos el mejor predicador, consejero, comunicador o líder. Tal vez no somos tan maravillosos como pensábamos en la creación de visiones, la construcción de relaciones, el ministerio de la misericordia, o el crecimiento de la iglesia/organización.


Luego está el problema de compararnos con los demás. La iglesia de ese hermano es más grande. Sus casos de consejería van mejor. Sus libros venden más copias. Si no tenemos cuidado, podemos amargarnos por todo tipo de razones.

¿Qué es la Amargura?

La Palabra de Dios usa terminología pintoresca para llamar nuestra atención sobre la importancia y el peligro de este hábito en particular. Tanto el Antiguo Testamento (marah) como el Nuevo Testamento (pikria) hablan de la comida que sabe agria o ácida. Un diccionario bíblico define marah como “la bilis venenosa y pútrida de la vesícula biliar, la vesícula misma (Job 16:13; 20:25) o el veneno de las serpientes (Job 20:14)”.


Algunas definiciones incluyen los conceptos de “sentirse enojado, herido o resentido a causa de las malas experiencias de uno o una sensación de trato injusto” o “sentimientos emocionales internos de profunda tristeza o una ira dirigida hacia el exterior que grita.”


Te animo a que hagas una pausa y te preguntes si guardas rencor en tu corazón y en tu vida hacia alguna persona o situación en particular. Sinceramente, me sorprendería que dijeras que no tienes ninguna. Esta es una lucha universal entre el pueblo de Dios. Aquí hay cuatro principios bíblicos para guiarnos mientras luchamos con esta área:

  1. Reconoce que las Escrituras hablan de la amargura desde múltiples perspectivas.

Tal vez el más reconocible es el comportamiento amargo. La Palabra de Dios nos instruye «Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia…» (Ef. 4:31).


Sin embargo, los consejeros bíblicos probablemente no se sorprenderán al saber que las Escrituras alientan un enfoque mucho más sólido que simplemente evitar algo a nivel de comportamiento. Por eso es importante que nosotros y nuestros aconsejados entendamos que la amargura no es primero una elección que hacemos -es una condición que enfrentamos. Los hermanos de José le lanzaron flechas amargas (Gn. 49:22-24). Los egipcios amargaron el trabajo a los hijos de Israel (Éx. 1:13-14). La dulce Ana tenía una rival que la «provocaba amargamente» a causa de su infertilidad (1 S. 1:6). La Biblia practica la revelación plena al afirmar que en este mundo maldito por el pecado, todos podemos esperar enfrentarnos a circunstancias amargas.


Por eso la tercera vertiente de la enseñanza bíblica es tan importante y llena de esperanza. La batalla para afrontar circunstancias amargas sin desarrollar un estilo de vida amargo se libra en esa parte de nosotros que no se ve. Por eso el Señor explica: «El corazón conoce su propia amargura» (Prov. 14:10). Esto significa que las personas como tú y yo podemos manejar las circunstancias duras de manera que en realidad aumenten la dulzura y la vitalidad de nuestro caminar con Jesús.

  • Aprende a practicar el privilegio del lamento bíblico

Me ha ayudado mucho en mi vida personal y en mi ministerio de consejería el libro Nubes oscuras, miersicordia profunda del pastor Mark Vroegop, quien define el lamento como «el grito honesto de un corazón herido que lucha con la paradoja del dolor y la promesa de la bondad de Dios»[1] Vroegop señala que al menos 1/3 de nuestros Salmos están escritos en forma de lamento y deberían ser una parte importante de nuestra adoración personal y corporativa. El principio es que cuanto más dispuestos estemos a cultivar un corazón honesto y auténtico con el Señor acerca de nuestros dolores, heridas, luchas, preguntas y quejas, menos probable será que nos volvamos amargados.


Consideremos las palabras de David en el Salmo 61:1-2: «Oye, oh Dios, mi clamor;
Atiende a mi oración. Desde los confines de la tierra te invoco, cuando mi corazón desmaya. Condúceme a la roca que es más alta que yo». He intentado ser más intenciono a a la hora de hablar con el Señor de esta manera sobre mis desafíos y también de animar a mis discípulos a que escriban sus propios salmos de lamento. Estoy agradecido por un Salvador que hace posible una comunicación tan auténtica.

  • Elige recordar y valorar el papel de la disciplina paternal de Dios

Hebreos 12 es un estudio de caso sobre la amargura, especialmente desde la perspectiva de la incredulidad subyacente que a menudo acompaña a esta tendencia. El escritor de Hebreos explica que a veces nos amargamos porque no nos hemos beneficiado de la disciplina amorosa y paternal de Dios en nuestras vidas.
Este texto no se refiere necesariamente a la disciplina en un sentido punitivo, sino más ampliamente a todos los desafíos y dificultades que nuestro Dios soberano puede utilizar para moldearnos a la imagen de Su Hijo. Cuando no administramos bien esas pruebas, vamos camino de amargarnos como Esaú, «que vendió su primogenitura por una comida». (He. 12:16).

  • Regocíjate en la dulzura de nuestro Salvador redentor

La belleza del Evangelio es que la amargura nunca tiene que tener la última palabra. Las circunstancias amargas pueden llevarnos a Cristo y ser la base sobre la cual la dulzura de una relación creciente con Él puede volverse aún más deliciosa y deleitosa.


Considera el progreso de la comida de la Pascua que el pueblo de Dios fue instruido a observar anualmente mucho después de salir de Egipto. Siempre comenzaba con hierbas amargas, una especie de lechuga autóctona de Egipto. Dios quería que recordaran la dificultad de sus circunstancias mientras comían esta comida egipcia de sabor ácido. Luego venía el pan sin levadura, que cambiaba la sensación y daba esperanza por el poder de la liberación de Dios. Eso preparó sus paladares para recibir la dulzura del cordero pascual, que apunta directamente a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Las circunstancias amargas siempre nos acompañarán de este lado del cielo. Abordar y luchar honestamente con estos asuntos en la quietud de nuestros corazones puede llevarnos a un lugar de dulce y confiada confianza y dependencia.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Cuáles son algunas de las circunstancias amargas que el Señor ha permitido que lleguen a tu vida?
  2. ¿Has aprendido a practicar el lamento bíblico? ¿Qué pasos deberías dar para crecer en esta área?
  3. ¿Tienes un lugar en tu teología de trabajo para la disciplina paternal y amorosa de Dios?
  4. Esboza una situación reciente en la que procesaste una circunstancia amarga de manera que te llevó a un camino más dulce con Jesús.

Este artículo fue publicado originalmente en Biblical Counseling Coalition


[1] Mark Vroegop, “ Dark Clouds, Deep Mercy” [Nubes oscuras, misericordia profunda], (Wheaton, IL: Crossway, 2019), 26. Traducido al español por Editorial Portavoz.


Superando la amargura

En un mundo lleno de luchas y decepciones, cada uno de nosotros enfrentará la amargura en algún momento. En este libro honesto y esperanzador, el pastor y consejero Stephen Viars nos muestra cómo evitar las trampas de un corazón amargado mientras caminamos por nuestro mundo caído. Nos enseña cómo procesar la amargura de manera bíblica y efectiva, para que podamos pasar de las mayores heridas de la vida a una vida llena de alegría.


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