El apóstol Pablo escogió resumir todo su mensaje de esta manera: “Jesucristo, y a Este Crucificado” (1 Corintios 2:2). Esto significa que Jesús no es simplemente un estímulo para el área espiritual de nuestras vidas. Jesús es la esencia misma de la historia del mundo y Aquel que, mediante su muerte y resurrección, ha confirmado que su obra de la nueva creación en nosotros será eficaz. Esto contiene implicancias cósmicas, pero por ahora, queremos establecer sencillamente el vínculo entre Jesús y el enojo.
¿Qué diferencia marca en lo referente a tu enojo que Jesús haya muerto en la cruz? O, a fin de ampliar el resumen de Pablo, ¿qué efecto produce sobre tu enojo que Jesús muriera en la cruz, resucitara de los muertos, enviara su Espíritu, sea el Dios viviente y esté preparando un hogar para estar con su pueblo? Esta es la pregunta correcta. Y a continuación encontrarás algunas respuestas:
• Jesús murió para cancelar las demandas legales contra mí y asegurar el perdón de los pecados (Colosenses 2:13). Estoy tan agradecido de no tener que rendir cuentas por mis pecados. Trabajaré para no hacer que otros tengan que rendir cuenta ante mi tribunal de justicia por sus pecados en mi contra.
• Jesús murió para que los espiritualmente adúlteros pudieran vivir en la presencia misma de Dios (Hebreos 10:19). Todos nuestros pecados fueron perdonados de una vez y para siempre en su muerte, y esos pecados eran lo que nos separaba de él. Si Jesús vive conmigo, un pecador, ¿cómo puedo dejar yo de apuntar a vivir en paz con aquellos que me rodean?
• Jesús murió para que ya no sea más esclavo del enojo, sino que pueda resistirlo con firmeza (Apocalipsis 1:5). El enojo controla y domina. Promete poder y control, pero produce esclavitud. En la muerte de Jesús, yo también morí a la tiranía del enojo. He dejado de ser esclavo para convertirme en un hijo libertado, a fin de vivir para el Padre. En esta libertad, puedo decirle “no” al enojo.
• Jesús murió para que yo pueda ahora vivir para él en lugar de para mí mismo (2 Corintios 5:15). Es como si llevara un emblema: “Estoy con Jesús”. Mi vida debe representar el carácter de mi rey.
• Jesús murió para que yo también pudiera jactarme de mi debilidad (2 Corintios 13:3-4). La verdadera fortaleza no se muestra dominante, sino que es amable y luce atractiva.
La verdadera fortaleza no se muestra dominante, sino que es amable y luce atractiva.
• Jesús murió para que yo pudiera vivir por la fe en él. Y es por la fe que estoy unido a Cristo, lo cual significa que puedo reclamar como propias su muerte y resurrección (Gálatas 2:20). Mi reputación ya no es algo que necesite defender.
• Jesús murió para destruir los reclamos y las obras del diablo (1 Juan 3:8). Las mentiras del diablo aún aparecen, pero no tengo que ser engañado. El maligno sigue trabajando para enceguecernos, autorizando el odio, pero sus estrategias han sido traídas ahora a la luz. El enojo ya no es una parte necesaria de mi vida.
• Jesús murió con el propósito de enviar el Espíritu de poder para que esté con nosotros, de modo que podamos vivir en él y para él (Romanos 1:16). Este es un poder que trae paz en lugar de división, amor en vez de odio.
El enojo solo tiene sentido si se lo considera aparte de la muerte y resurrección de Jesús. Sin Cristo, estaríamos solos y condenados. La vida sería una lucha para la supervivencia del más apto; y luego, nos hundiríamos en la oscura lobreguez de la muerte. Solo el enojo, el miedo y la depresión tendrían sentido.
Pero la verdad es que fuimos creados por Dios; somos su simiente, le pertenecemos. Y aunque le hayamos dado la espalda, el Señor, en su amor, nos trajo de regreso junto a él, para que lo amemos y vivamos en su presencia. El enojo es parte de la antigua vida, la cual se va desvaneciendo a medida que abrazamos la nueva.
A la luz de la verdadera historia, decimos: “Jesús, te necesito” y “gracias”. Estas dos cosas son lo opuesto al enojo.
Este artículo es un extracto del libro Un Pequeño Libro Sobre un Gran Problema publicado por Editorial EBI.