Vivimos impulsados por deseos. Desde lo que nos motiva a levantarnos por la mañana hasta lo que nos roba el pensamiento al final del día, nuestros anhelos revelan más de lo que imaginamos sobre nuestra relación con Dios. Algunos deseos son buenos y bíblicos, otros son engañosamente peligrosos. En este artículo, exploraremos cómo el corazón, según la Biblia, no solo siente, sino que piensa, decide y desea —y cómo esos deseos, cuando están desordenados, pueden convertirse en ídolos que rivalizan con el único deseo que debe gobernarlo todo: agradar a Dios.
Los deseos
El corazón funciona de disímiles maneras. A veces la Biblia se refiere a Él como la fuente de los afectos; de esta manera, Jesús, haciéndose eco de las palabras del Shemá (Dt. 6:4-10), declara que la única forma aceptable de amar a Dios es con todo el corazón (Mt. 22:37). Sin embargo, la Biblia también habla de los pensamientos del corazón; por ejemplo, «todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Gn. 6:5; cf. He. 4:12). En otros lugares, la Biblia habla del corazón como el centro de los deseos y dice que, a medida que crecemos en santificación, Dios cambia nuestros deseos (Sal. 37:4; Fil. 2:12-13). Aunque, por supuesto, no podemos entender todo acerca de nuestros corazones (Jer. 17:9), podemos tomarle el pulso a algo de lo que sucede en nuestro interior haciéndonos preguntas como éstas:
- ¿Qué es lo que más deseamos?
- ¿Qué amamos?
- ¿Qué honramos por encima de todo?
- ¿Qué es lo máximo a que aspiramos?
- ¿Con qué soñamos despiertos?
- ¿Cuál es nuestra motivación para levantarnos de la cama cada día?
Es muy importante comprender nuestros deseos porque ellos nos impulsan a actuar. La Biblia no condena todos los deseos, por supuesto, y dice que algunos son encomiables. Por ejemplo, en 1 Timoteo 3:1 Pablo dice que «si alguno anhela obispado, buena obra desea». Él está elogiando el deseo de ser obispo, no reprende a quienes tienen ese deseo ni dice que deban suprimirlo. Cuando Jesús dijo a los fariseos que su deseo era hacer la voluntad de Satanás (Jn. 8:44), eso era un indicador directo de que no tenían un corazón nuevo (v. 47). Repito, lo que constituía un problema para los fariseos no era el hecho de que tuvieran deseos; era la orientación de esos deseos.
Como cristianos, debemos ser personas que deseemos a Dios y deseemos lo que Él quiere. Debido a que hemos recibido un corazón nuevo en el momento de la conversión, reconocemos que debemos tener un deseo reinante, el cual es agradar a Dios. Como dice Pablo en 2 Corintios 5:9: «Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables». El apóstol Pablo estaba motivado por un deseo dominante en su vida: darle la mayor prominencia posible a Jesús (Fil. 1:27; 1 Co. 10:31). Este deseo de agradar a Dios es el que debe ordenar y estructurar todos los demás deseos de nuestra vida. Este deseo de agradar al Señor es, para empezar, el que dice lo que debemos y no debemos desear. El motivo por el que los deseos caprichosos y pecaminosos son tan malos, es porque desplazan el deseo de agradar a Dios y nos impiden vivir ese deseo (Stg. 1:13-15). Oh, que este deseo reinante y dominante en la vida impregne todas nuestras vidas, ¡especialmente el desarrollo de los hábitos!
Si deseamos invertir en relaciones este año, hagámoslo porque estamos queriendo lo que Dios quiere. Si deseamos ser más eficientes este año, por favor, hagámoslo porque queremos agradar más a Dios. Si deseamos avanzar en nuestra carrera este año, por favor, hagámoslo para la gloria de Dios. Ojalá pudiéramos decir junto con el apóstol Pablo: «estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Fil. 3:8).
Deseos e ídolos
Es importante que entendamos cómo nuestro deseo de agradar a Dios debe relacionarse con los demás deseos de nuestra vida, como son los deseos de familia, casa, amor, reconocimiento, hijos, matrimonio y, sí, incluso dinero. La siguiente figura representa esos deseos con círculos más pequeños. Somos libres de desear todas estas cosas, ya que ninguna de ellas es intrínsecamente pecaminosa, ni siquiera el dinero. Pablo dijo: «digno es el obrero de su salario», así que no seamos tacaños a la hora de pagar a nuestros empleados (1 Ti. 5:18). Sin embargo, Pablo también dijo que «raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores» (1 Ti. 6:10). Podemos desear legítimamente que nuestro jefe nos pague de manera tal que honre a Dios, pero también pudiéramos desear que nos paguen de una manera que deshonre a Dios. La Biblia lo llama idolatría cuando se desea más el dinero de lo que se desea agradar a Dios, (Ex. 20:3; Col. 3:5). Tal y como Jesús dijo: «No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt. 6:24, NTV).

Por eso todos los demás círculos de la figura son más pequeños que el que representa el deseo de agradar a Dios. Nuestros otros deseos nunca deben ser «más grandes» que ese. Nuestro deseo de dinero, por ejemplo, sólo es legítimo cuando ese deseo es menor que nuestro deseo de agradar a Dios. Ken Sande, en su libro Pacificadores, describe tres criterios para saber si algo se ha convertido en un «ídolo» en nuestras vidas:
- Si pecamos para conseguirlo: Sabemos que estamos deseando algo demasiado cuando estamos dispuestos a pecar contra Dios para conseguir eso que estamos deseando. Esto no significa que el deseo es inherentemente pecaminoso, porque podemos desear algo bueno y pecar para obtenerlo.
- Si pecamos para conservarlo: A veces sabemos que lo que tenemos es bueno y haremos lo que sea para conservarlo, incluso pecar contra Dios. Las relaciones son un ejemplo de esto: deseamos tanto una relación (algo bueno) que permaneceremos en una relación pecaminosa que sabemos que deshonra a Dios (pecar para conservarla).
- Si pecamos cuando no lo conseguimos: Cuando no obtenemos lo que queremos, arremetemos con respuestas pecaminosas. Ya sea que estemos de mal humor por los próximos tres días o explotemos con ataques pecaminosos de ira, no obtuvimos lo que deseábamos y a causa de ello ahora estamos pecando.[1]
Volvamos a la figura. Cuando nuestros deseos de familia, dinero, casa, reconocimiento o amor se hacen más grandes que nuestro deseo de agradar a Dios, entonces estamos cometiendo idolatría. ¿Cómo podemos saber que nuestros deseos han crecido demasiado? Bueno, preguntándonos: «¿Estoy dispuesto a pecar para conseguirlo, a pecar para conservarlo o a pecar si no lo consigo?». Esos son buenos barómetros que nos indican dónde están nuestro corazón y sus deseos.
Ahora bien, veamos el desarrollo de hábitos de manera más clara y específica. Podemos y debemos desear ser productivos y organizados, por ejemplo. Pero nuestro deseo de productividad y organización puede ser demasiado grande en nuestra vida. Cuando no estamos siendo productivos, pero reaccionamos de una manera que agrada a Dios, eso muestra que nuestros deseos están en el lugar correcto. Si nuestro mayor deseo es agradar a Dios, entonces responderemos dando el fruto del Espíritu, aun cuando no obtengamos lo que deseamos de manera inmediata (Ga. 5:22-23). Sin embargo, si nuestro deseo de productividad ha crecido demasiado, nuestro fracaso se manifestará en forma de impaciencia, falta de amabilidad y de gentileza, todo lo cual es antitético a una vida llena del Espíritu. Entonces, si eso sucede, ¿deberíamos desechar cualquier tipo de deseo de ser productivo? No. Lo que debemos hacer es arrepentirnos de nuestra idolatría y luego buscar la ayuda de Dios para no dejar que nuestro deseo de productividad sea mayor que nuestro deseo de agradarle.
Cuando entendemos la relación entre el corazón y los hábitos, somos libres para ser las personas más productivas, las más saludables físicamente, las más conectadas relacionalmente y las más exitosas profesionalmente que podamos ser. ¡Desarrollemos negocios dinámicos para la gloria de Dios! ¡Pongámonos en forma este año para la gloria de Dios! ¡Tengamos relaciones profundas y significativas a nuestro alrededor para la gloria de Dios!
Es corazón y hábitos, no corazón o hábitos.
Este artículo es un extracto del libro El corazón y los hábitos, publicado por Editorial EBI.
[1] Sande, Ken. Pacificadores: Guia Biblica para la Resolucion de Conflictos Personales, 1990, 100-15.

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