En los últimos artículos hemos recorrido un trecho. Hemos visto a Adán esconderse entre los árboles cuando debería haber hablado. Hemos visto a Caín dejar que la ira lo convirtiera en asesino. Hemos visto a Sansón encadenado por los mismos apetitos que creía que lo hacían libre. Hemos visto a Gedeón temblando en un lagar, necesitando señales y más señales antes de dar un solo paso. Hemos visto a David, el hombre conforme al corazón de Dios, derribado por una mirada desde una azotea. Y hemos visto a Nehemías, el líder más eficaz de todo el Antiguo Testamento, arrancando el pelo a los mismos hombres a los que había jurado proteger.
Si has prestado atención a los artículos anteriores, y lo has hecho con honestidad, lo más probable es que te sientas expuesto y desnudo. Puede, incluso, que te sientas cansado de ti mismo. A lo mejor, te gustaría cambiar en varias cosas, pero no sabes cómo hacerlo. Eso es bueno. Eso es, de hecho, lo que hace que puedas ver este último artículo desde el punto de vista correcto.
Hemos estudiado la vida, los fracasos y los aciertos de seis hombres. Son seis ejemplos de masculinidad, alguna más rota que otra, pero ninguna perfecta. Y, en cada artículo, hemos apuntado, al final, hacia un hombre en particular, uno con nombre y apellidos. Hemos llegado a ese séptimo hombre, el hombre perfecto, el que más vale la pena imitar. Él fue el único hombre que vivió la vida que nosotros no hemos podido vivir, y el que murió la muerte que nosotros tendríamos que haber padecido. Ese hombre es Jesús.
Pero quiero confesarte algo sobre el camino que hemos hecho juntos. Mi intención no es sencillamente que aprendas de Su ejemplo para andar sobre sus pisadas. Desde luego, incluye eso, ¿qué duda cabe? Pero, eso no es lo más importante. Hoy, en lo profundo, no quiero que salgas de aquí con una lista de cosas que Jesús hacía y tú tienes que hacer. Quiero que termines de leer esto admirado de lo que Él hizo, y con la convicción de que no hay nada que puedas hacer para merecerlo. Quiero que el sumergirnos en el Hombre auténtico nos deje sabiendo que no necesitamos nada más, porque Él fue, es y será suficiente, aunque nosotros seamos un desastre.
Y eso vale más que cualquier lista de normas que cumplir para ser un buen varón.
Primero, lo que Él hizo. Después, lo que eso produce en ti
Este es el error que más daño hace a la vida espiritual de un hombre: leer los evangelios como un manual de conducta. «Sé como Jesús» puede ser una aspiración noble, desde luego. Pero con demasiada facilidad se puede convertir en una versión corregida y aumentada del mismo legalismo que llevó a Nehemías a arrancar los pelos a sus hermanos. Tratar de producir la santidad del Hijo de Dios a base de esfuerzo y buenas intenciones es la receta perfecta hacia el abismo del orgullo, la depresión, la desesperación, o todo a la vez.
Hacer eso es comprender el papel de Cristo justo de la manera opuesta a la que debemos hacerlo. Jesús fue el hombre perfecto, en primer lugar, para sustituir nuestra hombría caída. Él, antes de ser nuestro ejemplo, es nuestro Salvador. Después, y como consecuencia de eso, podemos llegar a caminar tras Sus pasos, siempre por el poder y la dirección del Espíritu Santo. Pablo lo dice con una precisión que no da lugar a dudas: «Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Rom. 8:11). No dice: «imita a Jesús y producirás vida». Dice: el mismo poder que sacó a un muerto de una tumba sellada habita en ti. Eso no es imitación. Es resurrección.
Así pues, varón, el orden de los factores sí altera el resultado, y mucho. Primero la cruz. Después, las pisadas.
El que venció donde nosotros caímos
Hemos analizado a seis hombres diferentes. Cada uno, tuvo una caída específica. Y, en cada caída, hemos analizado cómo Jesús triunfó en aquellas áreas donde ellos fracasaron. Adán se escondió cuando Dios lo llamó. Jesús, en el jardín de Getsemaní, no se escondió. «Jesús, pues, sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió y les dijo: ¿A quién buscáis?» (Jn. 18:4). Lo dice el texto con una claridad que asombra: sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió. Adán huyó hacia los árboles. Jesús avanzó hacia los soldados. Donde el primer hombre se escondió, el segundo hombre dio un paso al frente.
Gedeón necesitó vellones y señales antes de moverse. El miedo en el que había crecido le paralizaba. Jesús, sabiendo que el camino pasaba por el terrible Calvario, «afirmó su rostro para ir a Jerusalén» (Lc. 9:51). Sin señales exigidas. Sin garantías humanas. Con la certeza de lo que le esperaba, y avanzando de todas formas.
En el desierto, el tentador se acercó a Jesús después de cuarenta días sin comer y le ofreció exactamente lo que Sansón nunca supo rechazar: satisfacer el apetito inmediato, usar el poder para servirse a sí mismo, tomar un atajo hacia la gloria sin pasar por la obediencia y el dolor. «Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero Él respondiendo, dijo: Escrito está: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (Mt. 4:3-4). Sansón tomaba todo lo que veía. Jesús, hambriento y solo, dijo que no. No una, sino tres veces. Porque Su identidad no dependía de lo que pudiera tomar, sino de quién era Su Padre. Y Él lo tenía bien claro.
David cayó desde la cima de su éxito. En el momento en que debería haber estado en el campo de batalla, estaba en su terraza. Jesús también tuvo Su terraza. Pero, en esa terraza, Él no abandonó la batalla. Su terraza se llamaba monte de los Olivos, y el texto de Lucas dice que «estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra» (Lc. 22:44). Jesús estaba experimentando la batalla más terrible que ningún hombre haya vivido, el peso que soportó fue inconcebible. Pero ese peso le llevó a Su Padre, en lugar de desviar los ojos hacia otro lado. «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc. 22:42). Jesús no es el hombre que no tuvo tentaciones. Es el hombre que tuvo todas las nuestras, y venció donde nosotros caímos (Heb. 4:15).
La fuerza del hombre colgado
Tenemos una idea muy clara de lo que es un hombre fuerte. El poderoso es el que impone su voluntad. El grande es el que aplasta el débil. El fuerte jamás cede, nunca se dobla ni pide ayuda. Recordemos los músculos y la férrea virilidad de Sansón. Recordemos cómo terminó: ciego, encadenado y sirviendo de motor para un molino filisteo. Pues bien, olvida lo que piensas sobre la fuerza. Jesús redefinió el mismo concepto de poder, y lo hizo colgado en una cruz.
Cuando los guardias del templo acudieron para arrestarlo, Pedro desenvainó su espada para presentar batalla a los enemigos. Jesús lo frenó y le dijo: «¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y que Él no me daría ahora mismo más de doce legiones de ángeles?» (Mt. 26:53). En los tiempos de Jesús, doce legiones era una fabulosa suma de unos 60.000 soldados. Jesús no estaba exagerando. Hablaba más en serio de lo que hubiera hecho en Su vida. El hombre que estaba a punto de ser arrestado por unos señores que empuñaban palos, tenía una fuerza capaz de arrasar toda esa región del imperio en un instante. Solo tenía que dar la orden de combate. Los ángeles ya tenían las manos sobre las empuñaduras de sus armas, ansiosos de destruir a esos pequeños rebeldes. Pero Jesús jamás dio esa orden. El Rey de reyes se dejó atar con cuerdas, mientras sostenía los mismos átomos de esas cuerdas.
Nehemías, agotado y frustrado, se desahogó con sus hombres y los golpeó. Jesús, el líder perfecto, permitió que Sus criaturas le arrestaran, golpearan, escupieran y humillaran, mientras seguía suministrando oxígeno a sus pulmones. Pero, no te confundas. Lo que hacía Jesús en ese momento no es pasividad, no es resistencia no violenta, como Gandhi. Jesús estaba tomando la decisión más activa y costosa que un hombre puede tomar: contener la fuerza suficiente para destruir todo, y usarla en cambio para cargar con lo que otros merecían.
Jesús no fue una víctima, ni un daño colateral de un sistema perverso y torcido. Jesús fue un guerrero, el más grande de todos los tiempos. Luchó la más cruenta batalla imaginable contra el pecado, la muerte y el infierno, y lo hizo de la única manera que puede hacerse: absorbiéndolos en Su propio cuerpo para que no te destruyeran a ti. «Consumado es» (Jn. 19:30) no es el grito de un hombre que se rinde. Es el grito de un general que acaba de ganar la batalla decisiva de la historia.
El Cordero y el León
Este es el momento en que podemos comenzar a pensar en que Jesús es un modelo a seguir. No antes. Si no, sería el estándar inalcanzable que nos aplasta y nos frustra. Pero, nosotros no somos hombres imperfectos que intentan acercarse a la hombría santa del Hombre perfecto. Si esa es tu idea, vas a estamparte contra un muro de hormigón. Solamente podemos ser los hombres que Dios quiere que seamos si entendemos que Jesús ya lo ha logrado y que, por lo tanto, nosotros podemos vivir en Su santidad, en Su hombría. Por nosotros mismos, como hemos podido constatar en cada entrega de esta serie, somos un fracaso como hombres, y está bien. Porque, al reconocer nuestra necesidad e insuficiencia, podemos acudir a los pies del que sí que es suficiente para dar la talla, y podemos apoyarnos en Su Espíritu para que haga posible lo imposible. En otras palabras, solo podrás ser el hombre que Dios quiere que seas si entiendes que no puedes ser, y jamás podrás, el hombre que Él desea que seas.
Es cierto que Jesús es un ejemplo para todos los seres humanos. Las mujeres pueden mirar la vida de Jesús y aprender muchas cosas para sus vidas. Pero, no cabe ninguna duda, Jesús no era una mujer. Todos los intentos de películas y dibujos de niños de presentar a un Jesús feminizado no cambian la realidad patente: el Redentor del mundo es un hombre. Él, de hecho, es EL Hombre. Es el ejemplo perfecto para todos los humanos, pero, sobre todo, para los varones. Él es el espejo donde podemos y debemos mirarnos. Y nada menos que Su reflejo es válido para dar la talla delante de Dios como hombres.
La verdad es que Jesús es la síntesis perfecta de todo lo que hemos estado buscando en esta serie. Hemos visto a hombres que fracasan por exceso de agresividad y por defecto de valentía. Pero, Jesús es el único que mantuvo este equilibrio, y lo hizo a la perfección.
Él fue quien volcó las mesas de los cambistas en el templo y los expulsó látigo en mano (Jn. 2:15), defendiendo la santidad de Su Padre con una violencia que aterrorizó a los que llevaban años dominando aquel espacio. Y Él fue el mismo hombre que tomó a los niños en brazos con una dulzura y pureza inauditas, aun cuando Sus discípulos los alejaban (Mr. 10:13-16). Él fue una roca inamovible frente al pecado, mientras se entregó como una fuente de aguas vivas para los débiles. Eso es lo que Dios quiere producir en ti. Ese es el ejemplo que el carpintero nos ha dado a todos los hombres: la dureza que protege a los suyos y la ternura que acoge. El hierro y la caricia, todo en un mismo hombre, todo en el Hombre.
El descanso del guerrero
Hemos llegado al final del viaje. El autor de Hebreos dice: «Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos… corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…» (He. 12:1-3). No dice «imita a Jesús». Dice: considérale. Mírale fijamente hasta que lo que ves en Él empiece a cambiar lo que eres tú.
Varón, no eres Adán, aunque a veces te escondas. No eres David, aunque hayas tenido tu propia terraza. No eres Nehemías, aunque hayas cerrado el puño en alguna ocasión, cuando deberías haber abierto los brazos. Si has puesto tus ojos en Cristo, eres un hombre cuyo fracaso ha sido totalmente pagado y en quien habita el Espíritu de la resurrección. Eres un hombre santo, aunque a veces no lo parezca. Ya no luchas para alcanzar el estándar de Dios. En el hombre perfecto, ya lo has alcanzado. Ya no tienes que construir muros para demostrar tu valor, sino que descansas dentro de los que Jesús construyó por ti. Y ahí, en ese descanso del que se sabe amado, respetado y completo, puedes proteger, liderar sirviendo y levantar a los tuyos cuando caen. Y esto no es porque lo hayas logrado, es porque Él lo logró. Y eso es suficiente para ti.
El viaje que comenzó en Edén, con un hombre escondiéndose del Creador, termina en otro jardín, con un hombre sosteniendo decenas de miles de ángeles, mientras se entrega a sus captores, sabiendo perfectamente lo que tiene por delante. De la vergüenza del que se esconde a la gracia del que se entrega. Eso es lo que Dios quiere hacer contigo. Quiere convertirte en un hombre que, aunque caiga, siempre sabe dónde está su identidad, sabe hacia dónde mirar, abrazando la cruz, para vivir la identidad que le ha dado quien la cargó por él.
«Puestos los ojos en Jesús» (Heb. 12:2). Ahí está todo.

La Mano que mueve al mundo
En un tiempo en que los grandes poderes políticos y económicos maniobran para luchar contra nuestro Señor y Su reino, podemos tener nuestra mirada y nuestra confianza afianzadas en La Mano que mueve al mundo, mientras buscamos ser súbditos fieles de Su precioso reino.
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