Los seguidores de Jesús no están obligados a escoger entre abandonar sus convicciones o convertirse en personas conflictivas. Debemos ser capaces de corregir nuestros errores doctrinales cuando los vemos, de desafiar las ideas falsas allí donde estén y de hacerlo buscando siempre, en última instancia, una restauración y reconciliación con nuestros oponentes. En otras ocasiones, debemos dejar a un lado nuestras diferencias internas y reconocer que nuestros atolladeros interpretativos no tienen por qué impedir que nos preocupemos los unos por los otros como creyentes que somos.
Debemos amar a nuestros oponentes
La máxima básica de toda la ética cristiana es que todas las personas han sido hechas a la imagen de Dios y merecen una dignidad humana básica (Gn. 1:26-28; 9:6). En los debates personales, eclesiales y académicos, nos resulta fácil olvidar que no estamos sencillamente lidiando con ideas que flotan libremente, sino también con los corazones y mentes que están adheridos a ellas. Debemos esforzarnos por recordar que, incluso aquellos que presentan errores teológicos, no dejan de ser hombres y mujeres a quienes Dios valora profundamente. Nuestros interlocutores teológicos son personas a las cuales se nos ha enseñado amar.
El amor es primordial dentro de la ética cristiana propugnada por Jesús y los apóstoles: «Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros» (1 Jn. 3:11). El amor que nos proferimos los unos a los otros constituye la prueba de nuestra relación con Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Jn. 13:35).
Tenemos la tendencia de actuar más cruelmente contra aquellos que son parecidos a nosotros que contra los desconocidos. Esta tendencia humana básica de ser hipersensible a las desviaciones de nuestras identidades tribales. Esto les ocurría a los judíos del primer siglo y les ocurre también a grupos bautistas y presbiterianos del siglo XXI.
Entonces, ¿cómo amar a nuestros interlocutores teológicos? Desde un inicio debemos valorarlos como personas. Roger Nicole aclara este principio:
«Les debemos a nuestros oponentes el lidiar con ellos de forma tal que sientan que tenemos un interés verdadero por ellos como personas, y que no estamos sencillamente tratando de ganar una discusión, o de mostrar lo listos que somos, sino que estamos profundamente interesados en ellos, y ansiosos por aprender de ellos, así como de ayudarlos».
Cuando sea posible y donde sea posible, debemos hacer un esfuerzo consciente por forjar o fomentar relaciones genuinas con aquellos que discrepan con nosotros. La tecnología de la comunicación instantánea global ha sido tanto un gran conector como un gran deshumanizador. Es particularmente deshumanizante cuando las disputas se reducen a intercambios de comentarios que intentan «aventajar» al oponente o ganar notoriedad tomando partido contra él, en vez de verlo como una persona que Dios nos exige que amemos con un amor cristiano.
También debemos practicar el principio de la caridad en nuestras discrepancias. Debemos hacer con las personas con las que discrepamos lo que queremos que esas personas hagan con nosotros. Como mismo yo deseo que las personas comprendan verdaderamente mis creencias, y cómo llegué a ellas, antes de criticarme, así mismo yo debo hacer lo mismo con ellos.
El principio de la caridad significa no comenzar con la suposición de que una postura opuesta es irracional. En el caso de las discrepancias cristianas internas, esto significa abstenerse de sospechar de la autenticidad de la fe cristiana de una persona simplemente porque discrepa con nosotros.
También significa buscar intencionalmente las mejores versiones y las mejores representaciones de una postura específica, y trabajar desde ese punto. Podemos criticar las presuposiciones exegéticas de nuestros rivales teológicos, pero debemos abstenernos de hacer acusaciones tan graves como la de herejía cuando sus creencias no son contradicciones directas y explícitas de las Escrituras.
Debemos orar por aquellos que discrepan con nosotros, y cuando sea posible, orar con ellos. Ore por ellos para que sean eficaces en su ministerio. Ore para que la Palabra del Señor sea glorificada entre ellos. Ore por su protección y obediencia. Ore para que el amor a Dios se incremente cada vez más en sus corazones. Este tipo de oración ablandará los corazones y despertará el afecto, incluso por nuestros hermanos y hermanas en Cristo más enemistados con nosotros.
John Newton escribió:
«En cuanto a tu oponente, deseo, antes de que empieces a escribir en su contra y durante todo el tiempo en que prepares una respuesta, que lo puedas encomendar en oración ferviente a la enseñanza y a la bendición del Señor. Esta práctica te ayudará a disponer el corazón en amor y compasión hacia él, y tal disposición será una buena influencia sobre toda página que escribas».
El amar a nuestros oponentes a veces significa corregirlos o reprenderlos con gentileza. El Nuevo Testamento está lleno de ejemplos donde fue necesario reprender públicamente para rebatir un error doctrinal. Pero este tipo de corrección debe efectuarse con la actitud y el motivo correctos. El objetivo de la corrección es la edificación del individuo o grupo que esté errado, y no recibir aclamaciones o ganar puntos. También debe caracterizarse por la bondad, la gentileza y el perdón.
Tenemos que cuidar nuestro comportamiento
El discrepar sobre las cosas de Dios no nos hace inmunes a los mandatos sobre la conducta y el discurso cristianos.
En primer lugar, debemos ser lentos para el debate y rápidos para escuchar. La exhortación de Santiago de que todo hombre debe ser «pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Stg. 1:19) también se aplica a las discrepancias teológicas.
Debemos ejercitar la paciencia y la gracia para con aquellos que discrepan con nosotros. Debemos sobrellevarnos incluso ante nuestras diferencias. Pablo exhortó a los cristianos efesios a andar «como es digno de la vocación con que fuisteis llamados… soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor» (Ef. 4:1-2).
Finalmente, debemos recordar que un mundo incrédulo nos está observando. Una conducta inapropiada por parte de un cristiano puede influir de forma adversa en la proclamación del evangelio ante un mundo incrédulo. Por este motivo, Jesús hizo hincapié repetidas veces en la necesidad de que Sus seguidores se amaran entre ellos en su testimonio público ante el mundo.
Debemos ser conscientes de nuestras propias limitaciones
Debemos reconocer nuestra falibilidad como intérpretes y como teólogos. Ese reconocimiento no reduce en lo absoluto la claridad de las Escrituras, sino que nos recuerda cuál es nuestra condición ante Dios, la Biblia y los demás.
Las discrepancias interpretativas y teológicas surgen debido a nuestras limitaciones como seres humanos históricamente condicionados, personas con distintos impulsos creativos y lógicos, diferentes sentimientos y diferentes tradiciones.
Debemos abstenernos de los dogmatismos argumentativos e inflexibles en las opiniones teológicas que sean simples inferencias de otras ideas bíblicas u otros conceptos teológicos. Cuando tenemos discrepancias teológicas con aquellos que hacen inferencias teológicas diferentes, debemos ser gentiles y humildes, reconociendo nuestras limitaciones como intérpretes y teólogos.
Tenemos que conocer nuestros propios motivos
Algunos invocan las controversias porque les gusta la atención que reciben por ello. Al parecer se reconfortan ante el fracaso de los demás. Gregorio Nacianceno advirtió sobre el convertir la teología en un deporte para espectadores.
A diferencia de los agitadores que buscan la fama, los complacientes evitan la confrontación a toda costa, incluso cuando es necesaria. Aunque ambos extremos parezcan opuestos, pueden ser expresiones del mismo pecado básico: el deseo de obtener la aprobación humana.
Debemos buscar glorificar a Dios, y no a nosotros mismos, en nuestras discrepancias teológicas. Ese deseo debe ser el motivo compartido de todos los creyentes cristianos que tengan ideas y convicciones teológicas contradictorias.
Debemos mantener el evangelio como lo esencial, para que lo primordial siga siendo primordial. Lo que más importa para el creyente es el evangelio explícito del Nuevo Testamento, y no todas las doctrinas que lo apoyan o que se derivan de él. Se trata de lo que Pablo consideró como «lo más importante» (1 Co. 15:3).
George Whitefield escribió:
«Ciertamente amo a todos los que aman al glorioso Emanuel, y aunque no puedo abandonar los principios que a mi parecer están claramente revelados en el libro de Dios, puedo asociarme gozosamente con aquellos que discrepan conmigo, si tengo motivos para pensar que están unidos a la Cabeza que tenemos en común».
Los seguidores de Jesús se aferran con todas sus fuerzas a la esperanza de una vida futura donde el pueblo de Dios esté verdaderamente unido, donde no existan cismas y donde nuestro conocimiento de Dios esté liberado de sus impedimentos actuales. Todas las disputas doctrinales al final serán resueltas «cuando venga lo perfecto» (1 Co. 13:10).
En este período intermedio, mientras aún vemos por espejo, oscuramente, el pueblo de Dios seguirá discrepando sobre doctrina y práctica cristianas. La solución de nuestro conflicto no radica en ser indiferentes a la doctrina, ni en renunciar a nuestras convicciones. Pero también debemos reconocer que incluso aquellos que comparten con nosotros un compromiso con el evangelio, la gloria de Dios y la autoridad de las Escrituras continuarán llegando a conclusiones diferentes.
La fragilidad de la interpretación humana debería hacernos reflexionar acerca de nuestro orgullo interpretativo y arrogancia teológica. Debería también recordarnos nuestra gran necesidad de la gracia de Dios. Como mismo hemos recibido la gracia de Dios, así mismo debemos brindar esa misma cortesía a aquellos con quienes discrepamos. El amor y la paciencia deben caracterizar nuestras discrepancias interpretativas como lectores imperfectos que somos de la Biblia.
Este artículo es un extracto del libro Cuando la doctrina divide al pueblo de Dios.

Cuando la doctrina divide
Como evangélicos, deseamos ser bíblicos: queremos que nuestra doctrina tenga sus raíces en la Biblia, que nuestras vidas sean guiadas por la Biblia y que nuestros desacuerdos sean resueltos por la Biblia. Y, sin embargo, los conflictos dentro de nuestras comunidades eclesiales continúan apareciendo y aparentemente se multiplican con el tiempo. Las interpretaciones de la Biblia y las convicciones profundamente arraigadas a menudo ponen a los cristianos en desacuerdo. Animándonos hacia la gracia en el desacuerdo y la firmeza en la verdad, Rhyne Putman reflexiona sobre cómo los cristianos pueden mantener el llamado bíblico a la unidad a pesar de tener desacuerdos genuinos.
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