En el artículo anterior inicié una breve serie en la que exploro algunas de las razones por las que ciertas personas sienten que el cristianismo no «funcionó» para ellas. Comencé planteando la posibilidad de que hayan entendido de manera equivocada el significado de la gracia de Dios. En esta ocasión quisiera proponer otra explicación: que quizá tengan una percepción distorsionada de la naturaleza de la santificación. En particular, es posible que no hayan comprendido hasta qué punto el esfuerzo capacitado por Dios forma parte de la vida cristiana.

Algunas analogías

Desde cierta perspectiva, esto no debería ser difícil de entender. Lo vemos con facilidad en muchos ámbitos de la vida. ¿Qué aconsejarías en las siguientes situaciones?

  • Una estudiante de preparatoria quiere mejorar su tiempo en la próxima competencia de atletismo.
  • Si un universitario no mejora su promedio académico, perderá su beca.
  • Una joven profesional se siente frustrada porque aún no ha recibido un ascenso.
  • Un empresario se ha propuesto aumentar sus ingresos en un veinte por ciento durante el próximo año.
  • Ya es hora de que un hombre de mediana edad pierda algunos kilos.
  • Un matrimonio de adultos mayores se da cuenta de que debe avanzar con mayor determinación en el pago de sus deudas.

Dudo mucho que tu consejo se limitara a decir: «Solo ora al respecto», «Suéltalo y deja que Dios actúe» o «Simplemente piensa en tu justificación en Cristo». Sin duda, todas estas situaciones requieren una actitud de dependencia de Dios. Sin embargo, estoy seguro de que gran parte de tu consejo giraría en torno a la necesidad de trabajar con diligencia y perseverar a lo largo del tiempo. Animarías a cada una de estas personas a practicar la abnegación y a esforzarse de manera deliberada, sabia y constante.

Una perspectiva bíblica

Tal vez desearíamos que la santificación ocurriera de otra manera. Y, ciertamente, Dios podría obrar como quisiera. Pero ¿cómo ha decidido cumplir Su propósito de conformar a los creyentes a la imagen de Cristo? Consideremos solo algunas evidencias del Nuevo Testamento.

  • Jesús exhorta a Sus seguidores a sacarse un ojo o cortarse una mano si estos los hacen caer en pecado (Mt. 5:29-30). Sí, se trata de una hipérbole, pero una hipérbole es una exageración utilizada para enfatizar una verdad. ¿Cuál es esa verdad? Que debemos tomar todas las medidas necesarias, incluso las más dolorosas y radicales, para eliminar las fuentes de tentación.
  • Al aceptar por la fe la victoria sobre el pecado que tenemos por nuestra unión con Cristo, debemos negarnos a ceder al pecado (Ro. 6:1-14). La determinación con la que debemos luchar contra el pecado se describe con imágenes contundentes: disciplinar el propio cuerpo (1 Co. 9:27; 1 Ti. 4:7-8), combatir los malos deseos en el poder del Espíritu (Gá. 5:16 y ss.; Ef. 6:10-17; 1 Ti. 6:12) y dar muerte al pecado (Ro. 8:13; Col. 3:5). Como dijo John Owen: «Ocúpate de dar muerte al pecado; haz de ello tu tarea diaria; dedícate a ella mientras vivas; no dejes pasar un solo día sin hacerlo. O matas al pecado, o el pecado te matará a ti».1
  • La santificación no solo implica despojarse de las prácticas de la vieja naturaleza, sino también revestirse de las prácticas de la nueva (Ef. 4:25 y ss.; Col. 3:8 y ss.). Debemos poner «todo empeño» en añadir a nuestra fe virtud, y las demás cualidades que menciona el apóstol Pedro (2 P. 1:5 y ss.). Desarrollar estas virtudes exige una búsqueda decidida y perseverante (1 Ti. 6:11; He. 12:14).
  • Incluso los aspectos más «devocionales» de la vida cristiana requieren un esfuerzo considerable. En un mundo lleno de distracciones seductoras, hace falta disciplina mental para contemplar de manera constante la gloria de Cristo mediante la meditación en las Escrituras (2 Co. 3:18). De igual manera, la oración exige tiempo y concentración (Fil. 4:6-7; 1 Ts. 5:17). Lo mismo ocurre con una observancia del Día del Señor que produzca verdadero fruto espiritual, por no mencionar una participación comprometida en la vida de una iglesia local junto a otros creyentes que también luchan en su caminar con Cristo.

A la luz de todo esto, no es de extrañar que Jesús dijera: «Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga» (Mt. 16:24). Cristo no diseñó el discipulado para que fuera un pasatiempo, ni una actividad reservada para los domingos, ni siquiera un trabajo de medio tiempo. No está pensado para «funcionar» a menos que consuma toda nuestra vida, gobierne cada una de sus áreas y nos acompañe con perseverancia hasta el final. ¿Será esta la razón por la que, para algunas personas, no ha «funcionado»?

Diligencia capacitada por la gracia

Para que no quedemos aplastados bajo el peso de nuestras responsabilidades, debemos volver a la verdad de que nuestros esfuerzos no nacen de nosotros mismos, sino que son el fruto de la obra que la gracia de Dios realiza en nosotros. Estas dos realidades se unen de manera hermosa en Filipenses 2: «ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (vv. 12b-13). ¡Es el Señor quien produce en nosotros todo deseo de santidad y quien fortalece cada paso que damos hacia ella! John Murray expresa esta paradoja de la siguiente manera: «Cuanto más perseveremos activamente en la obra, tanto más convencidos podremos estar de que toda la gracia y todo el poder que nos capacitan provienen de Dios».2 ¡Es un misterio, pero un misterio glorioso!

¿Cómo se manifiesta en la práctica esta dinámica entre la obra de Dios y la responsabilidad humana? Al explicar este principio en términos de la enseñanza de Agustín, J. I. Packer habla acertadamente de una «secuencia de cuatro etapas».

Primero, como alguien que desea hacer todo el bien que puede, identificas las tareas, las oportunidades y las responsabilidades que tienes por delante. Segundo, oras para pedir la ayuda de Dios en cada una de ellas, reconociendo que separados de Cristo nada podemos hacer; es decir, nada que dé fruto (Jn. 15:5). Tercero, te dispones a trabajar con buena voluntad y ánimo, confiando en que Dios responderá la ayuda que le has pedido. Cuarto, das gracias a Dios por la ayuda que te ha concedido, le pides perdón por tus propios fracasos a lo largo del camino y le ruegas que te siga ayudando en la siguiente tarea. La santidad agustiniana es una santidad laboriosa, cimentada en la repetición constante de esta secuencia.3

¿No suena muy emocionante, verdad? Tampoco lo es ir al gimnasio, hacer la tarea o cumplir con una jornada honesta de trabajo en el taller o la oficina. Sin embargo, esa clase de diligencia, día tras día tras día, es indispensable para alcanzar el éxito en las tareas de esta vida. ¿Por qué habríamos de pensar que es menos necesaria para alcanzar el propósito trascendente de llegar a ser semejantes a Dios? ¿Y qué mejor manera de demostrarle a Dios que realmente lo amamos y que amamos Sus bondadosos propósitos para nuestra vida que dedicarnos a la santificación con todas nuestras fuerzas?

Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D

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Referencias y notas

  1. John Owen, Of the Mortification of Sin, en The Works of John Owen, vol. 6, p. 9. [Traducido al español como La mortificación del pecado por Editorial Faro de Gracia].
  2. John Murray, Redemption—Accomplished and Applied, p. 149. [Traducido al español como Redención consumada y aplicada por Editorial Desafío].
  3. J. I. Packer, Keep in Step with the Spirit, p. 105. [Traducido al español como Caminar en sintonía con el Espíritu por Editorial Andamio].

Más allá del capítulo y el versículo - Ken Casillas

Más allá del capítulo y el versículo

Ken Casillas propone un método bíblicamente coherente para aplicar las Escrituras a la vida real, ilustrado con casos de estudio.


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