Hace poco estuve con mi hijo en el Monumento Conmemorativo a Franklin Delano Roosevelt, en Washington, D. C. Hubo una escena que me dejó profundamente impresionado: las esculturas de bronce de hombres agotados haciendo fila para recibir pan. Tenían los hombros caídos, el rostro marcado por el temor y la incertidumbre, y las manos vacías. Es un recordatorio silencioso, pero poderoso, de una época en la que las personas anhelaban desesperadamente el pan de cada día, en lugar de dar por sentado que lo tendrían.
Mientras permanecía allí, recordé que casi veinte años antes había visitado ese mismo monumento con mi padre. Él no solo observó aquella fila para recibir pan; la sintió. Había vivido la Gran Depresión y servido como soldado de infantería durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que sabía muy bien lo que significaba carecer del sustento diario. Aquella fila para recibir pan representa el anhelo y la escasez.
Pero el Salmo 23:5 nos presenta una imagen completamente distinta: «Tú preparas mesa delante de mí… Mi copa está rebosando». Nuestro Pastor no es simplemente quien provee lo indispensable para vivir; Él es un Anfitrión extraordinariamente generoso. No nos llama a permanecer en una fila, inseguros y con las manos vacías, sino a sentarnos a Su mesa, donde hay abundancia, bienvenida y más que lo suficiente.
En el Salmo 23, ¿cómo pasamos del «valle de sombra de muerte» del versículo 4 a «Tú preparas mesa delante de mí… Has ungido mi cabeza con aceite; Mi copa está rebosando»? La imagen cambia de un Pastor a un Anfitrión, pero la persona es la misma. Aquel que pasó por el valle de sombra de muerte antes que tú y por ti es ahora quien se deleita en bendecirte con una hospitalidad abundante.
El Salmo 23:5 retrata Su hospitalidad de tres maneras.
Estás seguro en Su mesa
«Preparar mesa» significa disponer una comida para recibir con generosa hospitalidad a los invitados. En el Salmo 78, Asaf recuerda cómo Israel desconfió de la provisión de Dios:
«Y en sus corazones tentaron a Dios,
Pidiendo comida a su gusto.
Hablaron contra Dios,
Y dijeron: “¿Podrá Dios preparar mesa en el desierto?”» (vv. 18-19).
La respuesta de David en el Salmo 23 es un rotundo sí. Y no solo puede preparar mesa, sino que lo hace «en presencia de mis enemigos».
Es posible que David estuviera recordando la ocasión en que huyó de Absalón, cuando el Señor movió a personas comunes para que le llevaran alimento y provisiones en el desierto, porque «El pueblo está hambriento, cansado y sediento en el desierto» (2 S. 17:27-29). Dios literalmente preparó mesa para David en presencia de sus enemigos.
¿Y qué hay de ti? Tal vez te sientas rodeado por exámenes médicos, relaciones quebrantadas, presiones económicas o ataques espirituales. Este versículo nos dice que, aun allí, el Pastor puede preparar mesa para ti. Es posible que tus enemigos sigan presentes, pero ya no tienen el control. Pueden observar, pero no pueden tocar la mesa.
Con frecuencia pensamos: «Si Dios realmente me ama, quitará todos mis problemas». Sin embargo, el Salmo 23:5 nos dice algo diferente: puede que el Pastor aún no quite a todos nuestros enemigos, pero alimenta a Su pueblo a plena vista de aquello que lo amenaza. En Su mesa hay verdadera seguridad, porque Él ya ha asegurado la victoria.
Eres colmado de gracia
«Has ungido mi cabeza con aceite…». Esta expresión transmite una idea de abundancia, riqueza y plenitud. Incluso podría parafrasearse así: «Has derramado aceite sobre mi cabeza con generosidad».
Ayer por la mañana hicimos precisamente eso en nuestra cocina. Mi hija preparó una bandeja de los roles de canela favoritos de nuestra familia, y yo preparé una triple porción de glaseado. Cuando los roles se enfriaron, ella los cubrió generosamente con el glaseado, hasta que rebosaban de dulce. Esa es la imagen que encontramos aquí: no una ligera capa de gracia, sino una abundante efusión de gracia, derramada con tal generosidad que rebosa por todos lados.
En el Nuevo Testamento, la abundancia de la gracia de Dios resplandece con mayor claridad en el regalo de Su Hijo. Efesios 1 nos dice que «En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia que ha hecho abundar para con nosotros» (Ef. 1:7-8). Esta es la gracia hacia la que nos dirige el Salmo 23:5: una gracia que no se concede con mezquindad, sino que es derramada abundantemente en Cristo.
Para quienes reciben consejería y viven con la constante sensación de que Dios apenas los tolera, esta imagen es fundamental: el Pastor no pone solo un poco de misericordia sobre tu frente; la derrama sobre ti con abundancia.
Tu copa rebosa
En la época de David, una copa rebosante era una señal de que el anfitrión deseaba seguir disfrutando de tu compañía. En lugar de llenar la copa y detenerse, continuaba sirviendo. La copa rebosante decía: «Eres bienvenido aquí. Tengo más para ti».
En Orgullo y prejuicio, hay una escena en la que Elizabeth intenta explicar a su padre por qué ama al señor Darcy. Él no logra comprenderlo, porque sigue viéndolo como un hombre orgulloso y distante. Entonces Elizabeth le suplica: «¡Si tan solo supieras cómo es él!». Lo juzgas por lo que has visto, pero no conoces su corazón.
¿No es esa, en un sentido mucho más profundo, la manera en que muchos cristianos piensan acerca de Dios?
Creemos en Él. Lo adoramos. Pero cuando pensamos en el corazón que Él tiene hacia nosotros, con frecuencia vivimos como si fuera un Dios reservado, que concede Su gracia con tacañería. Tememos que solo nos dará lo estrictamente necesario.
Pero la Escritura dice algo completamente distinto. El Salmo 23:5 proclama abundancia: una generosidad desbordante, abundante y sin reservas. «¡Si tan solo supieras cómo es Él!».
- ¡Si tan solo supieras cuán generoso es tu Pastor…!
- ¡Si tan solo supieras cuánto se deleita en responder tus oraciones…!
- ¡Si tan solo supieras cuán extraordinaria es la abundancia de Su gracia…!
El problema no es que Dios esté reteniendo Su bondad. El problema es que, con demasiada frecuencia, malinterpretamos Su corazón.
Romanos 8:32 aborda esta cuestión de manera contundente: «El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?». La cruz es el argumento más contundente contra la sospecha de que Dios sea tacaño. Si ya nos ha dado a Su amado Hijo, podemos confiar en Él para cada necesidad menor. Cuanto más profundicemos en el conocimiento del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo, más confiaremos en Su corazón, oraremos con mayor confianza y descansaremos en Su bondad desbordante.
Comenzamos como ovejas en el valle y terminamos como invitados a la mesa, porque el Pastor ya recorrió el valle de sombra de muerte antes que nosotros y por nosotros. Hizo todo esto para llevarnos sanos y salvos al hogar y sentarnos a Su mesa.
Lee también: Tus lágrimas en Su frasco, del mismo autor y del mismo libro, y Job: humildad por medio del sufrimiento.
Preguntas para reflexionar
- ¿En qué área de tu vida sientes que hoy estás haciendo fila para recibir pan: esperando, con el temor de que la provisión no llegue? ¿Cómo habla el Salmo 23:5 a esa situación específica?
- Cuando piensas en el corazón de Dios hacia ti, ¿lo ves como un Dador renuente o como un Pastor cuya «copa está rebosando»? ¿Qué pasajes, como Romanos 8:32 o Efesios 1-3, podrían ayudarte a renovar tu manera de verlo?
- En tus relaciones de consejería o discipulado, ¿cómo podrías ayudar a otros a dejar de ver a Dios como alguien que apenas los tolera y comenzar a verlo como un Anfitrión bondadoso que se deleita en brindar una hospitalidad abundante?
Este artículo fue publicado originalmente en Biblical Counseling Coalition

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