Nuestros hijos observan nuestra vida y reciben de ella una enseñanza constante. No solo escuchan lo que afirmamos acerca del evangelio: también ven cómo seguimos a Cristo, cómo respondemos a nuestro pecado y qué lugar ocupa el Señor en nuestros afectos. Por eso debemos preguntarnos qué clase de fe están contemplando en nosotros.

¿Autenticidad o hipocresía?

Mira conmigo las palabras que Pablo utilizó para describir la fe de la madre y la abuela de Timoteo:

Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también (2 Ti. 1:5).

Sincera es la primera palabra que Pablo utilizó para describir la fe que Timoteo había visto. La palabra griega literalmente es «no hipócrita». Los ejemplos que Timoteo había visto eran no hipócritas, auténticos y genuinos.

Pero, ¿qué es la hipocresía? Algunos dirían que la hipocresía es no practicar lo que se predica. Es decir, aunque estemos de acuerdo con el alto llamado ético de seguir a Cristo, en realidad no lo practicamos. Según esta definición, incluso el apóstol Pablo era un hipócrita. Dijo que no hacía lo que quería hacer (véase Romanos 7). Ninguno de nosotros vive consistentemente a la altura de los altos estándares que Cristo nos ordenó. ¿Somos todos hipócritas?

La verdadera hipocresía no consiste en no cumplir los elevados mandatos de Cristo. La hipocresía que mata la fe e induce al desprecio es quedarse corto y no arrepentirse de ello. Es no importarnos que seamos tibios. Es no estar dispuestos a admitir que somos complacientes en cuanto a seguir decididamente al Señor.

Esta percepción de justicia propia es exactamente lo que David Kinnaman reportó en su libro Unchristian [Descristianizado].1 Él descubrió que la percepción negativa más común entre una generación escéptica era que los cristianos son hipócritas. Transmiten una imagen pulida que no es genuina.

El padre fariseo

«¿Yo? ¿Un fariseo?». La idea nos parece ridícula. Hasta que pensamos en los pecados de los fariseos en el contexto de la familia.

Todos somos tentados a:

  • Señalar la mota en el ojo de nuestros hijos o de nuestro cónyuge mientras no nos damos cuenta de la viga en el nuestro.
  • Actuar y hablar de forma diferente en secreto cuando solo nos ven nuestros hijos.
  • Pensar en nosotros mismos como maduros, mientras asumimos que son nuestros hijos y cónyuge quienes necesitan al Salvador.
  • Enfocarnos en lucir bien por fuera e ignorar la lucha contra el pecado en el interior.
  • Enfocarnos solo en la obediencia externa, en lugar de la gracia que cambia el corazón y que todos necesitamos.

Matando al hipócrita que todos llevamos dentro

Ahora podemos entender cómo nuestro joven puede observar la hipocresía que mata la fe. Parafraseando a Robert Murray M’Cheyne, un pastor escocés del siglo XIX: «Lo que más necesitan mis [hijos] es mi santidad personal». Dios nos ha dado hijos pecadores para iluminar los caminos en los que necesitamos crecer; sin embargo, este crecimiento se verá interrumpido si no estamos dispuestos a arrepentirnos de pecados específicos. Demasiados cristianos están contentos al admitir que son pecadores en general, ¡pero no permiten que nadie les sugiera que cometen pecados concretos reales!

¿Fe viva u obras muertas?

Una fe sincera es importante. Sin embargo, es igualmente importante una fe que esté conectada con el Dios que habla y actúa. La abuela y la madre de Timoteo tenían una fe viva.

Mientras que una fe sincera contrasta con una hipócrita, una fe viva contrasta con una muerta. Pablo describió a Eunice y a Loida como poseedoras de una fuerza activa y dinámica en su interior. Su religión no estaba muerta, ni era ritualista, ni superficial, ni nominal.

¿No queremos que nuestros hijos vean también en nuestras vidas una relación real y viva con el Señor? ¿Cómo podemos ejemplificar una fe viva? Aunque podríamos dedicar muchas páginas al tema, permíteme solo destacar cuatro maneras en las que he tratado de enfocarme.

Lo que me entusiasma revela una fe viva. Los niños captan de forma natural lo que nos entusiasma. Considera esta reflexión de D. A. Carson:

No es solo lo que haces. Es lo que te entusiasma. Si he aprendido algo en 35 o 40 años de enseñanza, es que los alumnos no aprenden todo lo que les enseño. Lo que aprenden es lo que me entusiasma, el tipo de cosas en las que hago hincapié una y otra vez. Y más vale que eso sea el evangelio… Asegúrate de que en tu propia práctica y ánimo, lo que hablas, lo que piensas, lo que destila confianza, lo que te entusiasma es Jesús.2

Transmitiremos a nuestros hijos lo que realmente nos entusiasma. Yo crecí en el sur de Estados Unidos. No hay nada mejor que la cocina sureña y el fútbol americano sureño. Esas cosas hacen que mi corazón se acelere de emoción. Y mis hijos han adquirido esos gustos aunque hayan crecido en Nueva Inglaterra.

Si este principio es válido en el ámbito de los deportes, ¿cuánto más lo es en el ámbito espiritual? Los valores alegres se aprenden más en la vida diaria de lo que se enseñan en un ambiente de clase. ¿Estoy genuinamente entusiasmado por el Señor, Su Palabra y Su obra en el mundo? Si preguntara a tus hijos: «¿Ama tu papá (o mamá) a Jesucristo?», ¿escucharía un entusiasta «¡Sí!»?

Mi comunión con el Espíritu Santo revela una fe viva. Si hicieras la siguiente pregunta: «¿Por qué crees que tu papá o mamá ama al Señor?», ¿qué dirían tus hijos? Espero que mis hijos respondan positivamente a esa pregunta, diciendo: «Sí, papá. Sé que amas a Jesús. Te veo buscarlo en la Palabra y en la oración. Te veo sirviendo a los demás. Te oigo hablar de Él como si lo conocieras personalmente».

Mi servicio a los demás revela una fe viva. Cuando buscamos discipular a niños piadosos, este llamado debe encajar con otros llamados. En primer lugar, somos hijos de Dios y vivimos para Su honor y gloria. Nuestros hijos necesitan vernos vivir la vida cristiana en toda su plenitud: buscando a Dios, amando a Su pueblo, usando nuestros dones. Como joven pastor que buscaba honrar al Señor y amar a mi familia, le pregunté a uno de mis mentores cómo trataba de equilibrar su tiempo entre ambas cosas. Su respuesta fue sencilla y elegante: «Quería que mis hijos supieran que vivía para algo más grande que ellos».

Mis rescates revelan una fe viva. En el Antiguo Testamento, Dios ordenó a Su pueblo que estableciera «piedras conmemorativas» después de una liberación sobrenatural para que no olvidaran esos momentos. Cuando la vida era rutinaria, estos monumentos recordarían al pueblo de Dios Su asombrosa intervención.

Del mismo modo, a veces Dios actúa de forma sobrenatural en nuestras vidas. Cuando esas obras divinas ocurren, nosotros también necesitamos tomar nota de ellas y establecer algunos marcadores visuales. Estas señales edificarán nuestra fe y permitirán a nuestros hijos recordar cuando Dios actúa de forma milagrosa. El método más fácil para mí de erigir mis propias «piedras conmemorativas» ha sido el simple hábito de anotar estas intervenciones extraordinarias en las primeras páginas de mi Biblia. Estas notas son recordatorios de la participación de Dios en la vida de nuestra familia.

Conclusión

El avión de la vida vuela constantemente entre turbulencias. Las máscaras de oxígeno se han desplegado. El piloto te ha ordenado que te pongas la máscara antes de pensar en tus hijos. Mientras recibes el oxígeno vivificante de la Palabra de Dios, el servicio a Dios, las oraciones a Dios y los santos de Dios, estarás en mejor posición para ayudar a tus hijos.

Este artículo es un extracto del libro Padres que hacen discípulos.

Lee también: Tres problemas fundamentales de la crianza respetuosa y nuestra guía completa de crianza cristiana.


Referencias y notas

  1. David Kinnaman, Unchristian [Descristianizado] (Grand Rapids, MI: Baker House, 2007), 41.
  2. «Session 2: Is the Culture Shaping Us or are We Shaping the Culture?» [Sesión 2: ¿Nos moldea la cultura o nosotros moldeamos la cultura?], podcast de audio, The Council on Biblical Manhood & Womanhood [Concilio de Masculinidad y Feminidad Bíblicas], 2 de febrero de 2009, cbmw.org.

Portada del libro Padres que hacen discípulos, de Chap Bettis

Padres que hacen discípulos

Una guía completa sobre cómo criar a tus hijos para que amen y sigan a Jesucristo. Chap Bettis muestra por qué llevarlos a la iglesia cada semana ya no basta, y cómo alimentarlos espiritualmente en casa con el evangelio.


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