Los creyentes tenemos una razón para esperar cuando enfrentamos una prueba, porque las pruebas nos brindan la oportunidad de contemplar el carácter de Dios, crecer en nuestra fe y confiar en Él.

Dos mentiras comunes que solemos creer cuando sufrimos son: «Soy el único que está pasando por esto» y «¿Cuál es el propósito de esta prueba que quizá nunca termine?». Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que tenemos «en derredor nuestro tan gran nube de testigos», quienes dan testimonio de la fidelidad de Dios para sostenernos firmes hasta el final (He. 12:1). Más importante aún, Cristo —quien aprendió obediencia por lo que padeció, conforme al propósito del Padre de asegurar la salvación eterna de todos los que lo obedecen— es nuestro ejemplo supremo de perseverancia en medio del sufrimiento (He. 2:9-18; 5:7-10; 12:2-3). Al considerar a Cristo, el Hijo amado del Padre, no nos cansaremos ni perderemos el ánimo en las aguas profundas del sufrimiento, especialmente cuando una nueva ola de dolor nos recuerda nuestra pérdida con mayor frecuencia de lo que recordamos la bondad y las promesas de Dios.

El sufrimiento no solo pone de manifiesto nuestra comprensión de Dios y cuán central es el evangelio en nuestra vida, sino que también revela nuestra verdadera teología de la santificación, una teología que puede permanecer más fácilmente oculta en tiempos de paz y prosperidad. Por ejemplo, ¿creemos realmente que Cristo llevó nuestros pecados a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia (1 P. 2:24)? ¿Vemos el sufrimiento como la escuela divina de santificación de Dios, o lo consideramos simplemente una incomodidad en nuestra vida?

El pastor Brad Klassen observa acertadamente: «Lo que una persona crea acerca de la santificación determinará, en gran medida, la manera en que viva toda su vida cristiana».1 Nuestra comprensión de la santificación revela directamente nuestra comprensión del evangelio, la cual puede oscilar entre el pasivismo (la idea de «dejar que Dios haga todo») y el perfeccionismo (la autosuficiencia). Cualquiera de estas perspectivas equivocadas puede conducir a varios peligros: desear el perdón sin abandonar el pecado, querer la gracia sin obediencia, modificar la conducta sin cultivar afectos santos y recordar constantemente nuestros fracasos sin tener presente nuestra unión con Cristo por medio de la fe.

Como creyentes, no llegamos a ser santos por simple inercia. Este recordatorio es importante y debe enfatizarse en la consejería bíblica. La santificación exige un esfuerzo que depende del Espíritu Santo: mantener nuestra mirada fija, por la fe, en la gloria de Cristo (2 Co. 3:18; Fil. 2:12-13). Como consejeros bíblicos, tenemos el gran privilegio de ayudarnos unos a otros a valorar a Cristo como infinitamente superior a la ausencia de sufrimiento o al alivio del mismo, especialmente cuando nuestra carne es tentada a aferrarse al siguiente mecanismo de afrontamiento que eclipsa nuestra necesidad espiritual de Cristo y de Su Palabra.2

Con este propósito, el autor de Hebreos escribe a creyentes de origen judío que necesitaban ser exhortados a perseverar, para no perder su recompensa eterna ni dejar de entrar en el reposo escatológico de Dios (He. 2:1-4; 3:12–4:13; 5:11–6:12; 10:26-39; 12:25-29). El breve «mensaje de exhortación» del autor es que Cristo es infinitamente superior al alivio del sufrimiento o al placer pasajero del pecado (He. 13:22). Aunque nosotros, como gentiles, quizá no nos sintamos tentados a volver al judaísmo, la tentación de buscar alivio al sufrimiento es común a todos. Por eso, las exhortaciones a luchar contra el pecado, correr con perseverancia la carrera y considerar a Cristo son recordatorios que todos necesitamos.

En los versículos 4 al 11 de Hebreos 12, el autor nos presenta al menos cinco verdades acerca del propósito santificador de Dios cuando estamos desfalleciendo en la carrera:

1. Dios ama a quienes disciplina

El autor recuerda a sus lectores dos verdades fundamentales. En primer lugar, aún no habían resistido en su lucha contra el pecado hasta el punto de derramar su sangre o sufrir el martirio (v. 4). En segundo lugar, habían olvidado que la exhortación les era dirigida como hijos (v. 5a). A continuación, cita Proverbios 3:11-12 para advertirles del peligro de caer en cualquiera de estos dos extremos: tomar a la ligera la disciplina del Señor o desanimarse cuando Él los reprende (vv. 5b-6). En última instancia, esta comprensión desequilibrada del propósito de Dios en la disciplina nace de olvidar nuestra adopción como hijos suyos por medio de Jesucristo (véase también Ef. 1:5).

Por eso, el autor nos recuerda: «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (v. 6). Aquí, la disciplina abarca la formación, la instrucción, la reprensión y la corrección, con el propósito de producir madurez.3 Todas las exhortaciones dirigidas a los destinatarios originales —quienes sufrían y estaban enredados en el pecado— fueron dadas a ellos como hijos de Dios, y la manera en que Dios trata con ellos constituye una evidencia de Su amor por Sus propios hijos (cf. Sal. 103:8-13). Si la instrucción, la disciplina y los mandamientos de Dios no son recibidos primero a la luz de nuestra nueva identidad como hijos suyos, nos parecerán una carga pesada y severa.

El pastor Albert Martin explica acertadamente la disciplina de Dios de esta manera: «Hijo de Dios, graba esto en tu corazón: el amor de tu Padre es el origen de cada acto de disciplina en tu vida».4 En otras palabras, la disciplina de Dios no es un acto punitivo de nuestro Juez, sino la evidencia del amor paternal que Él tiene por Sus hijos, para que andemos de una manera agradable delante de Él, en lugar de correr precipitadamente hacia la destrucción (Pr. 3:11-12; 13:24; 14:12; 22:6). Debemos recordar, y recordarles también a nuestros aconsejados, que Dios nos ama como a Sus hijos en todos Sus tratos con nosotros.

2. Dios te trata como a un hijo suyo

Desde la primera tentación de Satanás en el huerto del Edén, una de las estrategias del maligno ha sido llevarnos a desconfiar de la bondad de Dios (Gn. 3:1-5). Pueden surgir pensamientos que pongan en duda Su bondad, haciéndonos creer que nos está negando o quitando algo que es bueno para nosotros. Cuando esos pensamientos aparezcan, debemos llevar cautivo todo pensamiento que se levanta contra el conocimiento de Dios, sometiéndolo a la obediencia de Cristo (2 Co. 10:5-6).

De manera similar, el autor de Hebreos recuerda a sus lectores que sus aflicciones no eran una prueba del desagrado del Padre, sino una evidencia de Su amor paternal, sabio e inmutable hacia ellos. Les pregunta: «porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si están sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces son hijos ilegítimos y no hijos verdaderos» (vv. 7-8). Al comentar el versículo 8, Juan Crisóstomo escribe: «Ellos pensaban que Dios los había abandonado, pero precisamente por medio de esta disciplina podían tener la certeza de que no los había abandonado».5 Todo verdadero hijo de Dios será disciplinado conforme a la instrucción sabia, perfecta y amorosa de su Padre. Como afirmó en cierta ocasión Charles Spurgeon: «Dios tuvo un solo Hijo sin pecado, pero nunca tuvo un hijo sin disciplina».6

Retener la disciplina no es un acto de amor; por el contrario, perjudica a los hijos cuando los padres deciden no corregirlos y los dejan seguir rebelándose y permaneciendo en su inmadurez. Recurriendo a la misma comparación entre los padres terrenales y nuestro Padre celestial, Cristo mismo dijo: «Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?» (Mt. 7:11).

El Señor no te trata como un amo severo ni como un Juez vengativo. Él es tu Padre celestial. «Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos» (1 Jn. 3:1). Su misericordia nunca será quitada de Sus hijos (Is. 54:10). Si Dios no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas? (Ro. 8:32). En pocas palabras, el doloroso proceso de la disciplina es una prueba de que somos hijos de Dios, porque nuestro Padre celestial nos está conformando a la imagen de Su Hijo perfecto, el Primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:29; Col. 1:18).

3. Dios se deleita en nuestra obediencia

En los versículos siguientes, el autor de Hebreos contrasta la disciplina de los padres terrenales —que produce únicamente un bien temporal— con la disciplina del Padre celestial, que produce un bien eterno. Si respetábamos a nuestros padres terrenales cuando nos disciplinaban, ¡cuánto más debemos someternos al Padre de nuestros espíritus y vivir! (vv. 9-10a). La expresión «padres terrenales» también puede traducirse como «los padres de nuestra carne». Aquí, la palabra «carne» se refiere a la vida exterior, física y terrenal (cf. He. 5:7; 9:10, 13), en contraste con «el Padre de nuestros espíritus», quien gobierna y cuida nuestra vida espiritual interior.7

En otras palabras, nuestros padres terrenales nos disciplinaban por poco tiempo y conforme a lo que les parecía mejor; pero el Padre de nuestros espíritus nos disciplina para nuestro bien eterno. Esta idea proviene del libro de Proverbios, donde la disciplina del Señor conduce a la vida, mientras que resistirse a ella conduce a la muerte (cf. Pr. 4:13; 6:23; 10:17; 16:17).8 El concepto de la obediencia como el camino que conduce a la vida recorre toda la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis, porque obedecer al Dios vivo y verdadero conforme a Su Palabra es la única manera de vivir (Gn. 4:7; Dt. 30:19-20; Sal. 1; Ap. 21:27). Escuchar las mentiras del mundo, del diablo y de nuestra propia carne conduce a la muerte (Stg. 1:13-15); en cambio, escuchar la Palabra de Dios conduce a la vida abundante y eterna.

4. Dios nos disciplina para nuestro bien

La cuarta verdad es que Dios disciplina a cada creyente para su bien espiritual. La segunda parte del versículo 10 dice: «Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad» (v. 10b). Según la Palabra de Dios, lo que verdaderamente es bueno, espiritualmente provechoso y beneficioso es participar de la santidad de Dios. Aquí, la palabra «participar» expresa la idea de llegar a ser partícipes de Su santidad, y este fruto de la disciplina contrasta con cualquier beneficio pasajero.9 Desde el momento de nuestra regeneración espiritual, llegamos a ser participantes de la naturaleza divina (2 P. 1:4), y a partir de entonces continuamos siendo apartados del pecado y creciendo en santidad mediante el proceso de santificación.10 Esta verdad llena de esperanza al creyente, porque sabe que nuestro Padre celestial hace que todas las cosas cooperen para producir el bien supremo: una mayor conformidad a la imagen de Cristo (Ro. 8:28-29).

En nuestro ministerio unos a otros, debemos recordarnos constantemente que Dios está comprometido a obrar en nosotros este bien espiritual y eterno (Sal. 119:68). Lo que verdaderamente es bueno para nuestra alma es participar de la santidad de Dios, en lugar de dar prioridad a lo temporal sobre lo eterno (Ro. 8:6; 2 Co. 4:16-18). Puesto que fuimos redimidos para ser santos (1 P. 1:14-16), la santidad debe ser la meta tanto de nuestra vida como de nuestro ministerio de consejería bíblica.

En contraste, experimentar con la gran variedad de terapias seculares no produce santidad. Dar prioridad al alivio inmediato por encima de la perseverancia en las pruebas equivale a rechazar y eludir la escuela de santificación del Padre. Como suele decir en tono humorístico un amigo mío: «¿De qué sirve asegurarse de que un paciente no experimente ninguna molestia o dolor durante una sesión de fisioterapia?». Que renovemos continuamente nuestra mente para desear la definición de lo que es bueno según Dios —es decir, la santidad— tanto para nosotros como para nuestros aconsejados, en lugar de aferrarnos a nuestra propia definición de lo bueno, es decir, la comodidad y el placer. Si nos dejáramos llevar por nosotros mismos, cambiaríamos nuestra alma por las ganancias pasajeras de este mundo (Mr. 8:36).

5. Dios nos disciplina para que llevemos más fruto

La quinta verdad que el autor de Hebreos presenta es que uno de los frutos de la disciplina de Dios es producir «el apacible fruto de justicia». El versículo 11 dice: «Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido entrenados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia».

Spurgeon plantea la siguiente reflexión: «Si la aflicción pareciera motivo de gozo, ¿podría llamarse realmente disciplina? Les pregunto: ¿no sería completamente absurdo que un padre disciplinara a su hijo de tal manera que este bajara las escaleras riendo, sonriendo y alegrándose por haber sido azotado? ¿Gozoso? Lejos de ser útil, ¿no sería totalmente inútil? ¿Qué provecho podría producir una disciplina que no se sintiera?».11 A lo que añade con gran acierto: «Hermanos míos, si Dios nos enviara las pruebas que nosotros escogeríamos, entonces no serían pruebas».12

La poda intencional y temporal del Señor producirá un fruto cada vez mayor, fruto que nace de una correcta relación con Él (Jn. 15:1-11; Gá. 5:22-23). Ese buen fruto incluye, entre otros beneficios, revelar y dar muerte al pecado, producir piedad y aflojar el apego del creyente a las cosas temporales y terrenales. También pone de manifiesto la vanidad de este mundo, revela la verdadera naturaleza del consuelo de Dios, aumenta nuestro anhelo por el cielo, pone a prueba la autenticidad de nuestra fe, da testimonio al mundo y cultiva una comunión más profunda con Dios por medio de los medios de gracia.13 Por tanto, la disciplina del Señor es la escuela de santificación que Él mismo ha diseñado para conformar al creyente cada vez más a la imagen de Cristo. Mediante la disciplina, los ojos de nuestra fe son dirigidos a contemplar con mayor claridad tanto nuestro propio pecado como a nuestro Salvador. Así, los creyentes son exhortados a cobrar nuevas fuerzas y permanecer en la carrera, para correr de tal manera que obtengan el premio (He. 12:12; 1 Co. 9:24).

Conclusión

En otro tiempo corríamos una carrera que nos conducía al infierno, hasta que la gracia de Dios cambió nuestro rumbo y nos encaminó hacia el cielo. Ahora, por la gracia y el poder de Dios, debemos esforzarnos al máximo para correr fielmente la carrera cristiana (He. 13:20-21). Al describir el peregrinaje de Cristiano en El progreso del peregrino, Juan Bunyan nos anima a perseverar en nuestro camino desde este mundo hacia el venidero:

«Volver atrás no es otra cosa que muerte… Todavía no están fuera del alcance de los disparos del diablo. Aún no han resistido hasta la sangre en su lucha contra el pecado. Mantengan siempre el Reino delante de ustedes y crean con firmeza y perseverancia en las realidades que todavía no ven. No permitan que nada de este lado de la vida eterna se apodere de su corazón. Sobre todo, velen por su propio corazón y resistan los deseos que los tientan, porque el corazón es más engañoso que todas las cosas y sin remedio. Pongan su rostro como un pedernal; todo el poder del cielo y de la tierra está de su lado».14

Al contemplar a Cristo —quien «afirmó Su rostro como pedernal» (Is. 50:7b)—, ustedes, como participantes de Cristo e hijos amados de Dios, pueden confiar plenamente en la buena y amorosa disciplina del Padre. Él es quien inició su fe y quien ahora los capacita para seguir la «santificación, sin la cual nadie verá al Señor» (He. 12:14b).

Este artículo fue publicado originalmente en Association of Certified Biblical Counselors.


Referencias y notas

  1. Brad Klassen, The Biblical Doctrine of Sanctification (Bellingham, WA: Lexham Press, 2022).
  2. Para aclarar, la autora no está abordando las intervenciones médicas para afecciones físicas legítimas, sino la búsqueda de alivio terapéutico para los sufrimientos emocionales del ser interior. Además, «las evaluaciones realizadas por profesionales de la salud constituyen un complemento indispensable para el ministerio de consejería bíblica, ya que permiten identificar y tratar, o bien descartar, cualquier problema físico que lleve a muchas personas a buscar ayuda en la consejería». Para más información, consulte la declaración de la ACBC sobre «Enfermedad mental y medicina»: biblicalcounseling.com
  3. Douglas J. Moo, Hebrews, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Zondervan Academic, 2024), 474. El término griego παιδεύει (paideuei) hace referencia a un concepto central en la cosmovisión griega, que valoraba la formación del carácter mediante la disciplina y el entrenamiento. La forma verbal utilizada en Hebreos 12:6 corresponde al sustantivo empleado en Efesios 6:4: «Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor».
  4. Énfasis añadido. Albert N. Martin, «The Marvelous Privileges of Adoption, Part 5», sermón predicado en Trinity Baptist Church el 24 de febrero de 2008. Transcripción disponible en: sg-audiotreasures.org
  5. Crisostomo, Homilies on Hebrews (XXIX), trans. Robert C. Hill, FOTC 87 (London: J. H. and J. Parker, 1992), 500.
  6. Charles Haddon Spurgeon, «Night, and Jesus not There!» Metropolitan Tabernacle Pulpit Volume 51, April 29, 1875. Ver en spurgeon.org
  7. Douglas J. Moo, Hebrews, Zondervan Exegetical Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Zondervan Academic, 2024), 476. Los intérpretes suelen señalar Números 16:22 como un posible paralelo, donde la Septuaginta se refiere a Dios como «el Dios de los espíritus y de toda carne».
  8. Este es el único uso del verbo griego ζάω (zaō, «vivir») en Hebreos con referencia a la vida eterna. The NET Bible First Edition Notes (Biblical Studies Press, 2006), nota sobre Hebreos 12:9.
  9. Donald Guthrie, Hebrews, Tyndale New Testament Commentaries (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2009), 230.
  10. Para profundizar en este tema, véase John Owen, La mortificación del pecado. Owen explica acertadamente que la santidad no es otra cosa que el evangelio implantado, escrito y vivido en nuestra alma, por medio del cual se da muerte a los deseos pecaminosos y aumentan los afectos santos, a medida que participamos progresivamente de la nueva naturaleza que nuestro Dios trino nos ha concedido.
  11. Charles H. Spurgeon, «Chastisement—Now and Afterwards», The Metropolitan Tabernacle Pulpit, vol. 9. Disponible en: spurgeon.org
  12. Ibid.
  13. Esta lista está adaptada de Brian H. Cosby, Suffering and Sovereignty: John Flavel and the Puritans on Afflictive Providence (Grand Rapids, MI: Reformation Heritage Books, 2022), 61. Flavel escribe: «Satanás puja por el alma (tanto por medio de los placeres como de las aflicciones), pero Cristo supera infinitamente todas sus ofertas. ¡Cuántos han sido llevados al infierno en los carruajes de los placeres terrenales, mientras que otros han sido conducidos al cielo por la vara de la aflicción!».
  14. John Bunyan, The Pilgrim’s Progress: From This World to That Which Is to Come (Carlisle, PA: Banner of Truth, 2017). [Traducido al español como El progreso del peregrino por Poiema Publicaciones].

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