En 1975 me gradué de la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana y, este fin de semana, asistí a la reunión de mi generación para celebrar el 50.º aniversario de nuestra graduación. Se entregaron reconocimientos a muchos médicos distinguidos y todos disfrutamos del tradicional strawberry shortcake lunch, una tradición que los exalumnos han mantenido durante setenta y nueve años. Hubo varios oradores, pero una de las frases más memorables del día la compartió uno de los homenajeados, quien recordó que un profesor solía decirnos: «La mitad de lo que aprendieron en la facultad de medicina está equivocado». Hace cincuenta años, probablemente tenía razón.

Durante los últimos treinta años he aconsejado a otros creyentes por medio de las Escrituras y he enseñado a otros a hacer lo mismo. En ese tiempo, con frecuencia me han pedido que explique la relación entre los problemas que se presentan en la consejería y los diagnósticos médicos con los que llegan los aconsejados. Las preguntas suelen ser como estas: ¿El diagnóstico que recibe una persona significa que ya no es responsable de su conducta? ¿Ese trastorno determina su comportamiento? ¿Es libre de elegir entre esa conducta y una respuesta guiada por los principios de la Escritura? ¿Estamos ante un problema espiritual o ante un problema médico?

Un ejemplo de un diagnóstico que suele generar este tipo de preguntas es el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).1 Quienes han sido diagnosticados con TOC suelen luchar con pensamientos que no pueden desechar fácilmente. Por lo general, perciben esos pensamientos como una amenaza. Entre ellos pueden encontrarse el temor a contaminarse con gérmenes, a contagiar inadvertidamente a otras personas o a provocar un incendio que cause la muerte de un ser querido.

Para quienes padecen este trastorno, las obsesiones generan una respuesta compulsiva. Estas respuestas pueden incluir evitar el contacto con seres queridos por temor a contagiarlos o lavarse las manos cien veces al día hasta hacerlas sangrar. Otras personas pueden levantarse veinticinco veces durante la noche para comprobar que la estufa realmente esté apagada. Recuerdo el caso de una persona que llevaba la cafetera consigo al trabajo para no tener que preocuparse por si la había dejado encendida.

Se ha escrito mucho intentando responder a la compleja pregunta de si el TOC es un trastorno espiritual o una condición médica. Sin embargo, esos esfuerzos han dado lugar, en su mayoría, a un considerable desacuerdo. Aunque me gustaría ofrecer una respuesta definitiva, no creo poder resolver esta cuestión en mil palabras o menos. En lugar de ello, quisiera compartir cuatro observaciones que he hecho a lo largo de los años acerca del TOC y que, espero, sean de ayuda al reflexionar sobre este tema.

Cuatro observaciones sobre el TOC

1. Respuestas impulsadas por el miedo

Lo primero que debemos comprender es que quienes luchan con pensamientos obsesivos no desean tenerlos. De hecho, lo más probable es que les tengan miedo. Además, las conductas a las que recurren no son un fin en sí mismas. Generalmente, buscan evitar la conducta o el desenlace que tanto temen. No comprender este aspecto puede dar lugar a muchas interpretaciones erróneas e innecesarias. Quienes desean cometer una conducta pecaminosa no lo hacen porque padezcan TOC.

2. ¡La motivación importa!

La segunda observación que he hecho es que la motivación subyacente que impulsa el TOC es la búsqueda de seguridad. La mujer que se negaba a visitar a un ser querido de edad avanzada porque temía contagiarlo con un germen mortal no tenía miedo por ella misma. Lo que temía era lo que pudiera sucederle a su familiar. Este es un punto fundamental para ayudar a quienes luchan con este trastorno. Con el tiempo, esa motivación debe cambiar. Aunque es digno de elogio querer proteger a los demás, cuando hacemos de la seguridad nuestra prioridad suprema en la vida, desplazamos otra motivación mucho más importante.

Es un problema complejo para quienes luchan con el TOC, pero llegará el momento en que deberán reconocer que la seguridad no es lo más importante que deben perseguir en la vida; ¡glorificar a Dios sí lo es! Cuando aconsejo a personas que luchan con el TOC, tarde o temprano llegamos a 2 Corintios 5:9 y hablamos de la motivación.

A partir de ese versículo escribí la siguiente declaración: «Quiero glorificar a Dios con mi vida más de lo que quiero respirar». Toda persona que lucha con el TOC y con pensamientos intrusivos tendrá que enfrentar una decisión. En algún momento deberá decidir si desea glorificar más a Dios que mantenerse a salvo.

3. Los efectos de la caída

Mi tercera observación parte de Romanos 5:12: «Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron» (Ro. 5:12). Con la caída, fuimos transformados de manera irreversible. Llegamos a ser pecadores por naturaleza y por práctica. Nuestros cuerpos comenzaron a deteriorarse y a experimentar los efectos de la enfermedad y de la muerte.

Ese cambio puede explicar, al menos en parte, la dificultad que muchas personas tienen para enfrentar los pensamientos obsesivos y las conductas compulsivas. Las investigaciones realizadas durante los últimos treinta años han mostrado diferencias en las imágenes funcionales del cerebro.2 Esas diferencias podrían explicar parte de esa dificultad. Sin embargo, esto no es completamente seguro y debemos acercarnos a estas conclusiones con cautela y humildad.

4. Una decisión

Mi cuarta observación para este artículo nace de haber aconsejado a muchas personas que luchan con obsesiones, compulsiones y pensamientos intrusivos. Los creyentes que enfrentan esta lucha tienen la posibilidad de elegir entre responder conforme a los impulsos de su TOC o seguir un camino mejor. Pablo nos dice en Romanos 6:16: «¿No saben ustedes que cuando se presentan como esclavos a alguien para obedecerle, son esclavos de aquel a quien obedecen, ya sea del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia?» (Ro. 6:16).

Como creyentes, podemos elegir, y esa decisión es fortalecida por la obra del Espíritu Santo que mora en nosotros (Fil. 2:12-13). Como solía decir mi amigo y mentor, el Dr. Robert Smith: «Una decisión guiada por los principios de la Escritura siempre será superior a una decisión que no lo esté».

Preguntas para la reflexión

  • ¿Qué pasajes de la Escritura utilizas para ministrar a quienes luchan con obsesiones y compulsiones?
  • Después de las Escrituras, ¿qué recursos pones en manos de tus aconsejados que enfrentan este tipo de luchas?

Este artículo fue publicado originalmente en Biblical Counseling Coalition

Lee también: Cinco cosas que debes saber sobre los ataques de pánico, del mismo autor.


Referencias y notas

  1. Charles Hodges et al., Manual de referencia médica para el consejero cristiano (Sebring, FL: Editorial EBI, 2024), 207.
  2. Ibid., 209.

Manual de referencia médica para el consejero cristiano - Charles D. Hodges Jr.

Manual de referencia médica para el consejero cristiano

El libro que el propio Dr. Hodges cita en este artículo: cómo aconsejar bíblicamente a quien llega con un diagnóstico médico.


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