Obtener una perspectiva general del matrimonio parece una tarea obvia. Pero, ¿cuál es el panorama general? ¿Es psicológi­co? ¿Es biológico? Sin embargo, la perspectiva más importante (y quizás la más olvidada) sobre el matrimonio es la histórica. Agustín de Hipona escribió acertadamente que la historia de la humanidad se divide en cuatro etapas, y nos parece que hay razones prácticas por las que necesitamos considerar la naturaleza del matrimonio en su estado cuádruple. 

El matrimonio en el Edén

En su estado inicial, el matrimonio era tan perfecto como podía ser. Adán y Eva podían pecar, pero también podían no pecar, y durante un tiempo tomaron la decisión correcta. Era la «defi­nición de amor de 1 Corintios 13» vivida a la perfección. Este no sólo suena ideal, sino edénico.

Por supuesto, el tipo de amor que Pablo describe en 1 Corin­tios 13 incluye el tipo de amor que es posible en una buena amistad; no es sólo para personas casadas. No obstante, capta lo que sería un matrimonio tipo Edén en un mundo perfecto. El tipo de amor que Pablo describe es paciente y bondadoso. También describe lo que no es: no tiene envidia; no es jactan­cioso; no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo; no se irrita; no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia sino que se deleita en lo bueno. El amor conyugal edénico puede ser captado positivamente por la serie de superlativos de Pablo: «Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (13:7). Es el tipo de amor que daría tanta alegría a la persona amada como a la que ama.

El matrimonio caído

La gente tiende a no ser buena para pensar en las consecuencias negativas; es una limitación humana. Adán y Eva no pensaron bien las cosas, y de repente descubrieron cómo era ser incapaces de no pecar. En esta segunda etapa de la historia del mundo, estos pecadores perdidos no tenían un evangelio en el cual esperar.

En esa hora oscura de esconderse de Dios y de los demás, no tenían conocimiento de ningún plan de salvación, sólo conocimiento de la condenación. Solían querer agradar a Dios y agradarse el uno al otro. Pero inmediatamente después de probar por primera vez el pecado, la primera pareja casada dejó de animarse mutuamente en su comunión con Dios. En poco tiempo, tuvieron su primera pelea: los oímos evadiendo la responsabilidad, culpando al otro de su pecado. 

Su matrimonio quedaría teñido para siempre por el hecho de que, abandonados a su suerte, ellos no sólo dieron la espalda al Señor, sino que también se dieron la espalda el uno al otro. En otras palabras, en un mundo caído hay matrimonios caídos, y las parejas se harán daño, se decepcionarán y se provocarán mutuamente.

En este mundo caído, debemos esperar que en un matrimonio haya pecado. En algunos matrimonios, parece que es lo único que se ve. Como dijo Agustín, no son capaces de no pecar. Hay muchos hogares donde la gracia es desconocida. Son matrimonios en los que las palabras están calculadas para subir la temperatura de los que les rodean; en los que los corazones son a menudo refugios de pensamientos faltos de amor, dando cobijo a cientos de recuerdos amargos.

Separados de la gracia de Dios, un esposo quiere que su esposa disculpe su pecado, mientras que él, a su vez, no querrá disculpar el de ella. Una esposa puede centrar sus esfuerzos en cambiar a su marido en lugar de cambiarse a sí misma. Hay un punto importante que aquí está en juego, y es que las personas caídas no se someten a la ley de Dios ni tampoco pueden hacerlo (Ro. 8:7). Cada acto brillante de bondad que él haga por ella tendrá oculto un plan que lo beneficie. Cada acto de amor por el otro es la envoltura de un amor egoísta.

El matrimonio en el camino

Después de la caída, el matrimonio se tornó muy diferente de lo que antes era; y debía cambiar una vez más al otorgarse el evangelio, al menos para aquellos que han recibido a Cristo.

¡Gloria a Dios que Él no abandonó a Su creación en su quebranto y desesperanza! Él le prometió a Adán y a Eva que enviaría a un descendiente suyo para salvar al mundo, y así lo hizo al enviar a Su Hijo, Jesucristo, que se hizo hijo de Adán en el vientre de la virgen María (Gn. 3:15; Mt. 1:18-25; Lc. 3:23-38). Luego, como bendición para todo Su pueblo, envió también a Su Espíritu Santo, quien aplica los beneficios que Cristo obtuvo para Su pueblo por medio de Su vida, muerte y resurrección. Quienes confían en este Hijo y cuentan con este Espíritu, entran en otro estado: llegan a ser capaces de no pecar.

A diferencia de la primera etapa de nuestra historia, en esta tercera somos incapaces de dejar de pecar por completo. O dicho de otro modo, nuestra capacidad de no pecar es limitada e imperfecta. Pero, de nuevo, el centro del resumen de Agustín se mantiene para aquellos que tienen a Cristo como Salvador. Por la gracia de Dios podemos agradar a nuestro Padre celestial. En Cristo, nuestros motivos y acciones se purifican cada vez más. Ahora nuestros actos de amor a los demás están cada vez menos impulsados por el amor a nosotros mismos.

Resumamos nuestras tres etapas hasta ahora. En primer lugar, no estamos en el paraíso. En segundo lugar, desde la caída, los matrimonios han tenido problemas. Y, en tercer lugar, para quienes conocen la gracia perdonadora del Padre en Cristo y el poder transformador del Espíritu Santo, realmente hay esperanza. No necesitamos entrar en pánico o desesperarnos cuando descubrimos que tenemos problemas matrimoniales. Dios también redime a los casados.

Nuestros matrimonios en esta tercera etapa son matrimonios en el camino. Son matrimonios peregrinos. Vivimos en la era del Espíritu, cuyo poder capacitador da gracia a los pecadores que anhelan amar a los demás como deben hacerlo los cristianos.

Puede que te sientas defraudado o incluso traicionado. Pues bien, la historia redentora tiene algo que enseñarnos: para quienes conocen a Cristo, los matrimonios realmente pueden mejorar, tanto los malos como los buenos.

Tal vez tú mismo seas el obstáculo para el progreso matrimonial. Si es así, recuerda que Dios se dedica a cambiar a las personas. Vuelve a leer la historia del apóstol Pablo. Dios promete tomar a todo pecador que confíe en Él y conformarlo a la imagen de Cristo. Jesús no vino para los que están sanos; vino a los enfermos. Y por medio del poder del evangelio, ha tomado matrimonios que no están sanos y los ha transformado tan radicalmente en Su buen tiempo que han llegado a ser imagen de la relación entre Cristo y Su esposa, la iglesia.

En esta etapa de la historia redentora, los cristianos pueden —deben— animarse unos a otros con la promesa del perdón de Dios y aprender a perdonar del mismo modo que hemos sido perdonados. También podemos aprender lo que significa ser cambiados y ser instrumentos de Dios para un cambio lleno de gracia en la vida de nuestro ser querido.

El matrimonio consumado

Al considerar el matrimonio en su cuádruple estado, hay una lección que tenemos que aprender en nuestra etapa actual de la historia redentora, pero la aprendemos mirando hacia adelante, hacia la cuarta y última etapa de la historia: ese período en el que ya no podremos pecar, en el que veremos las cosas correctamente, de la manera en que fuimos diseñados para verlas.

Es una lección que deben aprender tanto los solteros como los casados. En pocas palabras, aunque el matrimonio es importante, no lo es todo. Lo sabemos, porque habrá un estado final en la historia redentora donde el matrimonio será transformado una vez más.

En el cielo, los hombres y las mujeres serán como los ángeles, ni casados ni dados en matrimonio (Mt. 22:30). El matrimonio humano se concibe en el cielo, pero no continúa allí.

En el cielo, la relación de plenitud total no será entre hombre y mujer, sino entre Dios en Cristo y la Iglesia como Su esposa. No era bueno para Adán estar sin Eva en el Huerto, pero será bueno para él estar sin ella en el cielo nuevo y en la tierra nueva. El matrimonio es eterno en su significado, no porque dure para la eternidad, sino porque puede ser usado para equiparnos para la eternidad.

Algunos cristianos no están casados. Estos no deben pensar que les faltará algo en el cielo, tal y como algunos sienten que les falta algo en la tierra. Otros cristianos necesitan recordar que, aunque su matrimonio fue infeliz, eso no definirá su eternidad. Y otros más necesitan recordar que incluso el mejor matrimonio no puede ocupar el lugar de Dios.

Un buen matrimonio sólo pretende señalarnos uno mejor. Parte de la fidelidad cristiana es ver que sólo una relación con Cristo es lo máximo.

Cuando todos los matrimonios ordinarios lleguen a su fin, este matrimonio trascendental durará para la eternidad. Ya sean solteros o casados en la tierra, todos los creyentes estarán incluidos en esta consumación final. El hecho de que nuestros matrimonios tendrán su fin aquí no los hace sin sentido, sino que los sitúa en una perspectiva más amplia. Fuimos diseñados para la relación con el Señor.

Este contenido ha sido tomado y adaptado del libro El matrimonio moldeado por el evangelio.


Matrimonio moldeado por el Evangelio

Ya sea que te estés preparando para el matrimonio, que te acabes de casar o que lleves años de casado, es probable que seas consciente de que tu naturaleza pecaminosa afecta a todos los aspectos de tu matrimonio. Pero—¿con qué frecuencia piensas en tu condición de santo, equipado por el poder de Dios para crear un matrimonio sano y amoroso?


Comparte en las redes