Lo que viene a la mente de Dios cuando piensa en ti es una de las cosas más importantes acerca de Él.
Puedes empezar a comprender lo que Dios piensa de ti en la historia de un joven que era el hijo precioso de un hombre muy rico. A medida que creció, el hijo se desilusionó con su padre, con seguir sus reglas y con vivir en su casa.
Un día, el joven reunió el valor para pedir la parte de su herencia que le correspondía de inmediato. Era una solicitud impactante, ya que al pedir su herencia significaba que quería las posesiones de su padre sin su presencia. El joven estaba diciendo que deseaba que su padre estuviera muerto. Sin embargo, más sorprendente que la petición del hijo fue la respuesta del padre. El padre accedió a la solicitud desmedida de su hijo y le entregó la herencia.
Con dinero en mano, el joven se mudó lejos y comenzó a vivir una vida desenfrenada. Participó en todas las actividades que un corazón perverso desea pero que usualmente no puede permitirse. Se estaba divirtiendo mucho. Hasta que el dinero se acabó.
Perder el dinero lo cambió todo. Los amigos y las mujeres que antes lo rodeaban desaparecieron, y comenzó a darse cuenta de que apreciaban su dinero, pero nunca se preocuparon realmente por él. El licor, las fiestas y los derroches que antes le traían alegría ahora eran la fuente de su ruina. Sin un centavo a su nombre, se vio obligado a cuidar cerdos para sobrevivir, deseando comer las sobras de su alimento. Donde antes disfrutaba de comida lujosa y costosa, ahora miraba con anhelo la bazofia que servían a los cerdos. Más que cualquier otra cosa, extrañaba a su padre.
El joven había imaginado la vida lejos de la casa de su padre como algo maravilloso; una oportunidad para finalmente ser libre de reglas y obligaciones. La realidad fue muy diferente. La adversidad es una maestra brutal, y el joven aprendió bien sus lecciones. Comenzó a ver que la libertad no vale mucho sin amor.
Es fácil atraer «amigos» cuando les das lo que quieren, pero nada puede reemplazar el amor incondicional de un padre. Ahora miraba con anhelo lo que una vez le había parecido restrictivo. Quiso volver a casa.
Un día, decidió que enfrentaría las consecuencias de sus acciones, comprometiéndose a emprender el largo camino de regreso donde mirara a su padre a los ojos y confesara cuán terrible hijo había sido. Tragaría su orgullo, admitiría que estaba equivocado y rogaría por ser restaurado como el más humilde de los siervos.
Al regresar a casa, descubrió algo que no esperaba. Desde que se había ido, su padre había pasado cada día buscándolo, anhelándolo y deseando su regreso. Cada día se paraba al borde de su propiedad, mirando el horizonte en busca de una señal de su hijo que regresaba. Entonces, un día, el padre no podía creer lo que veía cuando una silueta familiar apareció ante el sol poniente. ¡Era su hijo! ¡Su muchacho había vuelto a casa!
Inundado de amor y a la vista de sus siervos, este hombre rico y digno rompió en carrera. Se acercó a su hijo sucio y sin bañar, lo tomó en un abrazo que lo levantó del suelo y cubrió su rostro mugriento de besos paternales. Su hijo estaba en casa, y su corazón estaba lleno de gozo.
El hijo, que estaba listo para aceptar su humillación y el juicio de su padre, nunca esperó que un amor tan grande y maravilloso priorizara la restauración de la relación sobre el castigo por su pecado.
Jesús contó esta historia del hijo pródigo para revelar una dimensión crucial del amor de Dios por Su pueblo. A menudo pensamos en el amor de Dios en términos de nuestra experiencia de ese amor. Pero quiero que consideres cómo Dios mismo experimenta Su amor por ti antes de que tú siquiera llegues a percibirlo.
La maravillosa noticia es que Dios nos ha dicho en la Biblia lo que piensa de nosotros. Considera solo algunas de las cosas que Dios dice en las Escrituras sobre cómo se siente hacia Su pueblo. El Señor declara que Su pueblo es Su posesión más preciada (Dt. 26:18). El Señor dice que Su pueblo es precioso para Él (Is. 43:4). El Señor acerca a Su pueblo con un amor que nunca terminará (Jer. 31:3). Este gran amor de Dios por Su pueblo jamás acabará (Lm. 3:22).
El Señor habla de Su amor por Su pueblo con la intensidad más apasionada: «Mi corazón se conmueve dentro de Mí, se enciende toda Mi compasión» (Os. 11:8). El Señor se regocija en Su pueblo: «se gozará en ti con alegría» (Sof. 3:17).
Aquí está mi mejor intento por resumir en unas pocas frases lo que cientos de textos afirman:
Como uno de Sus hijos, Dios libremente pone Su afecto sobre ti, de modo que eres Su posesión preciosa. Dios te honra y te atesora. Él está a tu favor. Dios tiene compasión de ti. Dios se regocija en ti. Se deleita en ti. Dios está lleno de anhelo por ti y busca una relación cercana contigo que nunca cortará, aun cuando peques.
Estas palabras nos revelan los anhelos del corazón de Dios hacia Su pueblo. Para simplificarlo aún más, podemos decir que la experiencia interna del amor de Dios por ti es un deleite. Dios se deleita en ti.
El Dios del universo siente un afecto entrañable por ti. Antes de que Dios exprese Su amor por ti, Él ya siente amor por ti. El Dios todopoderoso que creó el mundo y lo sostiene con Su poder siente afecto por ti. Dios, cuya gloria es tan inmensa que desde la eternidad jamás ha tenido una sola necesidad, experimenta el amor por ti de una manera real y profunda. Se deleita en ti. Anhela estar contigo. Desea una relación contigo. Dios te ama.
El mayor desafío a este amor es nuestro pecado. La Biblia es clara al afirmar que todos somos culpables de pecado (Ro. 3:23). Nuestra propia experiencia confirma esta verdad bíblica. Cada persona en este mundo ha desobedecido a Dios.
Dado que Dios es completamente perfecto en Su justicia, estos pecados tienen un impacto desastroso en nuestra relación con Él y nos separan de Su presencia (Is. 59:2). Es lógico preguntarse cómo personas culpables de tales pecados podrían ser algo más que repulsivas ante un Dios definido por Su impecable rectitud.
Por eso debemos comprender el resto de la historia. El hijo regresaba a casa después de su desenfreno pecaminoso, cargando las marcas de su vida desordenada. Sin embargo, nada de esto impidió que su padre lo abrazara con gozo: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó» (Lc. 15:20).
El padre envolvió a su hijo rebelde en un abrazo lleno de amor paternal. La muestra extravagante y afectuosa de amor del padre —corriendo hacia su hijo perdido, abrazándolo y besándolo— fue impulsada por algo mucho mayor que el pecado del hijo.
En esta historia, tú y yo somos ese hijo pródigo, y el padre representa a Dios. Jesús quiere que veamos que el gran amor del padre por su hijo es un reflejo del gran amor de Dios por ti.
Aunque hayas pecado, desobedecido, dado la espalda a Dios y lo hayas rechazado, Él nunca ha dejado de amarte. Él tiene compasión de ti, siente un profundo afecto por ti y se deleita en ti.
El padre abraza al pródigo porque Dios te abraza a ti. Desde lo más profundo de Su eterno corazón, Dios ama a un pecador como tú.
Si te preguntas cómo algo tan glorioso puede ser tan cierto, la respuesta es que Dios tiene otro Hijo además de ti. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre y nació como Jesús de Nazaret. Ese Niño nunca pecó, sino que vivió una vida perfecta (2 Co. 5:21; He. 4:15). Debido a que Jesús era perfecto, Dios Padre se deleitaba perfectamente en Él.
Y ese deleite provoca algo milagroso cuando depositas tu confianza en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo para el perdón de tus pecados. Jesús explica en Juan 16:27: «pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que Yo salí del Padre».
Dios desea que las personas amen y confíen en Su Hijo, y el milagro asombroso de Su gran amor nos es dado cuando creemos en Jesús.
«La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como Nosotros somos uno: Yo en ellos, y Tú en Mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a Mí» (Jn. 17:22-23).
Tal como me has amado a Mí.
Cuando confías en Jesús, Dios te ama con el mismo amor con el que ama a Su propio Hijo perfecto. Por los siglos de los siglos, el Dios perfecto del cielo y de la tierra derramará Su gran amor sobre ti, deleitándose en ti como se deleita en Jesús mismo. Es el gran amor de Dios por ti. Y está disponible solo a través de Cristo.
Este artículo es un extracto del libro El gran amor de Dios.

El gran amor de Dios
En El gran amor de Dios, Lambert ofrece una exploración accesible, apasionada e intensamente personal de cómo el amor divino expulsa el temor, da esperanza eterna y nunca falla. Nos guía en un viaje para conocer el corazón del amor infinito de Dios y muestra cómo ese amor puede transformarnos, así como a quienes nos rodean, en personas moldeadas por el gran amor de Dios.
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