El Salmo 133 da testimonio: «¡Mirad cuán bueno y cuán agradable es que habiten los hermanos juntos en armonía!» Cuando los creyentes viven en unidad, eso les trae bendición y gloria a Dios. De acuerdo con las Escrituras, la unidad genuina entre los cristianos se funda en un amor mutuo por Cristo, que produce amor los unos por los otros. Por eso las Escrituras nos advierten repetidamente sobre los peligros del orgullo y de la falta de amor. Cuando la Biblia advierte sobre el conflicto, clarifica que las causas más comunes son el orgullo y la ausencia de amor. Donde hay contienda, primero ha habido orgullo y odio.

«Por la soberbia solo viene la contienda…» (Prov. 13:10).

«El odio crea rencillas, pero el amor cubre todas las transgresiones» (Prov. 10:12).

Asimismo, Santiago pregunta: «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes?» y responde que nuestras pasiones que combaten y los deseos codiciosos nos llevan al conflicto (Sant. 4:1-2).

Si el orgullo, la ira y el odio producen conflicto, entonces necesitamos humildad y amor para mantener la unidad. Efesios 4:1-3 nos llama a andar de una manera digna de Cristo: «con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». Sin humildad y amor, es imposible conocer el vínculo de la paz.

Permíteme ilustrarlo. Cuando necesito reparar algo, a menudo compro una barra epóxica de dos componentes. Las dos resinas no hacen nada mientras se mantienen separadas, pero cuando se mezclan, se endurecen y forman una unión permanente. De la misma manera, la humildad y el amor se combinan para formar una unidad que no se rompe con facilidad. Las divisiones entre los creyentes prosperan allí donde el orgullo abunda y el amor está ausente. Por eso, Dios nos llama repetidamente a vivir vidas marcadas por la humildad y el amor. Uno de esos llamados se encuentra en Filipenses 2:1-2:

«Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito».

La experiencia que compartimos en Cristo

En el versículo 1, Pablo utiliza la pequeña palabra «si», no para introducir una condición, sino para recordar a sus lectores algo que ya es cierto. Tiene el sentido de «puesto que». Se trata de experiencias mutuas que comparten todos los que conocen a Cristo.

  • Esta palabra significa «venir al lado para ayudar». Jesús la utilizó para describir al Espíritu Santo (Jn. 14:25-26). La ayuda y el ánimo genuinos provienen de conocer a Cristo. Él nunca nos deja como huérfanos (Jn. 14:18-19).
  • Consuelo de amor. «Consuelo» es una palabra delicada, que evoca a Cristo susurrando un consejo tierno: «La paz les dejo… No se turbe su corazón» (Jn. 14:27). Hay un consuelo sobrenatural que fluye de conocer el amor de Dios en Cristo (Ro. 5:8; 1 Jn. 3:16; 4:16).
  • Comunión del Espíritu. Esto se refiere a la paticipación compartida. Todos los creyentes participan del Espíritu Santo. No existen creyentes «privilegiados» y «no privilegiados» en el ámbito espiritual. En la conversión, todo creyente es bautizado en el cuerpo de Cristo (1 Co. 12:13) y llega a formar parte de la morada de Dios (1 Co. 3:16). Nuestra unidad está fundamentada en esta presencia compartida del Espíritu.
  • Afecto y compasión. Estas expresiones apuntan a un afecto entrañable y a una compasión profunda: la compasión del propio Cristo. Cuando Jesús se encontró con la viuda que lloraba en Naín, se nos dice: «Tuvo compasión de ella» (Lc. 7:11-13).

La lógica de Pablo es evidente: puesto que hemos experimentado riquezas tan grandes en Cristo, ahora se espera de nosotros una manera concreta de vivir.

La expectativa de la unidad

Antes de considerar cómo luce esta unidad, debemos aclarar que la unidad no es lo mismo que la uniformidad. La unidad fluye desde el interior; la uniformidad se impone desde el exterior.

La unidad dice: «Puesto que conocemos y amamos al mismo Salvador y nos sometemos a Su Palabra, podemos vivir en armonía, y yo me comprometo a buscar eso contigo». La uniformidad dice: «Si no haces las cosas exactamente como yo, no podemos tener cercanía».

En la unidad hay fortaleza de la gracia. Pero la uniformidad revela la ausencia de gracia. La unidad dice: «Te amo en Cristo y valoro lo que Dios está haciendo en tu vida». La uniformidad dice: «No te amaré ni me relacionaré contigo a menos que te conformes a mí».

Pablo no nos está llamando a una uniformidad farisaica, sino a una unidad bíblica. Antes, exhortó a los creyentes a mantenerse firmes «en un mismo espíritu, luchando unánimes por la fe del evangelio» (Fil. 1:27). El evangelio es el centro de la verdadera unidad. Puesto que los creyentes comparten el estímulo, el consuelo, el amor, la comunión del Espíritu y la compasión de Dios, Pablo dice: «hagan completo mi gozo».

Dado que los creyentes han compartido una experiencia mutua de la gracia en Cristo, debemos procurar de manera constante ciertos compromisos relacionales:

  • Un mismo sentir. Pablo nos llama a «pensar de la misma manera». Más adelante escribe: «Los que somos perfectos, tengamos esta misma actitud» (Fil. 3:15). También exhorta a dos mujeres a que «vivan en armonía en el Señor» (Fil. 4:2).
  • El mismo amor. Esto se refiere a un amor imparcial, un amor sin favoritismos. Santiago advierte contra la parcialidad (Stg. 2:1), y la iglesia primitiva modeló este tipo de amor (Hch. 2).
  • Unidos en espíritu. Literalmente, «de una sola alma». Esta expresión describe a creyentes que están entrelazados en armonía y amor. Cuando compartimos la misma pasión por exaltar a Cristo y anunciar el evangelio, las diferencias menores pueden dejarse de lado.

Esto es lo que Dios espera de nosotros, y comienza con la humildad (Fil. 2:3-4).

La desunidad entre el pueblo de Dios es una de las armas más poderosas del diablo contra el avance del evangelio. Él la alimenta mediante el orgullo, la ira, el odio, los conflictos no resueltos, la amargura, las palabras destructivas y la falta de un mismo sentir. Debemos escuchar las exhortaciones de Dios, arrepentirnos y procurar la paz y la unidad (1 Co. 1:10; Ro. 14:19). El orgullo tiene muchos rostros, y cada uno de nosotros tiene algo de qué arrepentirse. Más que cualquier otra cosa, necesitamos la humildad de Cristo (Fil. 2:5).

Preguntas para la reflexión

¿Dónde percibes rastros de orgullo, favoritismo o un deseo de uniformidad en tus relaciones con otros creyentes? ¿De qué manera la humildad de Cristo podría transformar tus pensamientos y tus interacciones?

¿Cómo has experimentado personalmente el «estímulo, el consuelo, la comunión y la compasión» de Cristo descritos en Filipenses 2:1? ¿De qué formas puedes extender esa misma gracia a otros?

Este artículo fue publicado originalmente en Biblical Counseling Coalition


Comparte en las redes