Me parece increíble que hayan pasado tantos años desde aquel primer encuentro, cuando nos miramos a los ojos con esa complicidad que solo Dios pudo regalar. Fue Él quien unió nuestros corazones para siempre. Y cuánto he disfrutado ser tu mamá.
La vida ha cambiado desde entonces. No solo dentro de nuestra familia, sino en el mundo entero. La maldad ha aumentado (Mt. 24:12), casi sin que muchos lo noten. Y como cristianos, el desafío de no dejarnos arrastrar por la cultura, de no abrazar ideologías contrarias a la Palabra, se ha vuelto más grande (Ro. 12:2).
Quizá hoy no lo entiendas del todo, pero llegará el día en que comprenderás por qué tu papá y yo hemos sido tan claros, tan firmes, cuando hablamos del peligro de tener un pie en el mundo y otro en la santidad de Dios. No se puede vivir entre dos lealtades. No se puede pertenecer a dos reinos (Mt. 6:24).
La cultura —eso que ves tan brillante, tan atractivo, como un oasis en medio del desierto— muchas veces no es más que el reflejo de lo que el corazón natural desea. De esa parte que todavía lucha por rendirse completamente a Dios. Cuando estamos de acuerdo con todo lo que el mundo celebra (1 Jn. 2:15-16), eso revela algo más profundo: que nuestro corazón sigue inclinado a lo que es contrario a Él (Stg. 4:4).
Y eso no debería llevarnos a justificarnos, sino a reconocer nuestra necesidad de Cristo. A buscarlo más. A anhelar Su santidad. A desear ser santos, como Él es santo (1 P. 1:16).
No me sorprende que jóvenes como tú se sientan atraídos por esas cosas. Es parte de la lucha. Puedes conocer a Dios, incluso decir que lo amas, y aun así descubrir que tu corazón está más lejos de Él de lo que pensabas. ¿Por qué lo digo? Porque no es coherente amar a Dios y al mismo tiempo defender lo que contradice abiertamente Su santidad.
Puedes conocer a Dios, incluso decir que lo amas, y aun así descubrir que tu corazón está más lejos de Él de lo que pensabas.
Jesús fue claro: no se puede servir a dos señores. Siempre terminaremos inclinándonos hacia uno. Y nuestro corazón, si no es guardado, siempre se inclinará hacia lo que no exige rendición, lo que es más cómodo y lo que no requiere esfuerzo de nuestra parte.
Poco a poco, decisión tras decisión, práctica tras práctica, podríamos alejarnos del Dios que no pide una parte, sino todo nuestro corazón, toda nuestra mente y toda nuestra alma (Mt. 22:36).
Algunos te dirán que lo que Dios demanda de Sus hijos es opresión. Que eso pertenece a un “Dios del Antiguo Testamento” y que el Dios de toda gracia ya no exige santidad. No escuches ese discurso. No prestes oído a esas mentiras.
Son las mismas mentiras antiguas de la serpiente, la que susurra que puedes ser como Dios, que puedes decidir por ti mismo qué es bueno y qué es malo (Gn. 3:5). Y muchos, con el corazón cargado de pecado, terminan convenciéndose de que así será.
Escucharás también que no hay verdades absolutas, que cada individuo tiene su propia verdad. Que cada uno es libre de decidir lo que es verdad, aunque sea una total incoherencia o locura. Escúchalos, no para adoptar sus creencias, sino para desarrollar un pensamiento crítico; para cuestionar todo lo que oyes y filtrarlo a la luz de la Palabra de Dios, la única Verdad absoluta (Jn. 17:17).
Conoces la Palabra, aunque no lo suficiente aún. Eres joven. Tienes toda una vida por delante para conocer a Dios, para sumergirte en Su Palabra y permitir que el Espíritu Santo renueve tu entendimiento (Ef. 4:22-23).
Es por medio de ella que todo aquello que has escuchado, visto o practicado —y que es contrario a la voluntad de Dios— será limpiado y perdonado cuando comprendas la pecaminosidad de tu pecado y tu necesidad de un Redentor.
Cuestiona todo lo que escuchas y ves. No te conformes con lo que la cultura, ese mundo que no conoce a Dios, te dice que es correcto. No te adaptes a ellos. Mira sus vidas, sus relaciones; escucha lo que dicen; observa su andar. No para condenarlos, sino para que, con tus propios ojos y oídos, puedas verificar que su discurso muchas veces los mantiene cautivos, amargados, sin vida o viviendo a medias.
Si su discurso fuera correcto, el mundo —y todo lo que en él defienden— sería un lugar donde cada vez habría menos maldad y más alegría. Y, a estas alturas, creo que te has dado cuenta de que no es así, ¿verdad?
No te conformes con la cultura anti-Dios. Nada bueno tiene para ofrecerte. Guarda tu corazón de amar lo que ellos aman. Aleja tus pasos del camino que lleva a la muerte. Mantente firme en la fe, anclado en la Verdad de Jesucristo. Y aunque hoy quizá no entiendas lo que tus padres, llenos de años, se esfuerzan en modelarte y afirmarte, algún día comprenderás que, con el favor de Dios, esas palabras fueron usadas para librar tu alma del Seol.
Guarda tu corazón de amar lo que ellos aman. Aleja tus pasos del camino que lleva a la muerte. Mantente firme en la fe, anclado en la Verdad de Jesucristo.
Vive, hijo mío. Vive la vida verdadera: la vida que es libre en Cristo. La vida que, a pesar de los retos y las implicaciones que conlleva, es la mejor vida en esta tierra y en la eternidad. Vive un día a la vez sin apartarte de Dios. Guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida (Pr. 6:24).
Algún día nos veremos en la eternidad, en gloria, y nos regocijaremos en la Verdad que nos sostuvo hasta el final. Permanece fiel (Ap. 2:10).
Te amo.
Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Karla de Fernández.

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