Mientras Juan el Bautista predicaba y bautizaba, los fariseos enviaron una delegación para interrogarlo sobre su identidad y ministerio. Cuando Juan negó ser el Mesías, sus interrogadores preguntaron de inmediato: «¿Entonces, qué? ¿Eres Elías?». La respuesta de Juan fue clara y directa: «No lo soy» (Jn. 1:21). Esto parecería zanjar el asunto y poner fin a cualquier controversia.
Sin embargo, más adelante, Jesús dijo acerca de Juan el Bautista: «él es Elías, el que había de venir» (Mt. 11:14). Esta aparente contradicción naturalmente desconcierta a los creyentes y da pie a los críticos de la Biblia para atacar las Escrituras. ¿Es Juan Elías o no lo es?
En teoría, es posible que Juan no estuviera plenamente consciente de su identidad dentro del programa redentor de Dios. Después de todo, la declaración de Jesús sobre Juan se da en el contexto de Su respuesta ante las dudas que Juan expresó respecto a la identidad de Jesús (Mt. 11:2-3). Sin embargo, uno desearía una respuesta más satisfactoria que la simple ignorancia de parte de Juan. Tal respuesta está disponible mediante una comparación cuidadosa de los textos pertinentes.
No el Elías histórico
Malaquías 3 predice un día de juicio y salvación divinos, pero señala que dicho día será precedido por el ministerio de un mensajero que abrirá camino (v. 1):
«Miren, Yo envío a mi mensajero, y él preparará el camino delante de Mí».
De igual manera, Malaquías 4 profetiza acerca del Día del Señor y menciona también a un mensajero que lo antecederá (vv. 5-6):
«Yo les envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor, día grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que Yo venga y hiera la tierra con maldición» (Mal. 4:5-6).
En su anhelo por ser liberados de la opresión y ver la llegada del reino de Dios, los judíos del período intertestamentario se aferraron a la esperanza contenida en pasajes como Malaquías 3 y 4. En particular, esperaban que Elías, el personaje histórico—el mismo que fue librado de la muerte y ascendió al cielo en un carro de fuego (2 R. 2)—regresara al mundo como el precursor del Mesías.
Esto se hace evidente, por ejemplo, en el libro apócrifo de Sirácides o Eclesiástico (siglo II a. C.). Tras repasar el ministerio de Elías, lleno de milagros, el capítulo 48 declara:
«Tú que fuiste llevado por un torbellino de fuego,
en un carro con caballos de fuego;
tú que estás preparado, según está escrito,
para apaciguar la ira del Señor antes que estalle en furor,
para hacer volver el corazón del padre al hijo,
y para restaurar las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron,
y los que se adornaron con amor;
pues también nosotros ciertamente viviremos» (vv. 9-10, RSV)[1].
Si esto era lo que los judíos del primer siglo esperaban, Juan el Bautista no podía haber sido Elías. No era el profeta Elías original reapareciendo en la tierra. Era un ser humano completamente distinto, nacido por reproducción natural de Zacarías y Elisabet. En ese sentido, Juan tenía razón al afirmar que no era Elías.
Pero, Elías, no obstante
Debemos considerar ahora la enseñanza de nuestro Señor acerca de Juan el Bautista. Primero lo describe en términos de la profecía del mensajero en Malaquías 3:1 (Mt. 11:10; cf. Lc. 7:27; Mr. 1:2ss). Pero observemos cómo Jesús relaciona a Juan con la profecía de Elías en Malaquías 4:5 (Mt. 11:14-15, un relato más completo que el pasaje paralelo en Mr. 9:9-13):
«Y si quieren aceptarlo, él es Elías, el que había de venir. El que tiene oídos, que oiga».
Dos pistas en este pasaje nos ayudan a entender la declaración de Jesús y la profecía de Malaquías. Primero, la frase: «si quieren aceptarlo» implica que lo que Jesús está diciendo difiere de lo que los discípulos estaban acostumbrados a pensar. Podríamos parafrasear las palabras del Señor así: «Juan es Elías, pero no en el sentido en que lo enseña la tradición judía».
Segundo, la expresión: «El que tiene oídos, que oiga» indica que los discípulos tendrían que reflexionar cuidadosamente sobre las palabras de su Maestro para interpretarlas correctamente. En esencia, Cristo sabía que las personas tendrían dificultad para entender la relación entre Juan y Elías. Sus palabras nos llaman a todos a una meditación paciente para llegar a comprender su verdadero significado.
En realidad, nosotros lo tenemos mucho más fácil que los discípulos originales, porque contamos con todo el canon de las Escrituras para hacer comparaciones. Ese canon incluye el extenso relato de Lucas 1 sobre el nacimiento de Juan el Bautista y los acontecimientos que lo precedieron. Allí, la profecía de Gabriel sobre el nacimiento de Juan contiene estas importantes declaraciones (vv. 16-17):
«y hará volver a muchos de los israelitas al Señor su Dios. Él irá delante del Señor en el espíritu y poder de Elías para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto».
Gabriel se inspira claramente en Malaquías 3 y 4, pero no afirma que Juan sea el Elías histórico. Más bien dice que Juan irá delante del Señor «en el espíritu y poder de Elías». De modo similar, después del nacimiento de Juan, Zacarías describe a su hijo en términos de Malaquías 3 y 4, pero nunca lo equipara con el Elías de los libros históricos del Antiguo Testamento (Lc. 1:76, 78).
Así, Juan el Bautista fue Elías en el sentido de que ministró «en el espíritu y poder de Elías». Esta similitud incluía incluso la vestimenta rústica de Juan (Mt. 3:4; cf. 2 R. 1:8). Pero lo más importante es que Juan se asemejaba a Elías en que ambos instaron con firmeza a Israel al arrepentimiento, en vista de la ira de Dios contra sus pecados (p. ej., 1 R. 18; Mt. 3:7-12). Tal vez también debamos notar la correspondencia en el hecho de que ambos profetas confrontaron valientemente la corrupción de los gobernantes del pueblo de Dios, arriesgando sus propias vidas (p. ej., Acab en 1 R. 21:17-24; Herodes Antipas en Mt. 14:1-12).
Confirmación y complejidades
Mateo 17 muestra la lucha continua de los discípulos por comprender estos temas. Allí, Pedro, Jacobo y Juan ven a Jesús transfigurado y acompañado por Moisés y Elías históricos. Al descender del monte, intentan conectar los pasajes del Antiguo Testamento sobre el glorioso reino del Mesías. En particular, ¿cómo puede ser que el reino haya llegado si Elías no lo ha precedido? «¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?» (v. 10). Jesús responde:
«Elías ciertamente viene, y restaurará todas las cosas; pero Yo les digo que Elías ya vino y no lo reconocieron, sino que le hicieron todo lo que quisieron. Así también el Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos». (vv. 11-12).
El versículo 13 aporta algo de claridad: «Entonces los discípulos entendieron que Él les había hablado de Juan el Bautista». Esta declaración confirma la distinción que señalamos anteriormente: Elías, el personaje histórico —el mismo que estuvo en el monte de la Transfiguración, el que los judíos esperaban— es distinto del Elías profetizado por Malaquías.
Sin embargo, este pasaje introduce otro aspecto que los discípulos entenderían con aún mayor dificultad: la injusta ejecución de Juan anticipa la crucifixión de Jesús. ¡La idea impactante de que Elías/Juan y el Mesías fueran brutalmente asesinados antes de que el reino llegara en su plenitud no era evidente en la profecía de Malaquías! Aunque fue predicho en otros pasajes del Antiguo Testamento, la dinámica de sufrimiento previo a la gloria en el plan del reino solo se entendería plenamente a medida que avanzara la historia redentora (cf. 1 P. 1:10-12).
Las palabras de nuestro Señor en Mateo 17 añaden una complejidad adicional. Su comentario inicial: «Elías ciertamente viene, y restaurará todas las cosas» (v. 11), parece indicar que un Elías vendrá en el futuro. Los estudiosos conservadores difieren en cuanto a su interpretación, pero probablemente deba relacionarse con los testigos del tiempo del fin en Apocalipsis 11:1-14. En todo caso, lo que hemos descubierto sobre la profecía de Malaquías acerca de Elías sugiere que aún podrían esperarnos algunas sorpresas más a medida que el programa del reino de Dios llega a su clímax.
Conclusión
En resumen, nuestro estudio es coherente con y valida los siguientes principios bíblicos:
- Las palabras de Dios no se contradicen entre sí.
- Comprender las palabras de Dios requiere meditación cuidadosa y comparación diligente; la adhesión irreflexiva a la tradición puede impedir una comprensión precisa.
- Dios es invariablemente fiel a todas sus palabras.
- En la anticipación, las palabras de Dios requieren fe; en retrospectiva, profundizan la fe.
Al igual que el propio Juan el Bautista, a veces nos preguntamos si nuestra fe en el Señor y en Sus palabras está bien fundamentada. Que nuestra reflexión sobre la identidad de Juan nos fortalezca para perseverar hasta el final, como él lo hizo. ¡Y que aumente nuestro anhelo por la consumación del reino que él proclamó!
[1] Para la documentación de fuentes judías similares, véase la discusión de Andreas Köstenberger sobre Juan 1:19-51 en «John», Commentary on the New Testament Use of the Old Testament, editado por D. A. Carson y G. K. Beale.
