La historia del sectarismo suele comenzar con una declaración autoritaria por parte del fundador o los fundadores. Esto, a su vez, se institucionaliza durante su vida o después de su muerte en un sistema dogmático que exige fe absoluta en la autoridad sobrenatural de quienes recibieron la revelación inicial y cuyas enseñanzas y declaraciones se presume que la transmiten. 

Para abordar este fenómeno, es sumamente difícil hacer una evaluación precisa de tales grupos sin tener cierto conocimiento de los factores psicológicos implicados tanto en su formación como en su crecimiento. Cada secta posee lo que podría llamarse su propio «sistema de creencias», el cual sigue un patrón distintivo que, a pesar de las diferencias evidentes de personalidad que existen en cualquier grupo, puede analizarse y comprenderse en relación con su estructura teológica particular. Los individuos comparten ciertos rasgos psicológicos con los demás miembros de su secta.

Desde un análisis psicológico, se reconocen generalmente tres regiones o niveles en todo sistema de creencia o incredulidad: la primera o región central abarca la visión básica y primitiva del individuo sobre el mundo en el que vive; la segunda o intermedia región es el área de la autoridad (¿de quién está dispuesto el individuo a aceptar autoridad?); finalmente, está la región periférica, que se adentra en los detalles de la estructura de vida.

Existen ciertos rasgos comunes en los sistemas de creencias sectarios que explican la cerrazón del individuo.

  1. La cerrazón mental. Los miembros no están interesados en una evaluación cognitiva racional de los hechos. La estructura organizacional interpreta los hechos para el adepto, invocando generalmente la Biblia y/o a su fundador como fuente suprema de sus declaraciones. Tales sistemas de creencia operan en aislamiento; nunca se orientan hacia la coherencia lógica. Existen en lo que podríamos describir como compartimentos separados en la mente del sectario, y son casi imposibles de penetrar o alterar si el individuo está completamente comprometido con el patrón de autoridad de su organización.
  2. El antagonismo a nivel personal. El sectario casi siempre identifica su rechazo del mensaje cristiano con la persona que sostiene tales creencias opuestas. Esta identificación lleva casi siempre al sectario a rechazar tanto al creyente como a la creencia misma, un problema estrechamente relacionado con la cerrazón mental y muy difícil de manejar en el diálogo general. En este contexto, el primer paso para debilitar sistemáticamente el problema de la hostilidad es enfatizar que la teología es la verdadera fuente del antagonismo. Teóricamente, si se pudiera introducir una separación entre el adepto y la personalidad del cristiano, sería posible tratar con el sectario como una fuente objetiva y neutral de datos.
  3. El proceso de adoctrinamiento. Casi todos los sistemas de autoridad en organizaciones sectarias adoctrinan a sus discípulos para creer que cualquier persona que se oponga a sus creencias no puede estar motivada por otra cosa que no sea una fuerza satánica, o por prejuicio ciego e ignorancia. Un cristiano perspicaz, que dé muestras claras de no estar prejuiciado, que posea un conocimiento razonable y que demuestre un amor genuino por el bienestar del propio sectario, puede tener un efecto devastador sobre el mecanismo de condicionamiento de cualquier sistema sectario.
  4. Es vital considerar también el factor del aislamiento. Se trata de una cadena mental y emocional muy real que ejerce un fuerte dominio sobre la capacidad del sectario para discernir entre verdad y error, entre luz y tinieblas. Si la tragedia de Jonestown, ocurrida el 18 de noviembre de 1978, nos ha enseñado algo, es precisamente la desesperación y el aislamiento en que viven los sectarios. Es importante recordar que los patrones psicológicos sectarios evidenciados en proporciones extremas en Jonestown están presentes, en mayor o menor grado, en toda secta.
  5. Dentro de esta estructura, se observa la compartimentalización. En los sistemas sectarios puede observarse la coexistencia pacífica de creencias que son, sin lugar a dudas, lógicamente contradictorias. Milton Rokeach, al comentar sobre ello, ilustra el punto: «Expresar una repulsión hacia la violencia y al mismo tiempo creer que es justificable bajo ciertas condiciones… Estas expresiones de creencias claramente contradictorias serán consideradas como una indicación de aislamiento dentro del sistema de creencias». Los hechos contradictorios pueden negarse de varias maneras: por absurdo evidente, por considerarlos «casualidad» o apelando a que «los verdaderos hechos no son accesibles».

Al realizar una evaluación teológica de esta realidad, resulta evidente que estamos ante personas que no creen en el Evangelio, «para que no les resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Co. 4:4). El apóstol Pablo los describió como víctimas del maestro psicólogo y propagandista de todos los tiempos, a quien nuestro Señor llamó «el príncipe de este mundo» y Pablo denominó «el dios de este siglo». Aquel que, por la fuerza misma de su oposición a la verdad revelada en la persona de Jesucristo, ha «cegado el entendimiento» de quienes no quieren creer en el Evangelio. Se trata de una ceguera tanto psicológica como espiritual, provocada por el aislamiento del ser humano respecto de Dios debido a la rebelión de la naturaleza humana y a la repetida violación de la ley divina.

El sistema de condicionamiento psicológico en las sectas provoca un patrón definido de reflejos religiosos ante ciertos estímulos. Así como el perro de Pávlov salivaba ante el sonido de una campana, de igual forma un adepto reacciona espiritual y emocionalmente cada vez que su organización hace sonar la campana del condicionamiento. Por ejemplo, en muchos grupos el clero de la cristiandad es, evidentemente, el villano y el objeto de «odio puro». Las doctrinas del infierno y el castigo eterno, que estimulan el temor al juicio, son consideradas «irrazonables». Por lo tanto, los clérigos son siempre sospechosos, y su teología debe considerarse poco confiable e inspirada por Satanás.

Todo este patrón de precondicionamiento debe ser comprendido para que el cristiano pueda evitar, en lo posible, el uso directo de términos que, con toda seguridad, provocarán un reflejo condicionado de tipo teológico y cortan las líneas de comunicación. Los adeptos adoptan con facilidad una postura de mártir o de persecución desde el momento en que se manifiesta cualquier antagonismo. Aparentemente, resulta cómodo y hasta heroico creer que uno está solo frente a las fuerzas concentradas de «la organización del diablo».

En el reino de las sectas, lo que observamos es un mosaico de patrones de conducta anormal condicionada que se expresan en un marco teológico, utilizando términos cristianos pervertidos mediante redefiniciones y presentados como «nueva revelación», cuando en realidad son solo errores antiguos con rostro nuevo. Sin lugar a dudas, existe un síndrome de comportamiento anormal en la mentalidad de la mayoría de los sectarios. Mi esperanza es que, al observar y analizar los aspectos del comportamiento sectario ya abordados, el lector obtenga una visión más profunda y una mejor comprensión de la estructura psicológica del sectarismo, la cual continúa influyendo en un segmento creciente de la cristiandad profesante, que no está preparada para las sutilezas y peligros de tales desviaciones psicológicas y teológicas.

Este artículo es un extracto del libro El reino de las sectas.


El reino de las sectas

El reino de las sectas es un recurso esencial para pastores, líderes y creyentes que desean profundizar en el conocimiento de la fe cristiana y, al mismo tiempo, comprender de manera objetiva y bíblica los diversos movimientos religiosos que se han catalogado como sectas o cultos. En un mundo cada vez más expuesto a filosofías y doctrinas que se alejan del evangelio de Cristo, este manual ofrece herramientas prácticas para responder con amor, sabiduría y confianza.


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