En su Sermón del llano, Jesús pronuncia un mandato que confronta profundamente: «Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los aborrecen» (Lc. 6:27). A continuación, presenta diversas aplicaciones específicas de esta ética radical, entre ellas:
«Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica. A todo el que te pida, dale, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames… Si prestana aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad. Antes bien, amen a sus enemigos, y hagan bien , y presten no esperando nada a cambio» (vv. 29-30, 34-35a).
Desafíos interpretativos
Tanto el lector consciente como el predicador expositivo diligente luchan naturalmente con la pregunta de cuán literalmente deben interpretarse estas declaraciones y cuán directamente deben aplicarse. Algunos asuntos no parecen tan difíciles de resolver. Amar a los enemigos, por ejemplo, no implica que un cristiano no pueda usar la fuerza en el contexto legítimo de la aplicación de la ley o la guerra. Juan el Bautista les dijo a los soldados romanos que no abusaran de su autoridad, pero no les ordenó dejar su profesión (Lc. 3:14). Y justo después de instruir a los cristianos a no vengarse (Ro. 12:19-21), Pablo afirmó que las autoridades civiles «no en vano llevan la espada», pues son instrumentos de la venganza divina (13:4).
El contexto de Lucas 6 claramente se refiere al ámbito personal, no al gubernamental. Sin embargo, tan pronto uno empieza a pensar en este nivel personal de forma concreta, surgen muchas preguntas desconcertantes. ¿Cuántas veces debo permitir que alguien me abofetee? ¿Debería orar para que los creyentes perseguidos sean librados de su sufrimiento? ¿Espera Jesús que ande por ahí sin túnica con frecuencia? ¿Debo dar dinero a todo el que me lo pida? Si es así, ¿cuánto? Y si vivo en una sociedad llena de personas que mendigan, ¿terminaré yo también siendo un mendigo? ¿Cómo podría sobrevivir si sigo prestando dinero sin esperar que me lo devuelvan? ¿Cómo sostendría a mi familia?
Mientras reflexiono sobre estas preguntas, empiezo a preguntarme si las palabras de Cristo no serán un tanto hiperbólicas. Pero luego me encuentro con comentarios como este: «Muchos desean interpretaciones más específicas de los versículos que hablan sobre pobres y ricos, principalmente para encontrar resquicios legales que les tranquilicen la conciencia y así recibir alguna garantía de que las advertencias de Jesús no se aplican completamente a ellos» (David Garland, Luke, p. 291). ¡Vaya! Yo pensaba que estaba tratando de entender exactamente qué es lo que el Señor quiere que haga. Pero, ¿será que en realidad estoy buscando excusas? ¿O tal vez el comentarista está violando el mandato de Cristo unos versículos más adelante: «No juzguen, y no serán juzgados» (v. 37)?
La analogía de la Escritura
En todo caso, un paso interpretativo importante es comparar la Escritura con la Escritura. Varias líneas de pensamiento bíblico parecen relevantes para el análisis del Sermón del Llano. Primero, es evidente que Jesús emplea hipérboles en ciertas partes del Sermón del Monte, su paralelo. Pocos argumentarían que Él exigía la automutilación como estrategia para resistir la lujuria (Mt. 5:29-30). A fin de cuentas, las personas ciegas o mutiladas también pueden codiciar. Cristo está usando un lenguaje impactante para captar la atención de sus oyentes y enfatizar su necesidad desesperada de eliminar las fuentes de tentación.
En Lucas 6:27, los enemigos a quienes se nos manda amar son, en particular, aquellos que se oponen a nosotros por nuestra fidelidad a Jesús (cf. vv. 22, 26). Esto nos lleva a considerar la enseñanza general de la Biblia sobre la persecución. A continuación, algunos puntos relevantes:
- Aunque nuestro Señor finalmente se entregó a sus enemigos y oró por quienes lo crucificaron (Lc. 23:34), anteriormente había evitado que lo apedrearan en Nazaret (4:29-30).
- También les dijo esto a los setenta discípulos que envió en un viaje misionero: «Pero en cualquier ciudad donde entren, y no los reciban, salgan a sus calles, y digan:“Hasta el polvo de su ciudad que se pega a nuestros pies, nos lo sacudimos en protesta contra ustedes; pero sepan esto: que el reino de Dios se ha acercado”. Les digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma que para aquella ciudad» (10:10-12; cf. 9:5).
- Esteban oró por sus verdugos (Hch. 7:60), y en múltiples ocasiones Pablo «puso la otra mejilla» con gracia, permitiendo que lo golpearan e incluso que lo encarcelaran. Sin embargo, el apóstol también escapó de sus perseguidores en Damasco bajando en una canasta por el muro de la ciudad (9:23-25). Y en Jerusalén evitó una golpiza apelando a sus derechos como ciudadano romano (22:25).
- Pablo también expresó palabras muy severas respecto a los enemigos del evangelio que él predicaba: «Si alguien no ama al Señor, que sea anatema» (1 Co. 16:22). Véase también Gálatas 1:8-9.
Encontramos matices similares en cuanto al tema de dar a los pobres:
- En Hechos 4:34-37, Bernabé y otros venden propiedades y utilizan lo recaudado para ayudar a los pobres. Sin embargo, las palabras de Pedro a Ananías sugieren que esto fue voluntario, no considerado como una obligación (5:4).
- En 2 Tesalonicenses 3, Pablo reprende a los creyentes que no están trabajando de manera productiva, y llega incluso a decir: «Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma» (v. 10). ¿No debería este principio formar parte de un enfoque cristiano hacia la pobreza?
- Santiago 1:27 identifica el cuidado de huérfanos y viudas como un aspecto esencial del cristianismo. Por otro lado, en 1 Timoteo 5, Pablo restringe el apoyo material de la iglesia a las viudas que cumplan criterios muy específicos. Allí también enfatiza la necesidad y prioridad de proveer para las necesidades de la propia familia: «Pero si alguien no provee para los suyos, y especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo» (v. 8).
Los teólogos han debatido durante mucho tiempo cómo integrar y aplicar la enseñanza bíblica sobre el amor hacia los pobres. No pretendo aquí resolver ese debate. Simplemente quiero señalar que, tanto desde el punto de vista bíblico como práctico, este es un asunto complejo y que, al interpretar y aplicar el Sermón del Llano, debe tenerse en cuenta la revelación total de la Escritura.
En resumen
Entonces, ¿dónde nos deja todo esto? ¿Hemos vaciado de significado las palabras de nuestro Señor? No, hemos comenzado a acercarnos a su verdadero sentido. Considerando todos los factores relevantes (y solo he mencionado algunos), parecería que Jesús está utilizando un lenguaje exagerado para captar la atención de sus oyentes, inquietar sus conciencias y conducirlos al arrepentimiento y a una transformación divina. No está estableciendo reglas rígidas, sino ofreciendo ilustraciones extremas de los tipos de acciones abnegadas que sus discípulos estarán llamados a realizar para demostrar amor.
En determinadas circunstancias, lo que hagamos puede ser menos extremo, igual de extremo o incluso más extremo que las ilustraciones que Jesús presentó. Pero el asunto fundamental es suplir las necesidades de los demás—aun las de nuestros enemigos—en lugar de vivir para nuestra propia comodidad temporal. Después de todo, Cristo murió por sus enemigos (Ro. 5:10). Ser discípulo suyo implica, de forma natural, una vida dedicada al bien de otros, incluso a un gran costo personal.
¿Cómo saber cómo se ve esto en situaciones específicas? Probablemente no vamos por buen camino si nuestro ministerio hacia otros no nos «cuesta» nada, si amamos principalmente cuando nos resulta conveniente, si nuestro amor no se diferencia mucho del amor del mundo, si no hay nada que parezca un poco extremo, si no hay nada que tenga el sabor del fruto del Espíritu.
Pero aún quedan preguntas sobre cómo aplicar la enseñanza multifacética de la Biblia en situaciones complejas. Aquí es donde Filipenses 1:9-10 nos da orientación: «Y esto pido en oración: que el amor de ustedes abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, para que aprueben lo mejor, a fin de que escojan lo mejor, para que sean puros e irreprensibles para el día de Cristo». Demostrar amor no consiste en seguir una fórmula. Requiere discernimiento, la capacidad de leer a personas y contextos específicos y tomar la mejor decisión sobre cómo demostrar amor hacia ellos. Y ese discernimiento proviene del tipo de oración ferviente que Pablo hace por los filipenses.
Nuestra interpretación de Lucas 6 ha reconocido ciertos elementos hiperbólicos, pero no ha suavizado la enseñanza de nuestro Señor. De hecho, si procuramos vivir este pasaje con oración constante y fidelidad, estaremos de acuerdo con J. C. Ryle, quien escribió sobre los versículos 27-38: «Pocas de las declaraciones [de Jesús] son tan profundamente examinadoras del corazón como las que acabamos de considerar. Pocos pasajes de la Biblia son tan verdaderamente humillantes como estos once versículos» (Expository Thoughts on the Gospels, 2/1:186).
Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D.

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