Una de las metáforas del Nuevo Testamento para la Iglesia es la de un edificio. Jesús mismo prometió edificar Su Iglesia y garantizó que no fallaría (Mt. 16:18). Y las Escrituras señalan a Cristo (y Su verdad) como el fundamento sobre el que se construye.
Porque nosotros somos colaboradores en la labor de Dios, y ustedes son el campo de cultivo de Dios, el edificio de Dios […] Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo. (1 Co. 3:9-11)
La misma imagen vuelve en Efesios 2:19-22, donde los creyentes están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas «siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular», y en 1 Pedro 2:4-8, donde son «piedras vivas» levantadas sobre esa misma piedra.
La Iglesia universal está formada por creyentes que han abrazado al Señor Jesús mediante la fe salvadora y han construido sus vidas sobre el fundamento de Cristo y Su Palabra. Son, como dijo Jesús en el sermón del monte, los que oyen Sus palabras y las ponen en práctica: edifican sobre la roca, y su casa resiste la lluvia, los torrentes y el viento (Mt. 7:24-25).
Tres pilares doctrinales
Siguiendo la metáfora de un edificio, podríamos preguntar: ¿cuáles son los pilares doctrinales esenciales que definen la ortodoxia bíblica y caracterizan a la verdadera Iglesia? El Nuevo Testamento identifica tres. La verdadera Iglesia se caracteriza por su compromiso con:
1. La supremacía de la Palabra de Dios. La verdadera Iglesia mira a las Escrituras como su autoridad final para la doctrina (lo que hay que creer) y la práctica (cómo vivir). Los seguidores de Jesús se someten a Él al someterse a su Palabra (Jn. 10:27).
2. La suficiencia de la obra de Dios. La verdadera Iglesia entiende que la obra redentora de Cristo cumplió todo lo necesario para la salvación. Los pecadores son justificados por la gracia de Dios a través de la fe en Cristo, aparte de sus propios méritos u obras.
3. La santidad de la adoración a Dios. La verdadera Iglesia adora al Dios trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en espíritu (pureza de devoción) y en verdad (pureza de doctrina). Rechaza las formas falsas de adoración y repudia cualquier cosa que pueda distorsionar o distraer su sincera devoción a Dios.
En contraste, el Nuevo Testamento se enfrenta y condena a aquellos que (1) socavan la autoridad de las Escrituras, o (2) añaden obras al evangelio de la gracia, o (3) contaminan la adoración sin mácula que Dios requiere.
La supremacía de la Palabra de Dios
Debido a que Jesús es la cabeza de la Iglesia, Su Palabra es la autoridad para Su pueblo. Pablo destacó tanto la autoridad como la suficiencia de las Escrituras cuando le dijo a Timoteo:
Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra. (2 Ti. 3:16-17)
Los falsos maestros, por el contrario, tratan de socavar las Escrituras, sea distorsionando su enseñanza, sea frustrando su autoridad (2 P. 3:16-17). Y en Marcos 7, cuando los fariseos le reclamaron a Jesús que Sus discípulos no seguían las tradiciones extrabíblicas del judaísmo del primer siglo, Él los reprendió con las palabras de Isaías y añadió:
Dejando el mandamiento de Dios, ustedes se aferran a la tradición de los hombres. (Mr. 7:8)
Las Escrituras tienen autoridad sobre la tradición, y no al revés. Es un principio importante para pensar bíblicamente acerca de la historia de la Iglesia: las tradiciones que se desarrollan con los siglos se evalúan a la luz de la verdad bíblica.
Ciertos sectores de la cristiandad elevan la tradición religiosa al nivel de autoridad de las Escrituras, y lo justifican con los versículos que hablan de la tradición apostólica (1 Co. 11:2; 2 Ts. 2:15; 3:6). Pero la palabra que allí se traduce «tradición» significa «lo que se entrega»; de la latina traditio, «lo que se transmite», viene la española tradición. No designa un sistema litúrgico de costumbres posteriores, sino la instrucción que los apóstoles dieron a la iglesia, de palabra o por escrito, y esa instrucción está conservada en los escritos del Nuevo Testamento, que además manda examinarlo todo cuidadosamente (1 Ts. 5:21) y advierte: «Miren que nadie los haga cautivos por medio de su filosofía y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres» (Col. 2:8). La verdadera Iglesia se somete a la Palabra de Dios como su autoridad final, incluso por encima de la tradición religiosa.
La suficiencia de la obra de Dios
Al hablar de la obra de Dios, nos referimos específicamente a la obra de la salvación. Los falsos maestros y los movimientos errados se distinguen por un entendimiento equivocado del evangelio: intentan añadir alguna forma de esfuerzo humano a lo que las Escrituras enseñan que es por completo obra de Dios.
El evangelio bíblico afirma que los pecadores son justificados delante de Dios solo sobre la base de Su gracia (Lc. 18:14): la salvación es un don que se recibe por medio de la fe y descansa únicamente en la obra consumada de Cristo. Cuando el carcelero de Filipos preguntó «¿qué debo hacer para ser salvo?», la respuesta de Pablo fue sencilla: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hch. 16:30-31).
Frente a quienes añadían obras de justicia propia al evangelio de la gracia, Pablo se maravilló de que los gálatas hubieran abandonado tan pronto a quien los llamó por la gracia de Cristo para seguir «un evangelio diferente», y lanzó esta severa reprensión:
Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara otro evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema. (Gá. 1:8)
La misma verdad recorre sus cartas: «el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley» (Ro. 3:28), y Dios «nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia» (Tit. 3:5). A los efesios se lo dijo así:
Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. (Ef. 2:8-9)
La santidad de la adoración a Dios
La verdadera Iglesia adora al Dios trino tanto en pureza de devoción como en pureza de doctrina. Los falsos maestros, en cambio, distorsionan la verdad acerca de Dios o introducen competidores a la adoración pura que solo Él merece. Como Jesús le dijo a la mujer junto al pozo:
Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que lo adoren. (Jn. 4:23)
1. Pureza de devoción. La adoración sin mácula está reservada para Dios solo: quita las distracciones y rechaza a los competidores. Dios es celoso y no da Su gloria a otro (Is. 42:8), y el segundo mandamiento condena a quien hace una imagen tallada para adorarla (Éx. 20:4). Hasta la serpiente de bronce que Dios mandó hacer a Moisés (Nm. 21:8-9) acabó convertida en objeto de veneración, y por eso el rey Ezequías la hizo pedazos (2 R. 18:4). El Nuevo Testamento condena igualmente toda forma de idolatría: «huyan de la idolatría» (1 Co. 10:14), «Hijos, aléjense de los ídolos» (1 Jn. 5:21).
2. Pureza de doctrina. La adoración sin mácula exige una visión correcta de quién es Dios: distorsionar la verdad que Él ha revelado de sí mismo en su Palabra es adorar a un dios equivocado. La adoración de los grupos que niegan la deidad de Cristo, rechazan la Trinidad o enseñan que hay muchos dioses es falsa adoración, porque su entendimiento de Dios es errado.
El apóstol Juan lo dejó dicho con claridad. Quien niega que Jesús es el Cristo es un mentiroso y un anticristo (1 Jn. 2:22); quien no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios (1 Jn. 4:2-3), palabras escritas frente al docetismo, que enseñaba que el cuerpo humano de Jesús era solo una ilusión. Del Hijo de Dios, en cambio, afirma que «este es el verdadero Dios y la vida eterna» (1 Jn. 5:20).
Los tres temas aparecen juntos en el primer capítulo de su evangelio: la deidad de Cristo, «el Verbo era Dios» (Jn. 1:1); Su humanidad, «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn. 1:14); y su mesianidad, «la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo» (Jn. 1:17). Negar cualquiera de las tres es un error grave, y por eso Juan condenó con tanta fuerza a quienes lo hacían (2 Jn. 7-11).
El principio es claro: quienes adoran al Dios trino deben adorarlo tal como Él verdaderamente es. Y estos tres pilares proporcionan un marco doctrinal a través del cual podemos evaluar la historia de la Iglesia.
Este artículo es un extracto de la primera lección de la Guía del maestro de Precursores de la fe, publicada por Editorial EBI.
Plan gratuito de 7 días · PDF
Cuida como un pastor
Siete días para aprender a cuidar a las personas que Dios puso en tus manos. Para líderes, maestros, padres y todo el que sirve. Además, recibe en tu correo los artículos nuevos del EBI Blog.
Sin costo. Recibirás el plan y los artículos nuevos del blog. Puedes darte de baja cuando quieras.
Lee también: Diez razones para estudiar la historia de la iglesia (parte 1) y Diez razones para estudiar la historia de la iglesia (parte 2).
Comparte en las redes
