La depresión puede llegar a ser un tabú en nuestra cultura cristiana. Es algo de lo que no se habla o se oculta, porque está la idea popular de que el cristiano no puede deprimirse, y se tiene en cuenta a la depresión como algo imposible para un “verdadero hijo de Dios”. Esta es una de las razones por las cuales no se habla del asunto, y, consecuentemente, se dificulta su tratamiento a la luz de la consejería bíblica.

Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí.  Y Él me ha dicho: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad». Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí (2 Co. 12.8-9).

¿Qué es la depresión?

Al ser un término contemporáneo, la depresión no aparece con ese nombre en la Biblia. Sin embargo, podría diferenciarse del desaliento ordinario, y relacionarse a términos similares, como angustia, aflicción, tristeza, desánimo, y sufrimiento (emocional), cuando estos cuadros se presentan de manera crónica, persistente o recurrente, con una magnitud o intensidad considerable. Las personas consagradas no están exentas de poder sufrirla. Por ejemplo, tanto Moisés como Elías preferían morir a seguir viviendo la situación que estaban viviendo, por cómo se sentían atormentados en ellas (Nm. 11.11–15; 1 R. 19.1–18). La sensación de abandono por parte de Dios (Sal. 42, 43, 88, etc.) también podría relacionarse con lo que actualmente denominamos “depresión”. Es un sufrimiento emocional profundo.

Algo característico es la sensación de que todo es hostil para el deprimido. Si el deprimido analiza cada área de su vida, tiene la sensación de que la está llevando mal. Por ejemplo, sentirá que en su trabajo no se desempeña correctamente, que en su matrimonio sus fallas son incorregibles, que a sus amigos los defrauda constantemente, que su paternidad no es como debería, y que, incluso en el ministerio, es un fracaso. La persona deprimida siente que todo es hostil, que todo está mal, y ve todo “oscuro”. Siente que no “encaja” en lo que se espera de ella; que frente a su incapacidad de “vivir correctamente” no puede hacer nada… hasta puede llegar a pensar que todo sería mejor si su propia vida se acabara. 

Como depresivo, quisiera animarte:

Admito públicamente mi lucha contra la depresión, y quiero compartir algunos pensamientos con aquellos que tienen la misma batalla en sus vidas. Todos luchamos con diferentes debilidades, y los depresivos no estamos exentos de ello.

  • Puedes trabajar contra tu depresión

Para poder hacer algo con ella, es bueno comenzar con reconocerla. Lamentablemente, en lugar de pedir ayuda, el orgullo de nuestro corazón nos engaña y nos lleva a aislarnos. No podemos ayudarnos a nosotros mismos: necesitamos a otros. En la multitud de consejo está la victoria, nos enseña Salomón (Pr. 11.4). Aislarse alimenta ideas erróneas, alimenta que nuestro corazón se autoperciba sabio, algo que es contraproducente (Pr. 3.7) y no te ayudará en nada, sino, todo lo contrario. Conversar con hermanos maduros en la fe acerca de lo que estás viviendo es confesar cómo tu corazón está procesando la situación en la que estás, y eso ayudará a ver de manera más objetiva tu situación.

  • Puedes prepararte previendo la depresión

Así como es útil identificar la ubicación de un matafuego (extintor) antes de que suceda un incendio, y no recién cuando este inicia, forjar convicciones bíblicas de manera previa a los cuadros de depresión es fundamental. Son esas convicciones, y no tus emociones, las que serán útiles para atravesar el cuadro depresivo. Es necesario aprovechar los periodos de “luz” para prepararse para los periodos en los que vemos “todo oscuro”. Siempre es bueno aprovechar el tiempo (Ef. 5.16), y los depresivos tenemos una tarea especial frente a la responsabilidad universal de cuidar el propio corazón (Pr. 4.23). Debemos trabajar preventivamente, preparándonos para la batalla que sabemos que lucharemos, asimilando verdades bíblicas pertinentes a nuestra lucha.

  • Puedes disciplinarte durante la depresión

Por la perspectiva de la propia vida que tenemos cuando nos deprimimos, necesitamos aferrarnos a la Palabra de Dios durante, y no solamente antes y después, de la depresión. Una de las disciplinas más útiles será tomarnos en serio el mandamiento de Dios a través de Pablo: reflexionar en “todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio” (Fil. 4.8). Este ejercicio es útil siempre, pero ¡cuánto más en un cuadro depresivo! Además, no solamente es útil: es un mandamiento divino. Dios es digno de nuestra obediencia y nuestra obediencia es conveniente para nosotros mismos. Dedicar unos minutos a realmente identificar aquellas cosas en las que Dios nos manda reflexionar, escribirlas y pensar en ellas será sumamente provechoso.

Dios es digno de nuestra obediencia y nuestra obediencia es conveniente para nosotros mismos.

  • No te creas a ti mismo durante la depresión

En realidad, esto no es solo para las personas que luchan contra la depresión: es para todos. Las Escrituras nos enseñan que nuestro corazón es “más engañoso que todo” (Jer. 17.9), y no hay bendición en confiar en él, sino, todo lo contrario (Jer. 17.5). Para todos, y no solamente para los depresivos, es importante ubicar al corazón en su lugar correspondiente: ser protegido (Pr. 4.23), y no ser guía. Tu corazón será tu mayor traidor, y es necesario mantenerlo a raya, evitando que sea la voz que escuches por sobre las otras. La voz que debe prevalecer es la de Dios, a través de las convicciones bíblicas que deben ser forjadas previamente. Tu corazón intentará hacerte creer que absolutamente todo está mal, pero esa no es la realidad, esa es solamente la percepción de un corazón caído.

  • La depresión también es parte de las tentaciones y pruebas

Ver a la depresión de esta manera es de gran ayuda. Si la vemos así, podemos darle un trato espiritual acertado. Si es una tentación a escuchar al propio corazón por sobre la voz de Dios, debemos resistir. Si es una prueba, debemos aprobarla. Tenemos la promesa doble de parte de Dios: no permitirá que esta prueba sea mayor que la que podemos soportar con Su ayuda, y la limitará para que podamos resistirla (1 Co. 10.13). ¡Ánimo! Dios es fiel a sus promesas. Su voz debe imponerse por sobre la de tu corazón. Incluso, al resistir y aprobar, puedes sacarle provecho para poder bendecir a otros, transmitiendo a otras personas el consuelo divino que has experimentado (2 Co. 1.3-4).

¡Ánimo! Dios es fiel a sus promesas. Su voz debe imponerse por sobre la de tu corazón.

  • Tu corazón te grita que algo no está bien en ti

Es verdad, pero en nadie lo está: todos estamos caídos, todos tenemos algo con lo cual luchar. Pero también es verdad que Dios siempre lo supo, y aun así decidió amarnos y entregar a Su Hijo por nosotros (Ro. 5.8). En el patrón de Dios podemos ver que elige a lo peor del mundo (1 Co. 1.26-29), para que la gloria de todo sea para Él (1 Co. 1.29-31). Es maravilloso comprender que Dios nos amó “antes de la fundación del mundo” (Ef. 1.4), de tal manera que nada de lo que hagamos puede decepcionarlo tomándole por sorpresa. 

Dios decidió amarnos conociéndonos perfectamente, y nunca, nada ni nadie podrá separarnos “del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8.38-39). Si estás en Cristo, ya eres perfecta, eterna y plenamente amado por Dios. No escuches a tu corazón cuando grita lo contrario: escucha a Dios reafirmando Su amor por ti en Su Palabra, una y otra vez. Él nos conoce, nos tiene compasión, y nos ama eternamente (Sal. 103.13-14). Tu corazón cambiará, pero el amor de Dios nunca lo hará. Esta verdad debe prevalecer frente a cualquier percepción o sensación: Dios te ama perfectamente. Cuando tu corazón te grita que todo está mal, recuerda: Dios es el único que ve todo de manera perfecta, y su amor por los suyos no tiene fin.

Si estás en Cristo, ya eres perfecta, eterna y plenamente amado por Dios. No escuches a tu corazón cuando grita lo contrario: escucha a Dios reafirmando Su amor por ti en Su Palabra, una y otra vez.


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