El inicio de un semestre en un seminario ofrece una oportunidad natural para reflexionar sobre la adquisición del conocimiento teológico. Quizá menos esperado es el contexto de uno de los textos clave de las Escrituras sobre este tema: el tratado de Pablo acerca de los alimentos ofrecidos a los ídolos (1 Co. 8:1–11:1). El primer elemento de esa extensa discusión es el siguiente: «Sabemos que todos tenemos conocimiento» (1 Co. 8:1).
Los traductores de la ESV[1] han colocado comillas alrededor de la afirmación «todos tenemos conocimiento». Esto se debe a que los estudiosos suelen sostener que esta frase era un eslogan utilizado por los cristianos de Corinto, o que al menos representaba su manera de pensar.
¿En qué consistía el conocimiento que poseían? El versículo 4 responde: «Por tanto, en cuanto a comer de lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es nada en el mundo, y que no hay sino un solo Dios» (1 Co. 8:4). Aquí se añaden nuevamente comillas. Al parecer, los corintios utilizaban estas afirmaciones citadas para defender su continua participación en banquetes idolátricos.
Antes de responder a los argumentos específicos de los corintios, Pablo hace, en los versículos 1–3, algunas observaciones generales acerca de su conocimiento y de la actitud que debían tener frente a ese conocimiento. Este pasaje presenta una perspectiva cristiana breve pero incisiva sobre el conocimiento. No se trata propiamente de una epistemología, pero sí enseña tres principios que deben guiar la manera en que nos acercamos a cualquier conocimiento que adquiramos acerca de Dios y de Sus caminos.
Usa tu conocimiento con amor para edificar a otros
«El conocimiento envanece, pero el amor edifica» (1 Co. 8:1b).
En ocasiones, el cristianismo conservador ha manifestado una inclinación antiintelectual. La adquisición del conocimiento teológico suele ir acompañada de ciertos peligros, y Pablo abordará algunos de ellos en este capítulo. Sin embargo, algunos creyentes han reaccionado a estos peligros desalentando el estudio y la formación académica. Han contrapuesto el «hacer» al «conocer».
Esta actitud ha dado lugar a críticas dirigidas, en particular, a los seminarios. La idea es que un estudio profundo de las Escrituras acaba con el amor por Jesús y por las almas. De hecho, en tono de broma, a los seminarios se les ha llegado a llamar cementerios.
Sin embargo, en 1 Corintios 8:1 Pablo no está promoviendo el antiintelectualismo. Esto se hace evidente en el versículo siguiente, pero basta pensar en cualquiera de sus epístolas. ¿Acaso no están llenas de conocimiento teológico? ¿No resultan, en ocasiones, difíciles de seguir debido a su complejidad gramatical y a sus matices lógicos? ¿No requieren mucho tiempo y un considerable esfuerzo mental para ser comprendidas? Pablo fue un erudito bíblico, aun siendo un creyente devoto y un evangelista ferviente. De modo que sí es posible cultivar la vida de la mente sin perder el afecto por Dios ni por las personas. De hecho, ese es precisamente el énfasis general de este pasaje.
Lo que hace el versículo 1 no es advertir a los corintios contra el conocimiento, sino contra el orgullo que los seres humanos desarrollamos con facilidad cuando nuestro conocimiento aumenta. Nos envanecemos, nos inflamos con un sentido exagerado de nuestra propia grandeza e importancia.
Este era un problema que se había vuelto demasiado común entre los corintios. En varias ocasiones Pablo ya los había confrontado por estar envanecidos (del griego phusioō). Lo menciona en el capítulo 4 al reprender sus divisiones en torno a sus predicadores favoritos (vv. 6, 18, 19). Vuelve a aparecer en 5:2, cuando los corintios se enorgullecían de su tolerancia hacia el hombre inmoral dentro de la congregación. Ahora, esa misma actitud los aflige en relación con su conocimiento acerca del Dios verdadero frente a los dioses falsos. Esto parece ser la peor clase de orgullo, porque está vinculado con algo que es verdadero.
Esto me recuerda una fábula de Esopo sobre la rana y el buey. Al intentar demostrar su superioridad frente a un buey, una vieja rana se infló tanto que terminó reventando. ¿La moraleja? «Los hombres se arruinan al intentar alcanzar una grandeza a la que no tienen derecho».
¿Cuál es la solución a este problema de estar envanecidos? Es el amor, asegurarnos de que esa sea nuestra motivación al buscar y usar la verdad. En lugar de emplear mi conocimiento para inflar mi propia estima y mi reputación, debo usarlo para edificar a los demás.
Pablo vuelve a este tema más adelante en 1 Corintios, cuando trata los dones espirituales. En el capítulo 13, el célebre capítulo sobre el ágape, el versículo 2 dice: « Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy» (1 Co. 13:2). Y así es como el versículo 4 describe el amor: «no tiene envidia ni es jactancioso; no es arrogante» (phusioō) (1 Co. 13:4).
De modo que el problema no es adquirir conocimiento. El problema es mi motivación al adquirirlo y, luego, lo que hago con ese conocimiento. ¿Busco engrandecerme a mí mismo o ayudar a otros a crecer en Cristo?
Reconoce humildemente que tu conocimiento necesita crecer
«Si alguien cree que sabe algo, no ha aprendido todavía como debe saber» (1 Co. 8:2).
Lejos de ser antiintelectual, Pablo les dice a los corintios que su problema no es que sepan demasiado, sino que no saben lo suficiente.
¿Qué era lo que no sabían? Estaban firmes en una verdad fundamental para la discusión sobre la idolatría: el monoteísmo. Pero ¿qué era lo que no comprendían plenamente, o qué conexiones teológicas aún no habían hecho a partir de lo que sí sabían?
En el capítulo 10, Pablo revela una de las verdades que les faltaban: la naturaleza de la idolatría. Es cierto que los ídolos no son seres divinos. Sin embargo, detrás de la idolatría están los demonios, y participar en banquetes idolátricos es relacionarse con ellos y rendirles honor.
Puede que no enfrentemos ese problema en particular, pero sí podemos caer en otros problemas a causa de la ignorancia. Tal vez tengamos confianza en nuestro conocimiento teológico, pero ese conocimiento puede carecer de elementos o énfasis bíblicos que moderen la manera en que interpretamos o formulamos las verdades que sí conocemos. Es muy fácil aferrarse a una verdad bíblica mientras se ignora otra verdad bíblica que nos impide distorsionar la primera.
Más específicamente en el capítulo 8, a Pablo le preocupa la ignorancia de los corintios respecto a los efectos prácticos de sus acciones. Es decir, ¿cuál podría ser el impacto en los creyentes nuevos si los creyentes con mayor conocimiento participan en banquetes idolátricos (vv. 7–13)?
Aquí hay un tipo de conocimiento en el que los estudiantes de seminario necesitan crecer: el conocimiento práctico, es decir, las implicaciones tanto de lo que sé como de la manera en que vivo, incluyendo cómo mi conducta afecta a otras personas. Una mente llena de información no compensa la inmadurez personal ni el egoísmo.
C. S. Lewis escribió en Mere Christianity (124):
«Un hombre orgulloso siempre mira a las cosas y a las personas desde arriba; y, por supuesto, mientras uno mira hacia abajo, no puede ver aquello que está por encima de él».
Lewis se dirige a los incrédulos para hablar de su renuencia a reconocer a Dios. Sin embargo, algo parecido puede suceder también entre los creyentes. Alcanzamos cierto nivel de conocimiento y, desde esa posición, comenzamos a mirar a otros por encima del hombro. Mientras tanto, no nos damos cuenta de que hay mucho por encima de nosotros que aún no conocemos y que transformaría la manera en que nos relacionamos con los demás.
Conecta tu conocimiento con gratitud a la gracia de Dios
«Pero si alguien ama a Dios, ese es conocido por Él» (1 Co. 8:3).
La manera en que comienza este versículo resulta sorprendente. Al venir del versículo 2, uno esperaría que la siguiente afirmación fuera: «Pero si alguien conoce a Dios». Sin embargo, el texto dice: «Pero si alguien ama a Dios». ¿Por qué? Porque el conocimiento teológico que Dios desea es un conocimiento relacional.
El Antiguo Testamento ya enseñaba que «el temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Pr. 1:7). Primera de Corintios 8:3 presenta su contraparte en el Nuevo Testamento: «el amor al Señor es el comienzo del verdadero conocimiento». Ciertamente, necesitamos usar nuestro conocimiento para amar a las personas, pero lo que está detrás del amor cristiano hacia los demás es, en primer lugar, el amor a Dios mismo.
Una vez más, surge la pregunta: ¿cuál es mi motivación al buscar y transmitir conocimiento teológico? ¿Deseo recibir elogios por ser muy inteligente o profundo, o anhelo que el Señor reciba toda la gloria por ser infinitamente sabio y bueno?
El final del versículo 3 me resulta aún más sorprendente. Uno esperaría algo como: «Pero si alguien ama a Dios, usará su conocimiento de la manera correcta». Sin embargo, lo que el texto dice es esto: «Pero si alguien ama a Dios, ese es conocido por Dios».
Aquí vemos otra forma en la que Pablo desvía la atención de nosotros y la coloca en Dios. Cualquier amor que tengamos por Dios y cualquier conocimiento que tengamos de Él, en última instancia, se deben a Su conocimiento previo de nosotros. Esta es una manera de hablar de la elección graciosa de Dios de Su pueblo. Recordemos lo que el Señor le dijo a Jeremías: «Antes que Yo te formara en el vientre, te conocí» (Jer. 1:5), es decir, «elegí entrar en una relación personal contigo».
En ocasiones, una comprensión de la elección lleva a algunos estudiantes a volverse orgullosos. Eso va completamente en contra del propósito de esta doctrina, ¿no es así? Hace algunos años, el pastor Albert Martin, desde una perspectiva calvinista, se mostró preocupado por ciertos calvinistas en formación que manifestaban un complejo de superioridad. En el folleto The Practical Implications of Calvinism, escribió (9–10):
La expresión «un calvinista orgulloso» es un contrasentido. Si un calvinista es alguien que ha visto a Dios tal como Él es—alto y exaltado, entronizado—, entonces es alguien que ha sido llevado al quebrantamiento delante de ese trono, tal como le ocurrió a Isaías (Is. 6). […] Sostengo que una persona no tiene derecho a hablar de ser calvinista simplemente porque puede repetir como un loro frases heredadas del gran legado de la literatura reformada. Debe preguntarse a sí mismo: ¿Me ha llevado el Espíritu Santo a este profundo sentido de Dios que ha producido en mí, al menos en alguna medida, la gracia de la humildad?
Esté uno o no de acuerdo con cada detalle del calvinismo, el planteamiento de Martin es acertado. De hecho, guarda un claro paralelismo con el argumento de Pablo en nuestro pasaje. Cuando uno comprende que su amor por Dios y las convicciones teológicas que de él se derivan surgen del hecho de que Dios nos conoció primero, el corazón es humillado y se llena de asombro y gratitud. Con esa actitud, entonces sí estamos preparados para hacer un uso correcto de nuestro conocimiento.
Pero hay más. David Garland lo expresa de esta manera: «Esa relación íntima [el ser conocidos por Dios] traza un límite claro que distingue a [los corintios] de los adoradores de dioses falsos y delimita lo que pueden y no pueden hacer» (1 Corinthians, 2.ª ed., Kindle, 346). En otras palabras, la relación inmerecida que tenemos con Dios nos impulsa a usar nuestro conocimiento de Él de formas que sean coherentes con el Dios que primero decidió conocernos.
Conclusión
Usa tu conocimiento con amor para edificar a otros. Reconoce humildemente que tu conocimiento necesita crecer. Conecta tu conocimiento con gratitud a la gracia de Dios. ¡Qué observaciones tan desafiantes surgen de un pasaje tan breve! Las verdades de 1 Corintios 8:1–3 instruyen por igual a estudiantes y profesores al renovar nuestro estudio de las profundidades de la Palabra de Dios.
Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D
[1] La ESV (English Standard Version) es una traducción de la Biblia al inglés, ampliamente utilizada en contextos académicos y evangélicos de habla inglesa. Las referencias a esta versión se conservan aquí para reflejar el argumento original del autor.

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