¿Qué viene a tu mente cuando hablamos de amistad? Vivimos en una cultura que se rige por relaciones de conveniencia: el intercambio de «yo te doy si tú me das» o la pregunta que palpita en el corazón de «¿Y yo, qué recibo a cambio?». Al pensar así, las relaciones se vuelven transaccionales enfocadas en el yo. Si Cristo no es el centro, aplicamos esa forma de vivir a nuestras amistades dentro de la iglesia, lo que explicaría por qué tantas de ellas son efímeras en nuestras comunidades. Es decir, que no pasan de saludarse el domingo o de conversar sobre el clima, la política u otros temas sin realmente darte a conocer o permitir que otros te conozcan.
Cuando desaparece el beneficio mutuo o alguien te lastima, nuestra tendencia es volvernos intolerantes. Actuamos como jueces, huyendo con rapidez de una relación que valió mucho, pero que por fallas y pecado decidimos terminar. En nuestro egoísmo y ensimismamiento, incluso, nos olvidamos de la otra persona, enfocándonos solo en lo que creemos que merecíamos o lo que la otra persona debió hacer.
Entonces, frente a esta cultura, que muchas veces vemos dentro de nuestras iglesias, ¿cómo ser amigos como cristianos?
Te propongo tres preguntas que nos ayudarán a redirigir nuestros corazones hacia el modelo de amistad que Dios nos llama a practicar por la fe en Cristo.
¿Qué es un amigo?
La Biblia nos da una definición profunda y desafiante al mismo tiempo, dice Proverbios 17:17: «En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempo de angustia». Un amigo es, entonces, alguien cuya lealtad es constante, no condicional. Por ejemplo, el apóstol Pablo se refirió a Epafrodito como «compañero de milicia o de lucha», reflejando un compañerismo y un propósito compartido.
Sin embargo, como imitadores de Cristo, la máxima expresión de esta amistad la encontramos en las palabras de Jesús: «Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos», (Jn.15:13). Y Jesús no solo lo dijo, lo vivió. Su máxima expresión de amor es la cruz. Y su filosofía de vida era dar antes que recibir. Un cristiano lleno del amor de Dios, aun en este cuerpo mortal que lucha con pecado, irremediablemente es un dador de lo que ha recibido por gracia.
¿Cómo puedes mostrarte amigo?
- Permanece en las buenas y en las malas.
- Comparte tu tiempo, tus dones y tu vida.
- Involúcrate en la vida del otro, ayudándolo a vivir para Cristo.
- Está presente y hazlo saber.
- Perdona el pecado porque has sido perdonado y pide perdón cuando has lastimado.
- Escucha pacientemente.
- Ora, alienta y exhorta porque conoces a tu amigo y lo amas.
Estos amigos, tristemente, se pueden contar con los dedos de una mano. Sin embargo, esto nos lleva a una pregunta incómoda: ¿eres tú ese amigo? Es muy fácil pedir, pero no siempre estamos dispuestos a ser ese amigo que Jesús es para nosotros.
Al hacerte un examen honesto de nuestras prioridades, quizá en la lista estamos nosotros primero. Nos gusta recibir una llamada o un mensaje preguntando por nosotros, pero ¿somos nosotros quienes hacemos esa llamada o escribimos ese mensaje? En nuestras oraciones diarias, ¿cuántas veces intercedemos por nuestros amigos, por sus corazones, familias o necesidades y luego los buscamos para saber cómo se encuentran?
La cruda verdad es que, a menudo, nuestro egoísmo y amor por la comodidad nos hacen pedir más que dar. Y el corazón orgulloso termina pensando: «mientras yo esté bien, no necesito a nadie más». Es nuestro propio pecado el que nos aleja de una comunidad auténtica, donde podamos tener relaciones fuertes, de rendición de cuentas, y ser de mutua bendición. Es nuestro pensamiento de salvaguardarnos que nos aísla para evitar ser lastimados o decepcionados. Es nuestro temor al hombre que utilizamos para no ser conocidos por otros.
Aceptando estas verdades, entonces ¿cómo cuidamos y cultivamos una amistad? No importa cuantos amigos tengas —nuestro Señor Jesús no tenía muchos amigos, y solo uno, de los doce, estuvo a los pies de la cruz—, lo que importa es cómo ayudamos a nuestro amigo a ser más como Cristo, y en el ínterin también somos bendecidos.
¿Cómo cuidar una amistad?
La respuesta está en el corazón mismo del evangelio: los dos grandes mandamientos. Primero, amar a Dios con todo nuestro ser (Dt. 6:5; Mt. 22:37-38). Una relación genuina e íntima con nuestro Padre es el cimiento indispensable para dar a otros una amistad, no perfecta, pero sí genuina. De ese amor brota el segundo mandamiento: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Lv. 19:18; Mt. 22:39).
Cuando nuestra amistad se cimenta en el amor de Cristo, dejamos de lado el egoísmo y comenzamos a pensar genuinamente en el bien del otro. Como nos exhorta Filipenses 2:3-4: «No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás». Podemos cultivar un corazón humilde, tierno y compasivo, que busque no su propio interés, sino el de los demás al ver a Cristo (Fil 2:5). Y podemos ser amigos presentes en las dificultades, no para resolver todos sus problemas, sino para estar presentes (Prov. 17:17) y con palabras de amor y verdad.
Entonces, ¿cómo se cuida una amistad? Siendo intencionales. Apartando tiempo específico, invirtiendo energía en conocer verdaderamente a nuestros hermanos y hermanas. Es construir relaciones fuertes en el amor de Cristo, que sean duraderas y significativas. Algunas serán para un tiempo y otras para toda la vida, pero en cada una dejemos la huella del evangelio. Hay una alegría inmensa en caminar la vida cristiana junto a otros: reír, comer, llorar y enfrentar las pruebas de este mundo caído juntos. ¡Cuánto necesitamos de otros!
¿Cómo dejamos de ser transaccionales?
Al recordar que Cristo no nos pidió algo para salvarnos. Al reconocer nuestra incapacidad de amar y servir a otros si no fuera porque Cristo nos amó y nos sirvió primero. La vida en comunidad es el escenario ideal para encarnar el evangelio. Es en la proximidad con otros donde somos santificados, confrontados amorosamente con nuestro pecado, y donde podemos recibir y dar bendición. La iglesia primitiva es nuestro modelo de participar en la vida de otros: «Todos los que habían creído estaban juntos […] día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comiendo juntos con alegría y sencillez de corazón», (Hch. 2:46).
Mostramos el evangelio cuando nuestra doctrina se hace vida. No basta con saber la verdad; esta debe penetrar nuestros corazones y transformar nuestra manera de relacionarnos. Una amistad cristiana auténtica es un testimonio palpable de la gracia, el perdón y el amor sacrificial de Jesús. Es donde el «unos a otros» de las Escrituras se vuelve realidad, y una realidad que el mundo observa. Ser verdaderos amigos en el amor de Cristo es contra la cultura transaccional de este mundo: nos gastamos la vida por otros.
En conclusión, hermanos, esta no es una tarea que podamos realizar con nuestras propias fuerzas. Ser un verdadero amigo es obra del Espíritu Santo, que fluye de una relación personal y constante con Dios y está guiada por Su Palabra. La amistad es difícil por causa de nuestro pecado, pero Cristo ya vino a resolver este problema, podemos perdonarnos, amarnos, servirnos para Su gloria, podemos dar sin esperar recibir.
Oremos, pues, pidiéndole al Señor que nos ayude a ser buenos amigos, para caminar esta vida mostrando el amor de Cristo a nuestros hermanos y que Él nos conceda la gracia de edificar amistades que glorifiquen Su nombre. «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados», (1 Pe. 4:8).
¡Feliz día de la amistad!
Comparte en las redes
