“Los esposos lo tienen fácil. Solamente tienen que amar y liderar. Las esposas tenemos la parte más difícil: la sumisión”.

¿Lo has pensado así, esposa cristiana? ¿Has tenido esa idea, hermana soltera? De alguna manera, quizá no tan tajantemente, ¿te has permitido pensar o sentir que lo que Dios llama a la esposa creyente a vivir es más complicado y más difícil que el rol que ha dado al esposo?

Esta mentalidad tiene muchos peligros. Nos lleva a sentir que de alguna manera Dios es injusto, aunque probablemente no lo expresaríamos así. Nos lleva fácilmente al resentimiento y la amargura hacia nuestro esposo. Produce una expectativa de su conducta más alta que la que tenemos de nosotras mismas porque creemos que nuestra tarea es más difícil. Creer que la tarea de mi esposo es más fácil que la mía me lleva a extenderme más gracia a mí misma que a mi esposo.

Y como resultado, en la vida diaria, termino haciéndole a mi esposo su tarea más difícil en lugar de gozarme en ser su ayuda idónea. Sí, es verdad. Ser ayuda idónea significa hacer todo lo posible para que mi esposo cumpla con su rol de amar y liderarme bíblicamente.

“Pero, hermana, ¡ese es SU rol! ¡A mí no me corresponde!”.

¿Estás segura?

Me sorprende a veces cómo mi propio corazón más fácilmente ama y se sacrifica por hermanos de la iglesia que por mi propio esposo. A veces me ha sido más fácil limitarme mis libertades para no ser de tropiezo a una hermana de la iglesia que limitarme mis gustos personales para apoyar al liderazgo de mi esposo en el hogar. He aceptado mejor la confrontación de una amiga que la de mi esposo. Le he dado el beneficio de la duda a alguien que intenta mostrarme amor, aunque no de la manera que yo hubiera querido, pero le exijo a mi esposo que me ame como YO quiero, que hable MI lenguaje de amor.

¿Le dificultas su rol a tu esposo? Yo sí lo he hecho más veces de lo que quisiera pensar, y la respuesta correcta es arrepentimiento verdadero. Esto implica cambio; cambio interno de actitud y perspectiva, y cambio externo de acciones. Consideremos dos aspectos específicos de la posición y llamado que Dios ha establecido para el esposo con el fin de prepararnos para ser una ayuda idónea que le facilita cumplir con su rol.

1. Liderar como Cristo

En Efesios 5 hay varias referencias a esto: “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (v. 23). “Así como Cristo amó a la iglesia” (v. 25). “La sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (v. 29).

Todo creyente es llamado a ser como Cristo, pero a tu esposo Dios le pide ejercer autoridad en su matrimonio de la misma manera que Cristo lo hace con Su Iglesia. Pausa un momento y permite que el peso de esta tarea penetre tu mente y corazón. Dios le ha llamado a tu esposo a cumplir una tarea que para él es humanamente imposible. Ningún hombre sobre la faz de la tierra es capaz de imitar perfectamente a Cristo en su rol como esposo. Solo Cristo mismo puede ir transformándole y equipándole para crecer.

Le ayudo a mi esposo a liderar como Cristo cuando respondo como la iglesia debe responder a Cristo. Mi sumisión y respeto hacia un líder imperfecto, mi prontitud para perdonar y extender gracia a otro pecador necesitado y débil como yo, mi disposición para poner a un lado mis preferencias y prejuicios acerca de exactamente cómo creo que él debe liderar, mi oración constante por su crecimiento espiritual, y mi descanso en la soberanía del Dios que me dio el esposo que yo necesitaba —todas estas son maneras en que yo puedo ser una ayuda idónea a mi esposo en su búsqueda imperfecta de liderar como Cristo.

2. Amar para santificar

No recuerdo cuántos años de matrimonio llevábamos como pareja cuando por primera vez me percaté de lo que esa pequeña frase en Efesios 5 significaba para mí como esposa: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla…”.

¿Para qué? Mi boca cayó abierta. El amor que yo siempre había imaginado que mi esposo debía tener hacía mí, y el que malamente yo muchas veces le exigía, era un amor que me hacía sentir bien conmigo mismo, que me hacía sentir valorada, que se hacía el ciego a mis faltas, y que siempre fuera paciente y amoroso conmigo. Pero aquí yo leo que Dios le ha mandado a mi esposo como un hombre creyente que quiere imitar a Cristo al amar a su esposa, que me ame de una manera que promueva mi santificación.

¿Qué es la santificación? Pues, el contexto indica que aunque Cristo proclama santa a su iglesia cuando la salva, Él está haciendo un proceso de purificarla para que en el momento glorioso de recibirla delante de Él, ella esté gloriosa y sin mancha.

Esta fue la revelación de la década en mi matrimonio: si mi esposo no me ayuda a desechar el pecado y revestirme de buenas obras, no está cumpliendo con su tarea como esposo. ¡Esta es su labor! Y porque él jamás será libre del pecado completamente mientras viva sobre esta tierra, significa que nunca podrá hacer esta tarea de una manera perfecta. Nunca tendrá perfecta paciencia, ni escogerá las palabras perfectas, ni el momento ideal para confrontarme o tratar de ayudarme con mi pecado. Aun así, es su deber hacerlo, y es mi deber someterme a él y respetarle mientras que lo haga.

¿Ahora entiendes por qué yo entendí que le estaba complicando mucho a mi esposo su tarea? No respondía bien cuando me indicaba algo que debía cambiar. Yo siempre estaba lista para indicarle su pecado también, pero ¡yo no puedo reclamar un mandato bíblico por hacerlo! (Creo que una esposa puede contribuir mucho al crecimiento espiritual de su esposo, pero estamos hablando de roles dados por Dios). Mi esposo y tu esposo tienen dos tareas principales: liderar y amar como Cristo de una manera que promueva mi santificación. Nuestra respuesta a sus intentos imperfectos de cumplir su rol puede hacer toda la diferencia. A mí no me corresponde calificar su trabajo como esposo, sino rendirme al Cristo que ambos servimos y confiar en que mi santificación está en las manos amorosas y pacientes de mi Dios.

Este artículo fue publicado originalmente en Palabra y Gracia.


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