El Nuevo Testamento enseña que los cristianos necesitan el evangelio tanto como los no cristianos. En el primer capítulo de Romanos, el apóstol Pablo les dice a los creyentes en la iglesia que estaba deseoso de «anunciar el evangelio también a ustedes que están en Roma» (Ro. 1:15). Claro, estaba deseoso de predicar el evangelio a los no cristianos en Roma; sin embargo, específicamente declara que tenía ansias de predicarlo a los creyentes también.
A los cristianos corintios, quienes ya habían creído en el evangelio y habían sido salvos por él, Pablo dice: «les hago saber, hermanos, el evangelio que les prediqué, el cual también ustedes creyeron…» (1 Co. 15:1-4). En seguida reitera las verdades históricas del evangelio antes de mostrarles cómo esas verdades se aplican a sus creencias sobre el más allá. En realidad, esta es la manera en que Pablo trata diversos asuntos a lo largo del libro de 1 Corintios.
En la mayoría de las cartas de Pablo a iglesias, considerables porciones son dedicadas al ensayo de verdades del evangelio. Por ejemplo, Efesios 1–3 es puro evangelio, Colosenses 1–2 es evangelio y Romanos 1–11 es evangelio. Lo que resta de aquellos libros muestra específicamente cómo hacer que esas verdades del evangelio impacten la vida. Volver a predicar el evangelio y luego mostrar cómo se aplica a la vida era el método preferido de Pablo para ministrar a los creyentes, así proveyendo un patrón divinamente inspirado para mí mientras yo me ministro a mí mismo y a otros creyentes.
El evangelio es tan necio (según mi sabiduría natural, 1 Co. 1:21, 23), tan escandaloso (según mi conciencia, 1 Co. 1:23), y tan increíble (según mi corazón tímido, 1 Jn. 3:19), que es una lucha diaria creerlo en la plenitud de su alcance. Simplemente no hay otra manera de competir con las aprensiones de mi conciencia, las condenas de mi corazón, y las mentiras del mundo y del diablo (2 Co. 4:4), que abrumar tales cosas con repasos diarios del evangelio.
Fuera del cielo, el poder de Dios en su mayor densidad se encuentra dentro del evangelio. Debe ser así, pues dos veces la Biblia describe al evangelio como «el poder de Dios» (Ro. 1:16). Ninguna otra cosa en todas las Escrituras es descrita de esta manera, con la excepción de la persona de Jesucristo (1 Co. 1:24). Tal descripción indica que el evangelio no solo es poderoso, sino que es la entidad máxima en la cual el poder de Dios reside y cumple su obra mayor.
Por cierto, el poder de Dios se ve en los volcanes en erupción, en el inimaginable ardor de nuestro enorme sol, y en la velocidad de una estrella recientemente descubierta vista rayando el cielo a la velocidad de 2,5 millones de kilómetros por hora. Pero en las Escrituras tales maravillas nunca son catalogadas como «el poder de Dios». Entonces, ¡cuán poderoso deberá ser el evangelio que merite tal título! ¡Y cuán grande salvación podría lograr en mi vida, si solo lo adoptara por fe (He. 4:2; Ef. 1:18-19) y le diera un lugar céntrico en mis pensamientos cada día!
Con tal de que esté dentro del evangelio, experimento toda la protección que necesito ante los poderes del mal que rugen contra mí. Por esta razón la Biblia me dice que «tome» (Ef. 6:13) y me «revista con» (Ef. 6:11-12) toda la armadura de Dios; pues las piezas de esa armadura con las cuales me manda a revestir son prácticamente sinónimos del evangelio: «la salvación… la justificación… la verdad… el evangelio de paz… la fe… y… la palabra de Dios» (Ef. 6:14-17). ¿Qué son todas estas expresiones más que diversas maneras de describir el evangelio?
Por lo tanto, si deseo estar victorioso en Jesús, deberé hacer lo que sugiere el compositor y «vestíos la armadura, velad en oración»[1]. Que Dios me diga que «tome» y me «revista con» esta armadura del evangelio me alerta al hecho de que no amanezco cada día automáticamente protegido por el evangelio. La realidad es que estos mandatos implican que soy vulnerable al fracaso y a la lesión si es que no agarro el evangelio y me armo con él de pies a cabeza. ¿Y qué mejor manera hay de hacer esto que predicarme el evangelio y hacer de él la obsesión de mi corazón durante todo el día?
La gloria de Dios es el más poderoso agente de transformación disponible al hombre. Es tan poderosa que transforma a los que meramente fijan su mirada en ella. El apóstol Pablo da testimonio personal de esta contundente verdad. Dice: «Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria» (2 Co. 3:18).
Del testimonio de Pablo aprendo que si quiero llegar a ser todo lo que Dios desea que sea, debo contemplar Su gloria cada día. Pero, ¿en dónde encuentro la gloria de Dios para contemplarla? Por cierto, la gloria de Dios se revela en toda la creación (Sal. 19:1), pero la Biblia indica que, fuera del cielo, la gloria de Dios en su densidad mayor reside en el evangelio. Es por esta razón que el evangelio es descrito en la Escritura como «el evangelio de la gloria de Cristo» y «el glorioso evangelio del Dios bendito» (2 Co. 4:4; 1 Ti. 1:11).
Por consiguiente, al fijar mi mirada frecuentemente en la gloria del Señor revelada en el evangelio, puedo saber que residuos de la misma gloria de Dios se están adhiriendo a mi persona y me están transformando de un nivel de gloria a otro (2 Co. 3:18). Esta transformación es profunda y duradera, y despliega sin desvanecer la gloria de Dios a otros (2 Co. 3:13).
Cada vez que desobedezco deliberadamente un mandato de Dios, es porque en ese momento dudo de las verdaderas intenciones de Dios al darme ese mandamiento. ¿Realmente quiere lo que es mejor para mí? ¿Estará reteniendo algo con el cual estaría yo mejor? (Gn. 3:4-6). Tales preguntas, hechas conscientemente o no, están detrás de cada acto de desobediencia.
Sin embargo, el evangelio cambia mi perspectiva en relación con los mandatos de Dios, al ayudarme a ver el corazón de la Persona de quien vienen esos mandatos. Cuando empiezo mi razonamiento con el evangelio, me doy cuenta de que si Dios me amó lo suficiente para sacrificar la vida de Su Hijo por mí, entonces Él debe ser guiado por ese mismo amor cuando me declara Sus mandatos.
Al ver los mandatos y prohibiciones de Dios con este entendimiento, los veo como lo que realmente son: afectuosas guías de un Padre celestial quien está buscando amarme a través de cada directiva, llevándome a experimentar Su plenitud para siempre (Dt. 5:29). Cuando controlo mis pensamientos de esta manera, el evangelio me cura de mi desconfianza de Dios, disponiéndome a andar más confiadamente en el camino de obediencia a sus mandatos.
Este artículo es un extracto del libro Anclado en el Evangelio.
[1] George Duffield, Jr., Estad por Cristo Firmes, tr., Jaime Clifford (1818-1888).

Anclado en el Evangelio
A los cristianos de Roma, el apóstol Pablo escribió: “…ansioso estoy de anunciar el evangelio también a ustedes que estáis en Roma” (Romanos 1:15). Evidentemente, los cristianos necesitan escuchar el evangelio aún después de su conversión. Dios nos ofrece el evangelio todos los días como un regalo donde sigue dándonos todo lo que necesitamos para la vida y la piedad.
Utiliza este libro como una herramienta poderosa para predicarte el evangelio a diario, y sorpréndete de la diferencia que puede hacer en tu vida.
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