Criar hijos es difícil. Y parece volverse más difícil con cada año que pasa a medida que nuestros hijos crecen.

En el clásico de 1985 Travesuras de un lobo adolescente, Michael J. Fox interpreta a un joven que se transforma en hombre lobo en los momentos más inoportunos. El resultado es, a veces, incómodo y en su mayoría humorístico, aunque lo convierte en un verdadero terror en la cancha de baloncesto. Sin embargo, solo recientemente —ahora que tengo mis propios adolescentes— caí en la cuenta de que esta película también trata sobre el paso a la madurez.

Muchos padres temen los años de la adolescencia: hormonas desbordadas, olores extraños, vello creciendo en su hijo inocente en lugares nuevos e inesperados. No obstante, ese temor puede convertirse en una profecía autocumplida. He escuchado a padres decir cosas como:

  • «Mi adolescente me manipula con su enojo».
  • «Siento que he perdido a mi pequeño niño tierno. Ya no puedo controlarlo».
  • «Es como si fueran dos personas distintas y nunca sé cuál aparecerá hoy».

Sin embargo, los padres pueden aprender a abrazar esta etapa como una edad de oportunidad.[1] Nuestros hijos, sin duda, cambiarán —no en hombres lobo, sino física, emocional y espiritualmente, tal como Dios lo ha diseñado— (Lc. 2:52). El papel de los padres, entonces, es ayudar a nuestros hijos a navegar las pasiones juveniles y a «seguir la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro» (2 Ti. 2:22).

Más que nunca, necesitan nuestra presencia, nuestro ejemplo, nuestra guía y nuestra afirmación (aunque no siempre lo admitan). La disciplina y la instrucción pueden verse muy distintas a las de los primeros años, pero aun así los criamos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4).

Dado que la etapa de criar adolescentes puede estar cargada de cansancio y desaliento, necesitamos amigos, mentores y otros padres y madres que caminen a nuestro lado y nos ofrezcan apoyo. A continuación, presentamos tres maneras significativas de servir y fortalecer a los padres que conoces.

Ora con fe

En primer lugar, necesitamos tus oraciones. Puedes orar por sabiduría y constancia (Stg. 1:5). Ora por gracia y paz en nuestros hogares. Ora por la fortaleza que viene del Espíritu, por el amor de Cristo y por la gloria de Dios (Ef. 3:14–21). Ora para que haya fruto espiritual cuando lo único que sentimos es frustración en la carne (Gá. 5:19–23). Ora con nosotros y por nosotros a lo largo de todos los altibajos de la crianza de adolescentes.

Oren también por nuestros hijos adolescentes. Oren por una salvación genuina y por su crecimiento en Cristo (Ef. 1:15–23). Oren tanto por el hijo pródigo descarriado como por el hermano mayor de actitud farisaica (Lc. 15:11–32). Oren para que encuentren amigos fieles (Pr. 27:6, 17) y, si Dios así lo dispone, un futuro cónyuge (Pr. 18:22). Oren para que Dios levante obreros para la mies (Mt. 9:37–38). Oren con fe y sin dudar, mientras claman a nuestro Dios fiel y generoso (Stg. 1:6–8).

Anima con esperanza

Como padres, también necesitamos de tu esperanza cuando la nuestra comienza a agotarse. Muchos de nosotros nos sentimos como padres terribles que nunca hacen nada bien, porque cada día parece ser solo otra batalla. Por favor, anímanos en Cristo y en Su Palabra (Ro. 15:4; Fil. 2:1). Recuérdanos que nuestra esperanza no está en ser padres perfectos ni en criar hijos perfectos. Nadie es bueno, excepto Dios, y nadie es bueno separado de Él (Ro. 3:10–12, 23).

Todos los padres fallamos, al igual que nuestros hijos (Ef. 2:3). Sin embargo, a pesar de nuestras imperfecciones, el Padre nos ama y envió a Su Hijo para ser nuestro Salvador (Ef. 2:4–9). Él nos perdona cuando fallamos y nos transforma desde adentro. Estas buenas nuevas, entonces, dan forma al bien que hacemos como padres (Ef. 2:10). A veces, simplemente necesitamos un amigo o un hombro en el cual llorar cuando la crianza se vuelve difícil. Sigue animándonos con esperanza bíblica.

Apoya con amor

Como padres de adolescentes, necesitamos apoyo de manera especial. Este puede manifestarse en formas prácticas como traslados compartidos, tutorías, comidas compartidas y consejos. Sin embargo, los padres agotados también necesitamos la seguridad de que Dios nos permite descansar. No es necesario que nuestros adolescentes participen en cada nueva actividad. No necesitamos añadir más estrés a nuestras vidas ya de por sí demasiado ocupadas. A veces necesitamos ayuda para hacer más, pero con frecuencia puedes ayudarnos a hacer menos.

También valoramos a los líderes juveniles y a los mentores mayores en la iglesia que construyen relaciones con nuestros hijos a través de intereses tan diversos como las disciplinas espirituales, la mecánica automotriz o las artes culinarias. Permite que Dios use aquello que disfrutas para mentorear a los adolescentes. Invítalos a comer y haz buenas preguntas. Colabora con nosotros mientras «nos estimulamos unos a otros al amor y a las buenas obras» (He. 10:24). Nos apoyas de la mejor manera cuando eres parte activa de nuestra comunidad.

Recuerda las metas

Al procurar apoyar a los padres cristianos de estas maneras, ayúdanos a recordar que nuestra meta final —por encima de todo— es glorificar a nuestro Dios con nuestras vidas (Col. 3:17). Debemos ser recordados de que, según Eclesiastés, «La conclusión, cuando todo se ha oído, es esta: Teme a Dios y guarda Sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona» (Ec. 12:13). El Señor se interesa por nuestro recorrido desde la infancia hasta la adultez, por lo que oramos con fe para que Él se glorifique a través de nosotros y de nuestros hijos.

Los padres cristianos deseamos que nuestros hijos crezcan en su relación con Cristo; esta es otra meta por la que trabajamos con empeño, mientras confiamos el fruto al tiempo y a los planes de Dios. Desde temprana edad procuramos llevarlos a la adoración dominical, leer la Biblia en familia y enseñarles a orar. Esperamos que puedan ver a Cristo en nosotros a través de nuestro ejemplo, pero también cuando fallamos y buscamos perdón. Mientras nos esforzamos por ser fieles, necesitamos tu ayuda para recordar que la esperanza centrada en Cristo celebra cada paso a lo largo de este camino hacia Él, hasta que nuestros hijos lleguen a ser también nuestros hermanos y hermanas en la fe (3 Jn. 4).

Por último, otra meta importante de la crianza es preparar a nuestros hijos para que un día salgan del hogar. Debemos ayudarlos a desarrollarse en madurez hasta que puedan prosperar de manera independiente de nuestra guía. ¿Podrías recordarnos con cuidado que tal formación requiere sabiduría, humildad y la gracia suficiente de Dios? ¿Que debe llevarse a cabo con amor, buscando el bien de nuestros hijos (Fil. 2:4)? Sin esta exhortación, corremos el riesgo de convertirnos en «metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Co. 13:1) en la vida de nuestros hijos.

Fe, esperanza y amor: esa es la ayuda que todos los adolescentes necesitan. Y, al final, resulta que esa es exactamente la ayuda que sus padres también necesitan.


[1] Agradezco especialmente las aportaciones de Paul Tripp sobre este tema.


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