Recuerdo el día en que salimos del hospital después de que nació nuestro primer hijo. Antes de poder irnos, una enfermera vino a verificar que hubiéramos asegurado correctamente a nuestro bebito en el asiento especial para el auto. Bien abrigado para el viaje a casa en el helado clima invernal, nuestro hijo parecía una pelota de fútbol americano con cabeza. Como éramos completamente novatos en la crianza, nos alegra- mos de recibir la aprobación de la enfermera en nuestras habilidades de arropar y abrochar. Des- pués de pasar la prueba de asegurarlo bien, estábamos listos para partir a casa.

Entonces, la enfermera nos entregó una hoja con instrucciones para cambiar los pañales, y alimentar y hacer dormir al bebé. También preguntó si teníamos duda.

Sinceramente, no teníamos idea de las preguntas que debíamos hacer, así que, reuniendo toda la confianza que pudimos, mentimos y aseguramos que estábamos listos para irnos. Si la crianza se podía resumir en una sola hoja de papel, lo mejor era que actuáramos como si tuviéramos todo claro, con la esperanza de convencer a esta mujer de que era seguro confiarnos esa pequeña vida. Funcionó, y ella nos deseó lo mejor. Mientras todavía fingía confianza, doblé como si nada el papel y lo metí en el bolso del bebé, y así emprendimos una importantísima travesía que dura toda la vida, pero sin tener la menor idea de nada.

En los días, meses y años que siguieron, mi esposo y yo fuimos adquiriendo mucha más con- fianza en nuestra capacidad de cuidar a pequeños. Principalmente, esto se debió a que enseguida nos dimos cuenta de que necesitaríamos más guía de lo que podía ofrecer una hoja de papel. Leímos muchos libros, escuchamos toneladas de consejos, hicimos un sinnúmero de preguntas a otros padres y oramos como locos.

Tal como le pasa a la mayoría de los padres, a medida que nuestra familia creció, también lo hizo nuestro conocimiento sobre seguridad infantil, nutrición, disciplina, educación, desarrollo de los niños, etc. Y como la mayoría de los padres, buscamos crear el mejor ambiente posible para que nuestros hijos estuvieran seguros y gozaran de buena salud. Pero la crianza es mucho más que eso. Desde el primer día en que nos enteramos de que seríamos padres, supimos que teníamos la responsabilidad no solo de sustentar la salud física de los hijos que el Señor traería a nuestra familia, sino también de sustentar su salud espiritual y emocional.

A la luz de todo esto, oramos aún más. Orábamos habitualmente por nosotros y por nuestros  hijos.  Intencionalmente,  invertimos  en enseñarles sobre Dios en su vida cotidiana. Cantábamos canciones sobre Dios y memorizábamos la Palabra con ellos. Leímos y releímos incontables Biblias con historias para niños y miramos horas de dibujos animados cristianos. También procuramos mostrarles fielmente en la práctica lo que significa seguir a Jesús, y amar a Dios y a los demás.

Los padres cristianos anhelan que sus hijos conozcan y entiendan el evangelio, y que sigan a Jesús desde temprana edad. Por esta razón, invertimos todos los días en su salud espiritual, sabiendo que, en la vida, la salud física no es lo más importante. Su prosperidad no depende solo de atender sus necesidades físicas sino también de dedicarse a su alma eterna.

Como abrazamos la realidad de que los niños son almas con cuerpo, nos tomamos muy en serio la mayordomía y responsabilidad de cuidarlos tanto física como espiritualmente. Junto con esto, entendimos también que teníamos una influencia vital y una gran responsabilidad sobre su salud emocional.

Por eso, animo a los padres a nutrir a sus hijos de manera integral. Los padres deben tener en cuenta toda la vida del niño. Así como debemos cuidar su salud física, también es necesario que asumamos la responsabilidad de ocuparnos de su cuidado espiritual y emocional.


Serie “Criando Hijos”

Este artículo es una adaptación del libro Criando hijos emocionalmente sanos, publicado por Editorial EBI. Te invitamos a conocer toda la serie de libros sobre la crianza.


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