Me sentí frustrado cuando en el avión me senté al lado de un hombre de negocios. Éste se encontraba vestido con un traje costoso, y hablaba alto por el celular acerca de derivados y futuros financieros. Yo había esperado testificar de Cristo con alguien en el avión, pero me había imaginado que sería con alguien un poco menos intimidante.

La realidad es que yo nací en una familia obrera. Mi papá trabajaba muy duro en una cantera y era un poco tosco. Yo no comprendía mucho sobre temas de altas finanzas o economía. Me identificaba más con personas que eran como yo. Aunque sabía que se trataba de un encuentro que Dios había planeado, no podía vencer el temor que me inspiraba este magnate de la industria tan exitoso. Todo en él indicaba su clase alta: sus zapatos, su reloj, su costoso corte de cabello y su exigente conducta. Así que, en lugar de proclamar a Cristo con valentía, me refugié en mi libro y de forma culpable lo ignoré durante todo el vuelo.

¿Qué había sucedido? Yo lo había prejuzgado. Había mirado su apariencia externa y había determinado que no reaccionaría positivamente ante la presentación del evangelio. Y al hacerlo, cometí tres errores. En primer lugar, actué como si conociera su corazón. Pero solo Dios conoce el corazón, así que yo estaba pretendiendo ser Dios al imaginar que sabía cuál sería su reacción. En segundo lugar, estaba decidido a compartir el evangelio solamente con aquellas personas que según mis cálculos reaccionarían positivamente. No estaba dispuesto a hablarle a nadie sobre el evangelio si creía que esa persona reaccionaría con desdén o con una actitud de superioridad. Esto revelaba mi temor al rechazo y mi amor por obtener elogios de los demás.

Por último, negué algo que sabía que era cierto: que ese hombre necesitaba a Jesús, aunque él lo supiese o no. Preví que él me diría que se había enriquecido, y que de ninguna cosa tenía necesidad (Ap. 3:17). No hubiera sabido qué responderle si él afirmaba algo por el estilo. Olvidé que Dios ha lanzado un contundente mensaje para aquellos que creen no necesitar nada (Lc. 12:16-21). Olvidé que las Escrituras nos dicen que todas las personas, grandes o pequeñas, están de igual manera separadas de Dios, y necesitan, más que cualquier otra cosa, reconciliarse con Él. Dejé que mi temor nublara esas verdades en mi mente y me impidiera participar en el llamado que Dios tenía para ese hombre a arrepentirse y creer.

El temor

Una de las razones fundamentales por las cuales los cristianos no comparten su fe libremente, es el temor. Este temor puede adoptar diversas formas. Algunas personas temen que se burlen de ellas o que sean ridiculizadas. Otras temen que les hagan preguntas que no puedan responder. Otras sienten temor ante la gran desazón que les provoca el tratar de evangelizar. Otras temen experimentar algún tipo de persecución.

Una de las verdades más importantes que pueden aliviar el temor a la hora de evangelizar es conocer la explicación que brinda la Biblia acerca de la naturaleza de los incrédulos. En otras palabras, Dios nos dice exactamente lo que sucede en el corazón y la mente de todo incrédulo. Una vez que el creyente adquiere esta información, puede aproximarse a los incrédulos con más seguridad, sabiendo que, a pesar de su apariencia, todo incrédulo comparte las mismas características básicas en relación con Dios.

¡Usted no tiene que probar que Dios existe!

Aunque las Escrituras tienen mucho que decir sobre la naturaleza de los incrédulos, ningún pasaje es tan claro y definitivo como Romanos 1. Este capítulo provee una descripción detallada, desde el punto de vista divino, del funcionamiento interno del corazón humano que no ha sido regenerado. Cuando llegamos a comprender lo que la Biblia nos enseña en este capítulo, podemos comenzar a deshacernos de ese temor irracional de compartir el evangelio, temor del cual somos presa en ocasiones.

Todos los incrédulos saben ya que Dios existe y saben ciertas cosas sobre Él (Ro. 1:18-21). La pregunta que a menudo surge cuando los cristianos se plantean la posibilidad de compartir su fe es: «¿Qué sucederá si alguien me exige que le demuestre la existencia de Dios antes de comenzar a creer?». Se trata de una pregunta difícil, pero la respuesta es sorprendentemente fácil. No hay que demostrar nada. Esos versículos explican claramente lo que los incrédulos ya saben. En este pasaje se nos dice una y otra vez que los incrédulos ya conocen a Dios y tienen con Él una relación basada en la ira. En el versículo 19 vemos que lo que el incrédulo puede conocer sobre Dios ya le resulta claro, debido a que Dios se lo ha mostrado. Cuando Dios le muestra algo a alguien, se trata de algo inequívoco. El versículo 20 nos dice que incluso los atributos invisibles de Dios se hacen claramente visibles al incrédulo cada vez que contempla el mundo. Esto se corresponde con el Salmo 19:1-2, que nos dice que los cielos proclaman la gloria de Dios cada día. Los teólogos le llaman a esto «revelación natural», y Romanos 1:20 nos dice que ha sido así desde la creación del mundo.

El efecto real de este conocimiento es que el incrédulo no tiene excusa para no creer en Dios. La frase «sin excusa» constituye una variación del vocablo griego apologia, del cual hemos obtenido la palabra «apologética». En efecto, el incrédulo no tendrá apologética, es decir, ninguna defensa contra la acusación que le hará Dios en el día del juicio de que lo conocía, pero aun así lo rechazó. En otras palabras, el incrédulo no tendrá manera alguna de declararse ignorante ante Dios por no creer, porque él ya sabe que Dios existe.

Además, él también sabe ciertas verdades sobre Dios. El versículo 20 nos dice que el incrédulo sabe bastante sobre Dios, aunque Sus atributos sean invisibles al ojo humano. Esto se debe a que el conocimiento de Dios se implanta en cada persona que nace. Este conocimiento sobre Dios, que es implantado, forma parte de haber sido hechos a la imagen de Dios. Ser imagen de Dios comienza cuando inexplicablemente conocemos a Aquel al cual hemos sido llamados a reflejar. Las personas conocen específicamente que Dios es eterno, todopoderoso y divino. Este último atributo habla sobre la santidad y otredad de Dios. La deidad de Dios contrasta con nuestra condición de criaturas. Él es totalmente diferente de nosotros porque Él es Dios y nosotros no lo somos. Además, Él no puede tolerar el pecado. La santidad de Dios es la causa de Su ira contra el pecado, el cual ha sido revelado a cada incrédulo (v. 18). En otras palabras, el incrédulo sabe que es culpable delante de Dios.

Esto tiene repercusiones muy serias. Todos los incrédulos con los que hablo, quieran admitirlo o no, saben que Dios existe y saben que son culpables delante de Él. Aunque nieguen conocer a Dios, en sus corazones lo conocen y saben que la ira de Dios les aguarda si no se arrepienten. Eso significa que hablo con personas que intentan evitar lo obvio: que Dios existe y que cada persona debiera creer en Él.

Este artículo es un extracto del libro Cada creyente confiado, publicado por Editorial EBI.

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