Hace poco estaba buscando por internet algunos regalos de graduación. Me di cuenta de que una librería que me gusta organizaba sus títulos de «crecimiento espiritual» bajo las etiquetas «cabeza», «corazón» y «manos». Me pareció una clasificación cómoda, pero confieso que me decepcionó un poco su imprecisión teológica.
Lo curioso es que poco después recibí esto en un correo de un colega perspicaz:
Leí hace poco que en hebreo no hay dos palabras distintas para corazón y mente, de modo que en el shemá (Dt. 6:4-5), por ejemplo, ambas cosas están implicadas. Tengo dos preguntas. La primera es lingüística: si esa afirmación es cierta. La segunda es teológica y tiene que ver con lo que se sigue de ahí. El autor que estaba leyendo parecía decir que en el cristianismo a veces hacemos una distinción artificial cuando separamos la cabeza (es decir, la mente) del corazón. ¿Qué piensas de eso? A veces me incomoda que los predicadores hagan esa distinción, porque no me parece que siempre sea justa; pero también entiendo que existe algo así como un simple «conocimiento de cabeza» (por ejemplo, un dato como las fechas de la Segunda Guerra Mundial).
Después añadió:
Quizá podrías tratar también esa frase tan común en la evangelización: que de la cabeza al corazón hay cuarenta y cinco centímetros (y que la distancia del cielo al infierno es la misma, o algo así). No recuerdo exactamente cómo va, pero esa frase nunca me ha gustado ni la he entendido del todo. Creo que produce mucha angustia innecesaria. Entiendo que si una persona solo oye el evangelio y no responde en absoluto, está perdida; pero el modo en que se usa esa expresión siempre me ha inquietado.
Una distinción real
Mi amigo plantea inquietudes legítimas y, con su permiso, quiero responder a sus preguntas en este artículo. Por un lado, sin duda hay una diferencia entre conocer unos hechos y responder a ellos de manera correcta o positiva. Nuestra vida refleja esa diferencia todo el tiempo. Sabemos cuál es el límite de velocidad, pero podemos no respetarlo. Sabemos que la comida chatarra daña nuestra salud, y aun así la comemos. Sabemos que tenemos que levantarnos a cierta hora para llegar a tiempo al trabajo, y nos quedamos dormidos de todos modos.
Más importante todavía: podemos comprender un contenido teológico ortodoxo y no responder a él como corresponde. Es evidente que así fue con la mayor parte de los israelitas bajo el antiguo pacto. Es una de las razones principales por las que Jesús reprendió con dureza a los fariseos (vea Mt. 23). Se ha repetido tristemente en la vida de incontables personas que crecieron en hogares cristianos y después se apartaron del evangelio. Y tiene consecuencias graves, ahora y para la eternidad. De hecho, incluso algunas respuestas a la verdad que parecen positivas no evitarán que esas personas oigan a Cristo decir: «Jamás los conocí» (Mt. 7:21-23). ¡Que Dios tenga misericordia de nosotros y nos capacite para responder a Su verdad con fe, adoración y entrega genuinas!
Análisis demasiado simplistas
Sin embargo, hay que pasar al otro lado del asunto. La distinción entre cabeza y corazón intenta expresar de manera breve lo que acabo de describir, pero esa clase de fórmulas termina muchas veces por oscurecer y confundir cuestiones complejas.
Por ejemplo, la Escritura usa la categoría de «conocimiento» de maneras diversas. Hay distintas clases y distintos niveles de conocimiento.
- Sorprendentemente, Jeremías 9:23-24 casi define el conocer a Dios en términos de conocer verdades acerca de Él. Al final, lo intelectual y lo experimental no se pueden separar.
- A veces Jesús equiparó la comprensión correcta de las Escrituras con la respuesta o la aplicación correcta de ellas (Mt. 12:1-8; vea mi exposición de este pasaje en el capítulo 6 de Más allá del capítulo y el versículo).
- La expresión «todos los que conocen la verdad» (2 Jn. 1) funciona como un título para los verdaderos creyentes.
- Siguiendo con el lenguaje popular, se podría argumentar que a Pablo le preocupaba más la «cabeza» de sus compatriotas judíos que su «corazón». «Porque yo testifico a su favor de que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento» (Ro. 10:2).
De igual manera, incluso algunos usos bíblicos del vocabulario de la «fe» se traslapan con lo que se ha llamado «conocimiento de cabeza». Santiago 2:19 no dice: «Tú sabes que Dios es uno. Haces bien; también los demonios saben esto, y tiemblan». Lo que dice el versículo es: «Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan» (énfasis añadido). Así que hay distintas clases de fe, igual que hay distintas clases de conocimiento.
El corazón tiene muchas caras
La cuestión es que los términos teológicos de la Biblia se resisten a la simplificación a la que a veces los sometemos. Esto ocurre de manera especial con el término corazón. El término hebreo lēb y su forma larga lēbab abarcan la totalidad del hombre interior. Ese es el sentido, por ejemplo, en Proverbios 27:19: «Como el agua refleja el rostro, así el corazón del hombre refleja al hombre».
Muchas veces, sin embargo, «corazón» designa aspectos o capacidades específicas del hombre interior. Entre ellos está el aspecto emocional que quienes hablan inglés suelen asociar con el término (p. ej., 1 R. 21:7). Pero también salen a la luz otros aspectos, entre ellos la capacidad de pensar y razonar que solemos llamar «mente» o «cabeza». Considere algunos ejemplos:
- Al describir la depravación humana, Génesis 6:5 habla de «toda intención de los pensamientos» del corazón del hombre.
- «Pero hasta el día de hoy el Señor no les ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír» (Dt. 29:4).
- En 1 Reyes 3:9 la versión inglesa ESV traduce lēb directamente como «mente»: «Da, pues, a Tu siervo una mente con entendimiento para gobernar a Tu pueblo, y para discernir entre el bien y el mal. Pues ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo Tuyo tan grande?» (énfasis añadido).
- Una descripción del hombre piadoso es que «la ley de su Dios está en su corazón» (Sal. 37:31). También aquí, lo «mental» no se puede separar de lo «espiritual».
- En Proverbios 3:5 el contraste de confiar en el Señor con todo el «corazón» es apoyarse en el propio «entendimiento».
También en el Nuevo Testamento el término griego kardia se refiere a veces a la capacidad del hombre para procesar pensamientos. Estos son dos ejemplos destacados:
- La Palabra de Dios discierne «los pensamientos y las intenciones del corazón» (He. 4:12).
- La oración de Pablo por los efesios incluye esta petición: «que los ojos de su corazón les sean iluminados, para que sepan cuál es la esperanza de Su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos» (Ef. 1:18).
El corazón del asunto
Más allá de definir términos hebreos y griegos, lo que más me interesa es entender bien la relación entre nuestro pensamiento y nuestros compromisos más hondos. Por supuesto, necesitamos que la verdad entre en nuestro cerebro para que esa verdad nos mueva espiritualmente. Pero lo contrario también es cierto, y es todavía más importante.
Aquí llegamos a otro sentido del lenguaje del «corazón»: los deseos o afectos del hombre, aquello que en lo más profundo de su ser le gusta y le disgusta, las lealtades básicas que gobiernan sus decisiones (p. ej., Dt. 6:5; 1 R. 11:3; Ec. 8:11; Mt. 6:21; Ef. 5:19). Esos afectos influyen en lo que escogemos pensar y en cómo percibimos la verdad, tanto como en la manera en que respondemos a ella.
Romanos 1:21 describe los efectos noéticos del pecado: «Pues aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido». Por causa de sus afectos sin Dios, hay un sentido en el que los incrédulos no pueden entender las cosas del Espíritu de Dios (1 Co. 2:14).
A la inversa, la conversión se puede describir como «el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad» (2 Ti. 2:25). Y ese cambio radical de lealtad hacia Dios da como resultado toda una vida de crecimiento en conocimiento (2 P. 1:5; 3:18). Dicho en términos del Antiguo Testamento: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Pr. 1:7). Solo en la medida en que nuestro corazón se rinde a Dios en confianza, amor, reverencia y sumisión llegamos a conocer las cosas como realmente son.
Contra el antiintelectualismo
Quiero hacer una observación más sobre la distinción común entre cabeza y corazón. A veces tengo la impresión de que se usa para restarle importancia a la vida de la mente o para desalentarla, dando a entender que es menos «espiritual» que otras ocupaciones. Ese antiintelectualismo lleva mucho tiempo afectando al cristianismo conservador, y hay que resistirlo con firmeza usando la Palabra misma de Dios. El trabajo intelectual tiene sus propios peligros (quizá sea tema de otro artículo), pero esos peligros no nos deben llevar a descuidar un énfasis importante de la Escritura. Los dejo con dos pasajes clave en esta línea.
Primero, cuando Cristo citó el shemá añadió una palabra que estaba implícita en el término original lēbab (y también en el término original nephesh, «alma», que significa «la persona entera»): «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mt. 22:37, énfasis añadido). Para nuestro Salvador, amar a Dios incluye usar nuestra inteligencia lo mejor que podamos para Su gloria.
Segundo, la conocida declaración de Pablo a los filipenses marca la agenda del trabajo intelectual cristiano: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten» (Fil. 4:8, énfasis añadido).
Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D.
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