Las limitaciones del ser humano son más que evidentes. Tenemos un inicio y un final. No hacemos nada para llegar a la tierra, y no podemos hacer nada para evitar salir de ella. El ser humano posee la tendencia natural de procreación (inicio de la vida), y el destino inevitable de muerte (fin de la vida). Es un ciclo repetible, predecible e inevitable. No pensamos mucho al respecto, pero este ciclo humano trae consigo un sinfín de implicaciones antropológicas. Que el ser humano no pueda decidir cómo llegar a la vida, es profundamente relevante. Es decir, la reproducción humana es el único medio por el cual el ser humano puede llegar a ser humano. Y que la muerte sea un mal incurable, es también crítico para el entendimiento humano. No podemos postergar aquello que ya está previamente destinado—la muerte. Por lo tanto, tenemos una manera predeterminada de llegar a la tierra y una de salir de ella. Es el mapa de inicio a fin que representa las más fundamental paradoja del ser humano—la vida del ser humano es la puerta que lo lleva a su muerte. El resultado del milagro de la  procreación humana, es una vida que concluirá en su eventual y trágica extinción. Procreación y extinción. Vida y muerte. Inicio y fin.

Tal vez este ciclo nos parece normal ya, pero de normal no tiene nada. Si fuera normal, ¿por qué hay tanta tristeza y llanto en los funerales?

El punto es claro. No vivimos para siempre. Tan seguro es nuestro fin, como lo fue nuestro inicio. No somos eternos. Tú no eres eterno. Pero Dios sí lo es. Y esas son muy buenas noticias.

¿Qué quiere decir que Dios es eterno?

En los términos más básicos, la eternidad de Dios quiere decir que su existencia no depende de nadie más—Dios es auto-existente y auto-suficiente. A diferencia del ser humano, Dios no está limitado a un inicio o a un final. Nada nunca ha restringido su existencia. Dios es—siempre es. Desde antes del inicio, Dios es. Dentro de la esfera de la “eternidad” de Dios, el tiempo no es un factor que dibuje las limitaciones que nosotros sí tenemos. Por ejemplo, como seres humanos tenemos una fecha de nacimiento y una de defunción, pero Dios no.

Desde luego que esto es imposible de comprender completamente para una mente que funciona dentro de las restricciones del tiempo. Somos presos del tiempo, no conocemos otra manera de vivir. Todo tiene un inicio y un final en la esfera humana. Pero la eternidad de Dios es lo que da un sentido de identidad y seguridad al humano. Nadie trajo a Dios al mundo. Nadie creó a Dios. Él siempre es.

Nadie trajo a Dios al mundo. Nadie creó a Dios. Él siempre es.

El teólogo Heath Lambert explica, “La infinidad de Dios habla de que es libre de cualquier limitación para ser Dios. Los teólogos a menudo hablan de la infinidad de Dios de tres maneras. La infinidad de Dios con respecto al tiempo se llama “eternidad”. Dios ha existido desde el pasado eterno y continuará existiendo en el futuro eterno. La existencia humana está limitada por el tiempo. La existencia de Dios no lo está.”[1]

Eso fue lo que Dios le enseñó a Moisés, cuando éste le preguntó su nombre. Dios le respondió diciendo, “YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: «YO SOY me ha enviado a vosotros»”, (Ex. 3:14). Dios es Dios y siempre ha sido Dios. La mejor manera de describir la eternidad es, “Dios”. Dios es la eternidad—nadie más disfruta de ese atributo. El ser eterno habla de su poder soberano sobre la creación. Todo lo creado, lo que vemos y lo que no vemos, está subyugado a la eternidad de Dios. Nada ni nadie podría existir si Dios no hubiese existido desde siempre. En otras palabras, no estaríamos aquí si Dios no hubiese sido siempre. ¿Por qué? Porque si Dios no es eterno, entonces quiere decir que algún otro “ente” creó a Dios. Y si ese “ente” no hubiese creado a Dios, entonces nada de lo que Dios habría de haber creado pudiese haber sido creado. No nada más esto, si Dios hubiese sido creado por otro “ente”, entonces ese “ente” sería “Dios” por definición, y el Dios revelado en las Escrituras no sería Dios.

El punto es éste, el atributo de “eternidad” es un atributo no comunicable a nadie más. Es exclusivo de Dios. Es característico de su soberanía y poder por sobre todas las cosas.

Los teólogos John MacArthur y Richard Mayhue escriben, “Dios trasciende perfectamente cualquier limitación de tiempo, de modo que no tiene principio, ni fin, ni vive la experiencia de su ser ni su conciencia de cualquier otra realidad en una sucesión de momentos”.[2] De tal forma que la eternidad de Dios es fundamental para un entendimiento integral de quién es él. Un Dios que no es eterno, no es Dios, es una criatura. El ser humano es una criatura, y es por eso que nuestra tendencia es indagar acerca de nuestro origen. Reconocemos nuestras limitaciones, y buscamos a alguien que no las tenga.

¿Cómo me afecta que Dios sea eterno?

La eternidad de Dios es un atributo de su divinidad que directamente impacta nuestra mortalidad. Como seres humanos estamos conscientes de nuestra terrible temporalidad y fragilidad. Saber que Dios es eterno, aún cuando nosotros no lo somos, transforma radicalmente nuestra manera de vivir, nuestra manera de entender la vida en el presente y nuestra esperanza de vida en el futuro. Hay dos maneras en las que la eternidad de Dios nos afecta directamente.

Primero, la eternidad de Dios nos asegura que podemos confiar en él en el presente

El hecho de que Dios es eterno, nos habla de su inmutabilidad en toda su persona, carácter y naturaleza. El autor de Hebreos nos recuerda que, “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). Dios nunca cambia porque Dios siempre es. Tú y yo vivimos en un mundo donde todo cambia constantemente. Los gobiernos cambian; los candidatos cambian una vez que llegan al gobierno; las familias, los padres y los hijos cambian según la etapa en la que se encuentren. Pero Dios nunca cambia. Dios siempre es, porque Dios siempre es Dios. De tal forma que podemos confiar en él. En tu vida, con tus hijos, en tus problemas o en medio de tu dolor, confía en Dios. Dios sabe, tú no. Dios siempre es, tú no. Tu estabilidad financiera, tu presente, tus logros o tu empleo pende de una frágil cuerda—en cualquier momento todo puede cambiar de manera inesperada para ti. Pero nada puede mover de su trono a nuestro eterno Rey. Por lo tanto, confía en él. Tú no sabes que no sabes, pero Dios sí. No seamos obstinados en desconfiar de aquel que dio todo por amor a nosotros (Jn. 3:16). Dios se hizo carne para intersectar nuestra historia, para que la barrera del tiempo sea destruida por su eternidad, para que el ser humano no esté atado más a este mundo obscuro, hostil, frágil y cambiante. Dios vino a rescatarnos y darnos vida eterna—confía en Él, nunca te arrepentirás.

Segundo, la eternidad de Dios da seguridad para nuestro futuro

Que Dios es eterno no solo nos anima a confiar en él en el presente, también nos ayuda a encontrar seguridad por lo futuro. Todos podemos planear y desear por lo mejor en la vida, pero son planes basados en nuestra inevitable debilidad. Piénsalo por un minuto. ¿Seguro de vida? Por si te mueres. ¿Seguro de desempleo? Por si nadie te contrata. ¿Seguro de auto? Por si chocas. ¿Seguro de discapacidad? Por si estás incapacitado para laborar. ¿Ahorro para jubilación? Para cuando tu edad no te permita trabajar. ¿Seguro médico? Por si te enfermas.

Querido lector, el mundo sin Dios es un mundo lleno de desesperanza. No sabemos las particularidades de nuestro futuro, claro, pero sí sabemos las generalidades de él. Sabemos que tendremos problemas, que nos enfermaremos, enfrentaremos dificultades y eventualmente saldremos de esta tierra a través de la muerte. ¡Cómo no tener a más de doscientos cincuenta millones de personas en depresión![3] Solo conocemos decadencia, inseguridad, debilidad. Si tu confianza está puesta en aquello que es tan frágil y cambiante, rápidamente serás decepcionado. Pero si tu confianza está en aquél que es eterno, que lo sabe todo y que lo creó todo, entonces tu confianza solo se solidificará más en el que “nos escogió en él antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:4).

Las Escrituras no nada más revelan que Dios es eterno, sino que también nos enseñan que nosotros participaremos de su eternidad. Estamos en la tierra por solo un tiempo, y pronto disfrutaremos de la plena vida eterna que Jesús ha prometido. Esto es realmente hermoso: un Dios eterno que ofrece eternidad a un ser mortal. Jesús dijo, “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”, (Jn. 10:27, 28).

¿A qué se refería Jesús cuando ofrecía vida eterna? Sin lugar a dudas hay tres aspectos de vida eterna a los que Jesús se refería.

En primer lugar, Jesús hablaba de una vida eterna en el presente. Los creyentes no estamos muertos, sino tenemos vida y la tenemos en abundancia ya (Jn. 10:10). Somos una nueva criatura en Cristo y ya “probamos de la benignidad del Señor” (1 P. 2:3).

En segundo lugar, Jesús hablaba de vida eterna después de la muerte. Cuando los creyentes mueren, inmediatamente están al lado de su Señor (Fil. 1:23). Disfrutan de su presencia y son ajenos de dolor y sufrimiento. A unos minutos de morir crucificado, Jesús tuvo una reveladora conversación con el ladrón colgado a su lado. Lucas 23:42, 43 describe que el ladrón, “…decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Él le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.”. La vida terrenal sucumbe ante el poder de la vida eterna que Jesús ofrece. La muerte se queda sin efectos sobre los que han recibido vida eterna. Pero sin lugar a dudas, cuando Jesús ofrecía vida eterna, había un tercero y más fundamental aspecto que necesitamos considerar.

En tercer lugar, cuando Jesús ofrecía vida terna, él hablaba de nuestra futura resurrección. De nuevo, solo un Dios que es eterno puede ofrecer vida eterna, y la vida eterna que Jesús nos da encuentra su punto cúspide en la futura resurrección. Jesús dijo, “…Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá”, (Jn. 11:25). Esperamos ansiosamente que, “… y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Devorada ha sido la muerte en victoria.” (1 Co. 15:54). Nuestra resurrección futura será la culminación de nuestra glorificación. Tendremos cuerpos perfectos, nuevos y sin pecado. Y entonces estaremos listos para disfrutar de la eternidad al lado del eterno Dios. Será allí que cantaremos un canto al Cordero, diciendo, “… tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra.” (Ap. 5:9, 10).

La plena culminación del reino de Dios será la plenitud de la eternidad que Dios comparta con nosotros. Estaremos con él por siempre—seres que una vez fuimos mortales, habremos sido hechos inmortales. Seres que alguna vez estuvieron atados a las cadenas del tiempo, decadencia y muerte, habremos sido liberados para vivir lejos de las restricciones del tiempo. Viviremos eternamente con el Dios que siempre es eterno. Viviremos adorando a aquel que se merece toda adoración y él será el objeto de toda gloria y honra. No hay nadie más que se merezca nuestra adoración, solo Dios. Desde hoy y para siempre.

Tu vida debe ser sinceramente afectada por la realidad de que Dios es eterno, y que ha decidido desde antes de los tiempos, guiarte hacia la eternidad con él. Una eternidad sin él es puro tormento. Una eternidad con él es vida gloriosa.

Conclusión

No hay palabras que puedan ayudarnos a entender completamente la eternidad de Dios—nuestra mente simplemente no puede ver aquello que no existe en nuestra dimensión. Pero las vivas descripciones y claras explicaciones de las Escrituras nos dan lo que necesitamos. Dios es eterno, nosotros no. Pero en su soberanía, Dios ha dado vida eterna a todo aquel que cree en él. Su evangelio es un evangelio que va a “contra-tiempo”. Han pasado siglos desde que Jesús lo predicó y sigue cambiando vidas, sigue transformando a personas y continúa anunciando que el Rey eterno vino a esta tierra para salvar a aquellos que estaban destinados a una eternidad sin él. El Rey vino, rescató, restauró y dio vida a sus hijos. Vida eterna de parte del Dios eterno.

Tu vida debe ser sinceramente afectada por la realidad de que Dios es eterno, y que ha decidido desde antes de los tiempos, guiarte hacia la eternidad con él. Una eternidad sin él es puro tormento. Una eternidad con él es vida gloriosa.


[1] Heath Lambert, Teología de la consejería bíblica. Fundamentos doctrinales del ministerio de consejería (Sebring, FL: Editorial EBI, 2020) 77.

[2] John MacArthur; Richard Mayhue, Teología sistemática. Un estudio profundo de la doctrina bíblica, (Grand Rapids: Portavoz, 2018) 175.

[3] «Global, regional, and national incidence, prevalence, and years lived with disability for 354 diseases and injuries for 195 countries and territories, 1990–2017: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2017» The Lancet, visitado el 20 de mayo 2021. https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(18)32279-7/fulltext


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