Era el hombre más impresionante de la sala. Cuando pasaba, todos se giraban para mirarlo. Desde luego, su físico era imponente: alto, fuerte y perfecto. Pero, eso no era todo. Generaba un aura de seguridad, un halo de conquistador, que lo hacía irresistible. Sus conversaciones siempre giraban en torno a sus victorias, sus hazañas y sus conquistas. Ya fuera en la oficina, en la cafetería o en el gimnasio, era el centro indiscutible de atención. Lo tenía todo. 

Todos hemos conocido a ese hombre. Incluso, en algunos momentos de nuestra vida, hemos deseado ser ese mismo hombre. Hemos hecho sacrificios físicos y verdaderos esfuerzos para ser capaces de sentirnos deseados, de ser duros y admirados. Hemos pensado que la fortaleza consiste en poder alcanzar lo que deseamos, tomar lo que queremos y pisar todo lo que estorba. Hemos pensado que un hombre auténtico es aquel que es capaz de subirse sobre lo que sea, para mirar a los demás desde allí arriba, como el macho alfa indiscutido. 

Hoy quiero hablar de ese hombre, del que gira miradas, del que conquista mujeres, de la viva imagen de un macho alfa. Voy a hablar de Sansón. No del cuento infantil de escuela dominical, con su cabello recién duchado ondeando al viento, mientras aplasta ejércitos empuñando la mandíbula de un burro, sino del Sansón real, el que vemos en el libro de los Jueces, capítulos 13 al 16. Quiero hablar de él porque Sansón es ese ídolo moderno hecho carne bíblica: el hombre que lo tenía todo, que confundió la masculinidad con el derecho de tomar lo que quisiera, y que, por eso mismo, lo perdió todo. Sansón es la prueba más evidente de que puedes tener músculos de acero, valentía y respeto de todos y, al mismo tiempo, ser el esclavo más patético del universo. 

El ídolo que todos deseamos ser

Si Sansón viviera hoy, sería el ídolo de las masas. Su Instagram tendría miles de seguidores y sus publicaciones levantando pesas en el gimnasio serían trending topic en X. Sus abdominales coparían los anuncios de proteínas y las damas soñarían por estar junto a un «hombre de verdad» como él. Físico envidiable, invencible en la pelea, rebelde con las reglas, sexualmente activo con quien quiere y cuando quiere, así sería. 

Hay muchos hombres hoy en día que envidian esa vida y desean ser ese varón que ejemplifica Sansón. Rechazan, y con razón, el feminismo y lo «woke», así que abrazan a su opuesto: el hombre de verdad, macho, rudo y poderoso. Ese que, indiscutiblemente, exhibe los rasgos propios de un hombre y da rienda suelta a su pasión varonil y a la testosterona que inunda su torrente sanguíneo. 

Incluso hay un gran movimiento que intenta proponer que este es el modelo que deben seguir los hombres cristianos. Para desvincularse totalmente de la «feminización» de la religión y, para luchar contra el gigante de la ideología LGTBI en el mundo, proponen luchar por un cristianismo puramente macho, donde los varones de Dios sean puros Sansones: fuertes, conquistadores y rebeldes. Si el mundo vende hombres afeminados, nosotros deberíamos ver el dominio propio como debilidad y la agresividad como virtud. 

Pero, hay un terrible problema con este modelo masculino: no es real. Ese no es el plan que Dios tenía para la masculinidad, y el ejemplo de Sansón lo expone con toda su crudeza. El camino del macho alfa no es una liberación, es una cadena de hierro que nosotros mismos nos anclamos al cuello. 

El diagnóstico de un hombre débil

Jueces 14 muestra un patrón terriblemente evidente. Sansón ve a una mujer filistea y la quiere. Punto. No razona más allá: «Vi en Timnat a una mujer de las hijas de los filisteos; ahora pues, tomádmela por mujer… porque ella me agrada» (Jue. 14:2-3). Después, mata a un león con sus propias manos (Jue. 14:6). Cuando, más tarde, ve miel en el cadáver del león, la toma y la come (Jue. 14:8-9). Tiempo más tarde, ve a una prostituta de Gaza, le gusta y se acuesta con ella (Jue. 16:1). Más tarde, se fija en Dalila y también la toma para sí (Jue. 16:4). 

¿Ves el patrón? Sansón tiene un principio que rige su vida: «quiero todo lo que veo, y tomo todo lo que quiero». Esa es su debilidad. 

Un hombre que no puede decirse «no» a sí mismo no es un hombre fuerte, sin importar el tamaño de sus músculos o de su cuenta corriente. El hombre que hace todo lo que quiere no es libre, es un esclavo de la peor calaña (2 P. 2:19). Un hombre que no controla sus ojos, sus apetitos y sus impulsos es un hombre que lleva sus propias cadenas con orgullo y, aunque las llame «libertad», eso no le hace más libre. Sansón quiso vivir una existencia egoísta sin pagar las consecuencias, pero el relato bíblico es claro, las deudas siempre se cobran. 

Si seguimos leyendo los siguientes capítulos, vemos más cosas acerca de este hombre. A pesar de tener una tremenda fuerza, fruto de la bendición divina, él jamás usó esa fuerza para algo realmente grande. Si leemos los capítulos 15 y 16, descubrimos que cada una de las «hazañas» de este hombre nacen de una motivación tristemente pequeña: una venganza personal, un capricho o un berrinche de un adolescente con superfuerza. 

Los filisteos matan a su esposa, así que se venga a sangre y fuego (Jue. 15:6-8). Después, mata a treinta hombres para pagar una apuesta que él mismo había provocado con un engaño (Jue. 14:19). Ata antorchas encendidas a trescientas zorras para quemar los campos de los filisteos como represalia personal (Jue. 15:4-5). Mata a mil hombres con la quijada de un asno porque le apetece (Jue. 15:15). En ningún momento de toda su espectacular historia le encontramos construyendo algo o consolando a alguien. No le vemos discipulando, adorando a Dios o preparando una operación defensiva para los suyos. Sansón jamás usó la gran fuerza que Dios le dio para algo mayor que él mismo y sus deseos y caprichos. 

Este hombre, queriendo ser el más fuerte, se convirtió en la caricatura del macho alfa: un hombre que reacciona con violencia ante cualquier afrenta, que persigue a las mujeres como trofeos, que desprecia la vulnerabilidad y que llama «fortaleza» a lo que, realmente, es una coraza de cristal. Ten cuidado con esto. Un hombre que convierte su masculinidad en una caricatura no es más hombre, todo lo contrario. Se hace un niño musculado sin madurez alguna. Un niño grande que destroza todo lo que toca.

Durmiendo con tu enemigo

En el capítulo 16 del libro de Jueces, vemos a Sansón en la cama con la última de sus conquistas. El mundo está a sus pies. Todo lo que ha mirado, lo ha deseado. Todo lo que ha deseado, lo ha conquistado. Parece la misma imagen del éxito masculino. Parece. Pero, no lo es. 

Su vida de éxito le ha cegado ante la realidad más aterradora y más palpable de toda su existencia. Una y otra vez, Dalila, el nuevo trofeo, le pregunta por la razón de su fuerza. Una y otra vez, él la prueba, y ella demuestra ser tan mentirosa y engañosa como él. Así ocurre cuatro veces. Ella pregunta la razón de su fuerza, él miente, ella lo intenta entregar usando esa información, y él se libera. Una y otra vez. Su relación se ahonda cada vez más en una espiral de mentira, en la que cada uno se aprovecha del otro cada vez más. 

Pero, a la cuarta vez, algo cambia. El hombre más fuerte de la historia, simplemente cede. «Como ella le presionaba diariamente con sus palabras y le apremiaba, su alma se angustió hasta la muerte» (Jue. 16:16). Sansón cae ante la presión de una mujer que lleva semanas intentando entregarlo al enemigo. 

¿Por qué? ¿Por qué un hombre tan fuerte se rinde ante alguien que sabe que está traicionándolo? ¿Por qué entrega el secreto más valioso de su existencia a una embustera que quiere matarlo? La razón es muy sencilla. Sansón era un hombre débil. Aunque fuera capaz de empuñar un hueso y convertirlo en un arma de destrucción masiva. Era un niño caprichoso, incapaz de decirse «no» a sí mismo. 

El mayor enemigo de Sansón no eran los filisteos. Su verdadero enemigo era alguien que dormía en su misma cama. Y no estoy hablando de Dalila, hablo de Sansón mismo. El texto lo dice con una claridad cristalina: «pero no sabía que el SEÑOR se había apartado de él» (Jue. 16:20). Sansón se dio cuenta de la consecuencia más terrible de vivir solo para uno mismo, aunque lo hizo demasiado tarde. El peaje de su egoísmo patológico no fue «sencillamente» una derrota militar, las frías cadenas o el que le arrancaran los ojos. Lo más terrorífico de su actitud es que Dios puede apartar su mirada de un hombre, y ese hombre ni siquiera se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde. 

Dios abandonó al hombre bendecido con fuerza sobrehumana. Lo hizo porque estaba usando tanto como había recibido para edificar su propio reino, para vivir para su propio apetito, lo hizo porque no supo identificar a su propio enemigo, el que dormía en su misma cama, él mismo.

Mata al hombre para ser un hombre

Pero hay una última escena de la vida de Sansón a la que mirar, una que lo cambia todo. 

Ciego, encadenado y acabado, sirve como un mono de feria en una fiesta de los filisteos. Su fuerza le ha abandonado, las conquistas se han esfumado y le han rapado el pelo. Pero, en medio de su derrota, hace una pequeña oración al mismo Dios que había desdeñado durante toda su vida: «Señor DIOS, te ruego que te acuerdes de mí, y te suplico que me des fuerzas solo esta vez, oh Dios, para vengarme ahora de los filisteos por mis dos ojos» (Jue. 16:28). 

No fue una oración modélica. Muchos se escandalizarían de escucharla en una iglesia. Aun así, acudió a Dios reconociendo su extrema necesidad de Él. Esta es la única oración de Sansón registrada en toda la Biblia. Es la única vez en que reconoce su dependencia de Dios. No es una oración perfecta, pero es suficiente. 

Hay una dolorosa lección para todos nosotros: en ocasiones, necesitamos que Dios nos arranque los ojos para ser capaces de comenzar a ver la realidad. Sansón, con toda su fuerza y su encanto personal solo era un niño perdido que necesitaba desesperadamente de Dios, en cada momento de su vida. 

Sin embargo, de nuevo, para poder luchar contra la masculinidad tóxica que encarna Sansón, debemos mirar más allá de él. Existe otro hombre que tuvo un poder aún mayor que nuestro protagonista. Ese hombre afirmó delante de un procurador romano que tenía autoridad sobre doce legiones de ángeles esperando una orden suya para acabar con todo para salvarlo (Mt. 26:53). Un hombre ante quien los soldados que vinieron a prenderle cayeron fulminados al suelo al escuchar Su voz (Jn. 18:6). Él no empuñaba quijadas de burros, empuñaba la soberanía absoluta. 

Y usó Su poder de manera exactamente opuesta a Sansón. 

Jesús no usaba Su poder para alcanzar el éxito o el placer. No tomó lo que Sus ojos deseaban. No usó Su fuerza para vengarse de Sus enemigos ni para construirse fama. Él usó Su terrible poder para someterse voluntariamente a la voluntad de Su Padre, para servir a los que todos habían desechado y no podían devolvérselo. Jesús fue libre porque fue obediente a Su Dios. Donde Sansón construyó su identidad sobre su voluntad y su fuerza, Jesús la construyó sobre la voluntad de Su Padre y sobre la cruz. 

Y ahí está el reto, varón. El mundo te dirá que tienes que ser un hombre como Sansón. Toma lo que quieres, no rindas cuentas ante nadie, impón tu fuerza. Pero la Biblia te dice algo muy diferente. Sé como Jesús, el hombre más libre que jamás ha existido, el que dijo «no se haga mi voluntad, sino la Tuya» (Lc. 22:42). La verdadera hombría no es añadir poder sin control, sino cultivar el dominio propio, y rendirlo delante de tu Creador. 

Ser un hombre maduro requiere identificar a nuestro verdadero enemigo, el que duerme en nuestra misma cama, yo. Debemos matar a nuestro enemigo, a ese que quiere lo que ve, al que reacciona sin pensar, a ese niño que confunde el capricho con la libertad y la agresividad con la fuerza. Pablo lo llama «viejo hombre» (Ef. 4:22). ¿Cómo podemos matarlo? No es a base de fuerza de voluntad, eso es lo que Sansón no tenía, y yo tengo bastante poca. La única manera que tenemos de derrotar a nuestro peor enemigo es mirar a Cristo y rogando el domino propio que nos da el Espíritu Santo (Gá. 5:22-23). 

Así pues, varón, deja de envidiar a Sansón, o a cualquiera de los Sansones que puedes conocer hoy en día. Sé lo que Sansón jamás fue: un hombre con la fuerza suficiente para identificar a su enemigo a tiempo, agarrar la mano de Jesús y decirte «no» a ti mismo. Sé el hombre que usa lo que Dios le ha dado para proteger y para construir, no para consumir y destruir. Sé un hombre que no mide su masculinidad en músculos o en conquistas, sino en carácter y en integridad. 


La Mano que mueve al mundo

En un tiempo en que los grandes poderes políticos y económicos maniobran para luchar contra nuestro Señor y Su reino, podemos tener nuestra mirada y nuestra confianza afianzadas en La Mano que mueve al mundo, mientras buscamos ser súbditos fieles de Su precioso reino.


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