Un pequeño libro sobre un gran problema es un devocional de cincuenta meditaciones breves que Edward T. Welch escribió sobre el enojo, la paciencia y la paz. Estas tres van seguidas en el libro y forman un solo argumento: el enojo tiene un destinatario que casi nunca vemos.
El enojo es contra Dios
El enojo parece no tener nada que ver con Dios. Sin embargo, tiene que ver.
Es ceguera: podemos estar ciegos a nuestro enojo, y podemos no ver la forma en que nuestro enojo contiene un mensaje acerca de Dios.
El enojo tiene lugar cuando algo o alguien se interpone a nuestros deseos egoístas. Cuando esos deseos se vuelven tan importantes, esto está diciendo algo muy significativo sobre nuestra relación con Dios. Así que, para que no haya ningún malentendido sobre un asunto tan vital, Santiago se dirige a nosotros de manera bastante directa. Esto es lo que dice sobre nuestro enojo:
«¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Stg. 4:4).
Estas son palabras muy fuertes. Al correr detrás de nuestros deseos egoístas, le hemos dado la espalda a Dios a fin de tener una adúltera amistad con el mundo. Y así como los que cometen adulterio rara vez piensan en sus cónyuges, nosotros no estamos pensando en Dios. Simplemente, queremos alguna otra cosa o a otra persona; al menos, por un tiempo. Nuestro egoísmo nos enceguece con respecto a la traición. Queremos lo que nosotros queremos, y no queremos a Dios. Creemos que la independencia es la mejor estrategia. Al menos por el momento, nos hemos convertido en enemigos de Dios.
Hay mucho odio dando vueltas cuando nos enojamos. Odiamos a la otra persona y odiamos a Dios.
Es asombroso que la respuesta de Dios a nuestro odio es identificarse a Sí mismo como el esposo celoso que quiere que volvamos (Stg. 4:5). Dios nos acerca hacia Sí ante el más mínimo gesto de aceptación que le hacemos.
En tu enojo, ¿qué estás diciéndole realmente a Dios?
Pedir perdón
El deseo egoísta del rey David se había vuelto insaciable. Tomó a una mujer que no era suya y, básicamente, asesinó al esposo de ella como parte del encubrimiento. Había hecho mal a muchas personas. Pero cuando todo salió a la luz, confesó que su pecado era primeramente contra Dios: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» (Sal. 51:4).
Sin duda, David sabía que había pecado contra una mujer y su familia, y contra toda la nación. Esos asuntos serían tratados posteriormente. Pero tenía que comenzar con la realidad de que su pecado era contra Dios, y pidió perdón.
El enojo, asimismo, es primero y principalmente contra Dios. Puede parecer que es contra otra persona o debido a una situación difícil, pero esas son solo circunstancias para que se exprese. El enojo es contra Dios porque Él es quien dirige los detalles de nuestra vida. En realidad, en nuestro enojo o furia, hemos decidido que queremos ser Dios, en lugar de someternos a Él; como si fuéramos a obtener mejores resultados.
El enojo es contra Dios porque Él es quien dirige los detalles de nuestra vida.
Este es un buen momento para pedir perdón. Si pides perdón por tu egoísmo airado, sé específico con respecto a que fue contra Dios. Si no estás seguro de cómo expresarlo, podrías decir algo como esto:
Por favor, perdóname por querer ser Dios en lugar de adorarte. Te ruego que me perdones por decir en mi enojo: «MI voluntad sea hecha» en vez de la tuya. Por favor, perdóname por querer estar por encima de todo y elevarme como juez en lugar de vivir bajo tu soberanía.
Aquí está: humildad. Lo opuesto al enojo. El camino de la sabiduría. La confesión es prueba de que Dios te está ayudando a ver las cosas con más claridad. Es evidencia de que está contigo. Puedes estar seguro de que el Espíritu que inspira tu confesión procede del mismo Dios que se deleita en perdonar.
Cuando pedimos perdón, reconocemos que nuestro enojo es real. En respuesta, el Señor dice: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados» (Is. 43:25). Dios no nos perdona porque decidimos no volver a enojarnos nunca. Nos perdona debido a Su decisión de perdonar a todos los que acuden a Él.
Todo esto nos recuerda que nuestro Dios no es una invención humana. Si lo fuera, se irritaría y se enojaría contra Sus hijos enojados, como lo haríamos nosotros. Borraría a todos los que continuaran con su enojo y pondría a los arrepentidos en capilla por un tiempo para que aprendieran la lección, al igual que nosotros. En cambio, Dios sorprende constantemente. Muestra misericordia. Nos presentamos delante del Dios verdadero que perdona, pero no porque seamos dignos de Su perdón ni porque hayamos pedido perdón. Dios perdona porque nos ama, y ha hecho posible el perdón mediante el sacrificio de Jesucristo; y Su perdón trae honra a Su nombre.
¿Has confesado tu enojo?
El Dios que perdona
Tenemos una relación compleja con el Señor. A veces, queremos simplemente estar enojados, y Él se interpone en el camino. Otras veces, querríamos acudir a Él, pero nos sentimos indignos. Incluso podríamos llegar a pensar que la mejor manera de mostrar contrición es sentenciarnos a confinamiento solitario y no hablarle por un tiempo.
Podemos ser arrogantes o sentirnos indignos. Cualquiera que sea el caso, estamos errando el blanco.
En respuesta, Dios nos sorprende, diciendo:
«¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado» (Éx. 34:6-7).
Esta es la manera en que Dios se reveló a los israelitas que acababan de traicionarlo adorando un becerro de oro que habían hecho con sus propias manos, poco después de que Él los rescatara de Egipto. En realidad, eran arrogantes y no escucharon al Señor.
Si con ellos, también con nosotros. Si el Señor fue misericordioso y bondadoso con ellos, Él no ha cambiado y también lo será con nosotros, independientemente de cuán asesinos podamos ser cuando estamos enojados.
Puedes estar seguro de esto: nuestro Dios siempre está invitando, siempre está listo para mostrar misericordia, aun antes de que acudamos a Él. Dice en Romanos: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor» (10:21).
Cuando Jesús entregó Su vida y conquistó la muerte, les aseguró a los que creen el perdón de los pecados. El pecado merece la muerte —el enojo merece la muerte—, y Jesús fue el que tomó sobre Sí esa muerte. ¿Por qué? ¿Quién es capaz de discernir tales misterios de amor? Nunca lo entenderemos por completo, pero podemos honrar y seguir a Aquel que ama y perdona, y pedirle que nos enseñe más de ese amor (Ef. 3:14-19).
La regla es la siguiente: dondequiera que comiences —enojo, culpa, deseo egoísta, contrición o deseo de cambiar—, termina con Dios y Su bondad. Si lees Salmos, la mayoría de ellos concluyen de esta manera, y nosotros aspiramos a seguir ese mismo patrón (ver Sal. 103:8).
Disfruta de este perdón. Habla de este perdón con un amigo. Dile al Señor: «Gracias».
Este artículo es un extracto del libro Un pequeño libro sobre un gran problema, publicado por Editorial EBI.
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Lee también: ¿Qué es el enojo? y Tu enojo y el Evangelio.
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