¿Cómo debería sentirse la vida cristiana? ¿Qué impresión tendrías sobre este tema después de pasar una semana en un campamento de verano para adolescentes, escuchar constantemente música cristiana popular o asistir a una conferencia con un grupo de predicadores «apasionados» y muy conocidos? Fácilmente podrías terminar con una perspectiva desequilibrada, esperando que caminar con Dios implique vivir en un estado casi ininterrumpido de euforia espiritual. Y cuando esa clase de emoción no caracteriza tu experiencia, podrías comenzar a preguntarte si tu fe es realmente auténtica. En los artículos anteriores abordé algunos conceptos equivocados acerca de la gracia y la santificación. Ahora quiero presentar una tercera posible razón por la que algunas personas llegan a la conclusión de que el cristianismo no «funcionó» para ellas: expectativas poco realistas respecto al papel de las emociones en la vida cristiana.
Serie «El cristianismo no funcionó para mí», de Ken Casillas, en 3 partes.
Parte 1: la gracia · Parte 2: la santificación · Parte 3: las emociones (estás aquí)
Desde una perspectiva bíblica, la respuesta a esta cuestión podría parecer sencilla. Después de todo, encontramos pasajes muy claros como los siguientes (énfasis añadido):
- «Pero alégrense todos los que en Ti se refugian; para siempre canten con júbilo, porque Tú los proteges; regocíjense en Ti los que aman Tu nombre» (Sal. 5:11).
- «Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo…» (Gá. 5:22).
- «Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!» (Fil. 4:4).
- «A quien sin haber visto, ustedes lo aman, y a quien ahora no ven, pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria» (1 P. 1:8).
¿Pero es esto todo lo que la Biblia tiene que decir sobre el tema? Quisiera presentar tres afirmaciones que reflejan de manera más completa el papel que desempeñan las emociones en la vida cristiana.
Una amplia gama de emociones
Para comenzar, la Escritura presenta la vida emocional del creyente como algo extraordinariamente diverso: un rico entramado que desafía los clichés y las fórmulas simplistas. Sin restar importancia a los cuatro pasajes sobre el gozo citados anteriormente, permíteme señalar algunos contrastes que aparecen en el contexto de esos mismos pasajes (énfasis añadido):
- «Escucha mis palabras, oh Señor; considera mi lamento» (Sal. 5:1).
- «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes» (Gá. 4:19).
- «Pero creí necesario enviarles a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero de lucha, quien también es su mensajero y servidor para mis necesidades. Porque él los extrañaba a todos, y estaba angustiado porque ustedes habían oído que se había enfermado. Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir. Pero Dios tuvo misericordia de él, y no solo de él, sino también de mí, para que yo no tuviera tristeza sobre tristeza. Así que lo he enviado con mayor solicitud, para que al verlo de nuevo, se regocijen y yo esté más tranquilo en cuanto a ustedes» (Fil. 2:25-28).
- «En lo cual ustedes se regocijan grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, sean afligidos con diversas pruebas» (1 P. 1:6). ¡Este versículo habla de gozo y de aflicción al mismo tiempo!
A estos pasajes podríamos añadir muchos otros datos de la Escritura. Consideremos algunos de los más destacados:
- Los salmos de lamento constituyen el tipo de salmo más abundante y representan casi la mitad de las composiciones del «himnario» inspirado por Dios para la adoración. ¿Se acerca siquiera la himnología moderna a esa proporción?
- Eclesiastés 3:4 dice que hay «tiempo de llorar» y también «tiempo de reír». Y ambos forman parte de la afirmación de que Dios «ha hecho todo apropiado a su tiempo» (v. 11).
- Nuestro perfecto Salvador fue «Varón de dolores y experimentado en aflicción» (Is. 53:3). Lloró por la muerte de Lázaro (Jn. 11:35) y también por la Jerusalén que no se arrepentía (Lc. 19:41-44). Por lo tanto, la tristeza no puede ser inherentemente pecaminosa ni siempre indeseable.
- Pablo mismo experimentó una amplia gama de emociones. Apenas unos capítulos antes de exhortar a los romanos a estar «gozándose en la esperanza» (Ro. 12:12), confesó: «Tengo una gran tristeza y continuo dolor en mi corazón» debido a la condición perdida de sus compatriotas judíos (Ro. 9:2). De manera semejante, 2 Corintios 6:10 resume esta paradoja con gran precisión: «como entristecidos, pero siempre gozosos» (cf. 2 Co. 4:8-9).
Diversas influencias
Si deseas profundizar en una teología bíblica de las emociones, te recomiendo el fascinante libro Mood Tides, de Ron Horton. Sin embargo, ahora debo pasar al siguiente punto, uno que no se basa tanto en la Escritura como en el sentido común: diversos factores influyen en nuestras emociones.
Si hoy has estado irritable, es muy posible que se deba a que anoche no dormiste lo suficiente o no descansaste bien. La alimentación también influye en cómo nos sentimos, aunque quizá la semana de Acción de Gracias no sea el mejor momento para hablar de los altibajos que provoca el exceso de azúcar. La relación entre nuestro cuerpo y nuestras emociones sigue siendo, en muchos aspectos, un misterio, especialmente cuando entra en juego la personalidad. Sin embargo, es evidente que nuestra constitución genética influye de manera considerable tanto en la intensidad como en el alcance de nuestra vida emocional. Algunas personas son, por naturaleza, más optimistas; otras, más melancólicas. Y otras parecen mantener siempre un temperamento equilibrado.
Las circunstancias externas también influyen en nuestras emociones. La Biblia reconoce esta realidad y nos exhorta a tratar con compasión y prudencia a quienes están sufriendo. «Como el que se quita la ropa en día de frío, o como el vinagre sobre la lejía, es el que canta canciones a un corazón afligido» (Pr. 25:20).
Por lo tanto, las emociones no están bajo el control directo o, al menos, primario de nuestra voluntad. No podemos encenderlas o apagarlas como si accionáramos un interruptor. En gran medida, son respuestas a distintos estímulos. Simplemente «nos suceden». ¿Acaso «decidiste» llorar la última vez que viste una película de Hallmark? ¿Elegiste conscientemente desbordarte de emoción cuando tu equipo favorito ganó el campeonato?
¿Emoción o espiritualidad?
Lo anterior nos lleva a un tercer punto: las emociones no reflejan necesariamente nuestro estado espiritual. Las emociones negativas no significan, necesariamente, que estemos pecando o que no estemos en comunión con Dios. De la misma manera, las emociones positivas no significan, necesariamente, que amemos a Dios y estemos caminando con Él.
Sin duda, un creyente lleno del Espíritu experimentará emociones positivas hacia Dios. Sin embargo, las emociones no constituyen una prueba infalible de autenticidad. De hecho, pueden engañarnos con facilidad. Lo entendemos bien en las relaciones humanas, ¿no es así? La emoción que una pareja experimenta al besarse no demuestra que realmente se ame. Puede ser simplemente el resultado de las endorfinas y de otras sustancias químicas que estimulan los centros de placer del cerebro.
De igual manera, las emociones agradables que podemos experimentar durante los cultos de adoración no son sinónimo de las inclinaciones más profundas del alma, las cuales históricamente se han denominado afecciones religiosas o espirituales. Esto es cierto independientemente del «estilo de adoración» que se utilice. Sin embargo, parecería que los estilos contemporáneos son más propensos a engañarnos, ya que la música popular puede producir un efecto emocional tan inmediato como intenso. ¿Estamos realmente adorando al Dios santo o simplemente disfrutando de una intensa experiencia emocional? ¿O de una combinación poco saludable de ambas cosas? De hecho, incluso una respuesta emocional positiva a la predicación puede ser engañosa. «Aquellos sobre la roca son los que, cuando oyen, reciben la palabra con gozo; pero no tienen raíz profunda; creen por algún tiempo, y en el momento de la tentación sucumben» (Lc. 8:13, énfasis añadido).
Reconozco las dificultades que plantea distinguir entre las emociones y las afecciones espirituales. Incluso en la propia Escritura no siempre es fácil diferenciarlas. ¿Cómo podemos hacerlo cuando leemos pasajes como este: «Aclamen con júbilo al Señor, toda la tierra; prorrumpan y canten con gozo, canten alabanzas» (Sal. 98:4)? Además, poner un énfasis especial en examinar nuestras emociones puede resultar particularmente difícil para quienes ya tienden a una introspección excesiva.
Créeme, no pretendo juzgar el corazón de nadie; con el mío tengo suficientes problemas. Sin embargo, cada uno de nosotros necesita enfrentar las implicaciones de estas palabras: «Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jer. 17:9).
Ciertamente, no tengo todas las respuestas en cuanto a las emociones y las afecciones espirituales. Quizá la reciente tesis doctoral Understanding the Affections in the Theology of Jonathan Edwards [Comprendiendo las afecciones en la teología de Jonathan Edwards] me ayude a comprender mejor estos asuntos.1 También tengo pendiente leer Feelings and Faith: Cultivating Godly Emotions in the Christian Life [Emociones y fe: Cultivando emociones piadosas en la vida cristiana].2 Pero, en cualquier caso, cuando hay tanto en juego, ¿no deberíamos al menos hacernos preguntas sobre la diferencia entre las emociones y las afecciones espirituales? ¿No deberíamos cuidarnos de los peligros del emocionalismo?
Algunas recomendaciones prácticas
Para no terminar únicamente con preguntas, permíteme ofrecer algunas recomendaciones prácticas sobre el papel de las emociones en la vida cristiana. Confío en que, al reflexionar personalmente sobre este tema y procurar ayudar a otros, comprobarás que estas recomendaciones son fieles a la enseñanza de la Escritura. Además, agradeceré cualquier observación que desees hacer.
- No restes importancia al papel de las emociones en la vida cristiana, pero tampoco las exageres. No las consideres intrínsecamente peligrosas ni las veas como la solución para todo. Acéptalas como parte de la naturaleza humana con la que Dios nos creó, pero también como un aspecto afectado por la caída.
- Reconoce aquellas áreas en las que eres especialmente vulnerable en el plano emocional y haz todo lo que esté a tu alcance para prevenirlas y resistirlas. Tal vez necesites dormir más, especialmente antes del Día del Señor. O quizá debas levantarte y salir a correr. Después de todo, ¡las endorfinas también cuentan!
- Procura cultivar las afecciones espirituales y las emociones saludables, no de manera directa, sino mediante la búsqueda de la santificación. Por ejemplo, el pecado no confesado puede ser una de las causas de la tristeza (Sal. 32:3-4). En cambio, la meditación en la Palabra y la oración son medios por los cuales el Señor nos comunica Su gozo y Su paz (Fil. 4:4-9). No puedes calentar tu corazón por ti mismo, pero sí puedes acercarte al fuego de Dios. No estoy seguro de dónde escuché esa frase por primera vez, pero expresa muy bien una verdad fundamental acerca de la santificación.
- En un sentido más amplio, reconoce que tu «energía emocional» es limitada. Si no estás satisfecho con tus emociones (o afecciones) hacia el Señor, quizá tu vida esté demasiado llena de relaciones o actividades —incluso buenas— que están agotando tus fuerzas, de modo que ya no te queda mucho para invertir en tu caminar con Cristo.
- Arrepiéntete y confiesa al Señor tu falta de amor por Él y de gozo en Él. Pídele que renueve y fortalezca tus afecciones y emociones mientras confías en Su Palabra y haces lo que sabes que es correcto. Si mi propia experiencia sirve de alguna referencia, tendrás que hacer esto con regularidad; prácticamente todos los días.
- Permite que tus luchas con las afecciones y las emociones en esta vida aumenten tu anhelo por el gozo perfecto de la vida venidera. Solo en Su presencia eterna experimentaremos la «plenitud de gozo» (Sal. 16:11).
Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D
Lee también: 10 razones por la que los cristianos están «deconstruyendo» su fe.
Referencias y notas
- Ryan Martin McGraw, Understanding the Affections in the Theology of Jonathan Edwards. London: T&T Clark, 2015.
- Brian Borgman, Feelings and Faith: Cultivating Godly Emotions in the Christian Life. Wheaton, IL: Crossway, 2009.

Más allá del capítulo y el versículo
Ken Casillas propone un método bíblicamente coherente para aplicar las Escrituras a la vida real, ilustrado con casos de estudio.
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