La obra purificadora y regeneradora de Dios en nuestra vida debe transformar la manera en que respondemos a las circunstancias que nos rodean.
«Sé que no debería reaccionar así, pero es que es muy difícil cuando…». Variaciones de esta frase, ya sea en referencia a las circunstancias o a las personas, son algo que escuchamos con frecuencia al aconsejar a otros. Si soy completamente sincero, mi propio corazón formula versiones de esa misma frase más veces de las que quisiera. ¿Cómo podemos abordar desde las Escrituras el problema de las reacciones pecaminosas del corazón, de tal manera que no solo confrontemos el pecado, sino que también tracemos un camino claro de arrepentimiento y de crecimiento en santidad? En Su infinita sabiduría y bondad, Dios nos ha dado precisamente ese modelo en el evangelio de Jesucristo, revelado en las Escrituras. Al recorrer este pasaje —uno de mis favoritos—, espero mostrar cómo el evangelio reorienta nuestras reacciones, a partir de un texto que expone de manera magistral las verdades del evangelio.
En la carta de Pablo a Tito, el apóstol presenta a este joven pastor diversas instrucciones para el establecimiento de una nueva iglesia. Al comienzo del capítulo 3, Pablo menciona varias acciones concretas que deben caracterizar la vida de todo seguidor de Jesucristo: «Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes, a las autoridades; que sean obedientes, que estén preparados para toda buena obra. Que no injurien a nadie, que no sean contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres» (Tit. 3:1-2). Estas son precisamente el tipo de exhortaciones que nuestros aconsejados —y nosotros mismos como consejeros— solemos disfrutar al leer, pero que nos cuesta poner en práctica cuando enfrentamos circunstancias difíciles o relaciones complicadas. A partir del versículo 3, Pablo comienza a establecer la conexión entre nuestras reacciones y el evangelio.
Pablo inicia recordándonos quiénes éramos todos nosotros —y quiénes seguiríamos siendo si no fuera por la cruz de Jesucristo—: «Porque nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros» (Tit. 3:3). Este versículo presenta una inquietante combinación de descripciones que retratan tanto nuestra identidad como nuestra manera de actuar cuando estamos perdidos. Sin el evangelio, estas características constituyen el fundamento de nuestras reacciones ante el mundo que nos rodea. Cuando somos necios, respondemos a las decisiones difíciles de la vida con insensatez. Cuando somos esclavos de diversos deleites y placeres, buscamos la aprobación de los demás simplemente porque nos hace sentir bien. Cuando somos aborrecibles y nos odiamos unos a otros, nos resulta imposible controlar la lengua y reaccionamos de manera pecaminosa y desproporcionada ante las ofensas, sean reales o solo percibidas.
En este punto decisivo, Pablo introduce uno de los pasajes más conmovedores de toda la Biblia para describir la intervención radical de Dios en nuestra vida. A medida que avancemos por este texto, lo iremos desglosando para mostrar cómo el mensaje del evangelio reorienta nuestras reacciones. Pablo escribe: «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y Su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tit. 3:4-5). Dios nos salva sin que exista mérito alguno de nuestra parte; no porque hayamos sentido remordimiento, experimentado pesar por nuestro pecado o realizado alguna obra para acercarnos a Él. Él simplemente nos salva. Y el lenguaje que Pablo emplea deja en claro que esa salvación produce una transformación profunda y radical. Cuando Dios termina Su obra en nosotros, ya no somos las mismas personas que éramos antes.
Pablo aún no termina de exaltar la obra de Dios. Continúa diciendo: «…que derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por Su gracia fuéramos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna» (Tit. 3:6-7). Estos versículos continúan desarrollando la obra transformadora que Dios realiza en nuestra vida y la llevan a su punto culminante: nuestra nueva identidad. Ya no somos la suma de los terribles calificativos descritos en el versículo 3; ahora somos herederos de la vida eterna juntamente con Cristo. Es aquí donde comienza a hacerse evidente cómo el evangelio debe transformar nuestras reacciones ante el mundo que nos rodea. Ya no somos personas necias que toman decisiones insensatas. Somos herederos justificados de un reino eterno, que vivimos a partir de una mente renovada, purificada por Jesucristo y regenerada por el Espíritu Santo. Debemos afirmar, tanto para nosotros mismos como para nuestros aconsejados, que en Cristo verdaderamente somos una nueva creación (2 Co. 5:17).
Ahora bien, ¿cómo hacemos nuestra esta nueva identidad y aprendemos a vivir de acuerdo con ella? Pablo responde en Tito 3:8: «Palabra fiel es esta, y en cuanto a estas cosas quiero que hables con firmeza, para que los que han creído a Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles para los hombres» (Tit. 3:8). Frente a todo lo que implica vivir en un mundo caído —circunstancias difíciles, personas complicadas e incluso nuestros propios cuerpos quebrantados—, no podemos vivir únicamente del recuerdo del momento en que creímos. Aunque fue en ese instante cuando Dios nos salvó, Su Palabra nos enseña que debemos recordar y afirmar constantemente las verdades del evangelio, para así ocuparnos en las buenas obras a las que hemos sido llamados (Ef. 2:10).
¿Cómo podemos afirmar estas verdades con la constancia que Pablo nos exhorta a tener? No existe una práctica más fundamental para recordar continuamente las verdades del evangelio que la lectura diaria de la Palabra de Dios. No debemos dar por sentado que nuestros aconsejados saben dónde encontrar o cómo seguir algo tan sencillo como un plan de lectura bíblica. Las tareas que les asignamos deben tomar esto en cuenta, proporcionándoles un punto de partida para comenzar a leer y ayudándolos, al mismo tiempo, a mantenerse constantes en ese hábito. Junto con la lectura de la Palabra de Dios, debe existir un compromiso igualmente serio con la disciplina de la memorización de las Escrituras. Pensemos en la conducción de un automóvil. Reaccionamos casi de manera instintiva ante las señales de tránsito y los semáforos; probablemente ni siquiera somos conscientes de que nuestro pie pisa el freno cuando nos acercamos a una luz roja o a una señal de alto. Hemos llegado al punto de responder correctamente de manera natural, pero eso fue posible porque hubo un tiempo en el que dedicamos esfuerzo a aprender y memorizar esas señales. Después de haberlas aprendido, años de práctica nos han permitido (¡esperamos!) desarrollar buenos hábitos al conducir. Cuánto más valioso es dedicar tiempo a memorizar la Palabra de Dios, para que, con el paso de los años, adquiramos el hábito de responder a las circunstancias de la vida de una manera que glorifique a Dios. Debemos ayudar a nuestros aconsejados a comenzar y a perseverar en esta disciplina, tan importante como frecuentemente descuidada. Nuestro objetivo no es que simplemente tengan una nueva lista de tareas por cumplir, sino que aprendan a responder a cada situación de la vida, momento a momento, desde el evangelio y no desde la carne.
Este artículo fue publicado originalmente en Association of Certified Biblical Counselors.
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