Explora principios sobre cómo la iglesia puede ayudar cuando un matrimonio atraviesa una crisis.
Durante la pandemia global, uno de los resultados más evidentes fue el aumento en los divorcios. Las relaciones que ya eran frágiles tuvieron dificultades para soportar la presión adicional. ¿Qué puede hacer una iglesia cuando se hace evidente que un matrimonio está en crisis?
En los últimos años, me he enfrentado a más casos como estos que en cualquier otro momento de mi ministerio; por ello, he dedicado una cantidad significativa de tiempo a pensar en estrategias de intervención. ¿Qué puede hacer una iglesia? ¿Es la disciplina eclesiástica la única opción?
Antes de pasar a algunos pasos sugeridos, intentaré definir qué es un matrimonio en crisis.
¿Qué es un matrimonio en crisis?
No me refiero a una relación que enfrenta pequeños incendios esporádicos. Los matrimonios que tengo en mente son incendios forestales en toda la extensión de la palabra. Se ha amenazado con el divorcio o incluso ya se han presentado los papeles. La violencia se ha hecho pública. Se ha revelado una infidelidad. Ha salido a la luz una lucha con un pecado oculto. En un matrimonio en crisis, ha ocurrido algo que ahora pone en peligro la vida misma de la relación.[1]
Sin embargo, quisiera aclarar que, para los fines de este artículo, el abuso es una categoría desgarradora dentro de los matrimonios en crisis que requiere su propia estrategia.
Dado que el matrimonio representa la relación de Cristo con Su Iglesia, vale la pena intervenir de manera sacrificial. Hay mucho en juego, como el nombre de nuestro Señor y el bienestar de los hijos. Hay muchas otras razones. «Pues, el amor de Cristo nos apremia…» (2 Co. 5:14).
Principios que pueden ayudar
Recuerda las ventajas de cultivar una cultura de «los unos a los otros» en la iglesia. Cuando surgen estas crisis, es mucho más natural entablar conversaciones significativas, y resulta más difícil para las personas involucradas resistirse si ha habido una inversión previa en la relación. Tal vez lo primero en lo que necesitas trabajar en el ministerio es en desarrollar esa cultura como una solución a largo plazo para muchos problemas relacionados con el cuidado del alma (véase Ro. 12:4-21). Tu llamado a trabajar en la relación será más efectivo dentro del contexto de una relación personal.
Ofrece pasajes clave de la Escritura y preguntas fundamentales. Considera cómo estas preguntas y pasajes pueden ser utilizados con la pareja. ¿Cómo podría cambiar Filipenses 2:3-14 la manera en que estás abordando esta relación? ¿Cómo podría el ejemplo de nuestro Señor al lavar los pies (Jn. 13:1-17) impactar la forma en que te relacionas con tu cónyuge? ¿Qué derechos personales crees que están siendo vulnerados? ¿Cuáles son los dos o tres grandes problemas sin resolver que han levantado barreras entre ustedes?
Ofrece esperanza por medio de la Escritura, de recursos útiles y de apoyo amoroso. Esto no debe limitarse solamente al liderazgo de la iglesia. Todos los miembros del cuerpo son responsables unos de otros (Ef. 4:3).
Pídeles que detengan cualquier cosa que estén haciendo para manejar la situación. Que dejen de hablar con otras personas, que suspendan los trámites de divorcio. ¡Que dejen de echarle leña al fuego!
Acércate a ellos mediante un contacto personal. Tal vez necesites ir a buscar a la persona (Mt. 18:12-14). Hazlo lo más personal posible. El cara a cara es lo mejor, aunque también puede ser útil usar correo electrónico, mensajes de texto o llamadas telefónicas. Sé persistentemente amoroso. El principio bíblico aquí es que Dios, en Cristo, se acercó a nosotros aun cuando éramos pecadores. El tono de esta búsqueda debe ser de amor, no de dureza.
Ofrece alternativas. Hay otras opciones además de asumir que el divorcio es inevitable; por ejemplo, la mediación. Las mediaciones bíblicas son ideales para matrimonios en crisis, especialmente cuando la pareja no está dispuesta a comprometerse con una consejería matrimonial a largo plazo.[2]
Escucha con igualdad. Construye una relación amorosa y llena de esperanza con ambos cónyuges, y ten mucho cuidado de no tomar partido en un tema que está dividiendo a la pareja. No me refiero a asuntos de pecado evidente, sino a cuestiones de preferencia sobre las que han discutido, como la limpieza del hogar o la frecuencia de las relaciones sexuales. ¡Siempre hay dos versiones de la historia (Pr. 18:17)! Si tomas partido en alguno de estos asuntos, te estarás posicionando junto a uno de los cónyuges en contra del otro. Mantener una neutralidad objetiva te prepara para ministrar eficazmente a todos los involucrados.
Ofrece advertencias con amor. Durante años me ha impactado el consejo de John Bunyan: «debes cortejar y advertir». Les explico qué pueden esperar en los tribunales y cuáles son las consecuencias del divorcio. Utilizo dos recursos. El primero es un artículo secular sobre los efectos devastadores del divorcio en Estados Unidos. Puedes encontrar muchos de estos artículos en línea. También uso un excelente capítulo del libro Men Counseling Men, escrito por el consejero bíblico y abogado Ed Wilde, que ofrece una imagen realista de lo que sucede en un tribunal de divorcio. El propósito es dejar claro que el juicio de divorcio es peor de lo que imaginan y ofrecer alternativas llenas de esperanza.[3] Además, les aclaro que, si profesan ser cristianos, están violando 1 Corintios 6:1-8, pasaje que exhorta a los hermanos a no demandarse entre sí.
Negocia por tiempo. Pregunto: «¿Cuánto tiempo llevan casados?». Supongamos que él o ella responde: «Diez años». Entonces digo: «¿Cuánto tiempo les tomó llegar a este punto?». Tal vez responda: «Diez años». Entonces le propongo: «¿Qué te parece darle al Señor diez sesiones de consejería matrimonial para ver si Él puede devolver algo de esperanza a tu matrimonio?». Si dice que no puede hacer eso, entonces le pregunto: «¿Y ocho?».
Recuerda que esto no es tarea de una sola persona. Moviliza al cuerpo para que escuche, ore, interceda y advierta. Una crisis siempre requiere más que el esfuerzo de una sola persona.
No te olvides de la familia. Con frecuencia, las familias en esta situación necesitan ayuda muy práctica. Imagina que el esposo se ha ido y la mamá está deprimida: ¿quién está alimentando a los niños? ¿Quién está limpiando la casa?
Finalmente, procede con la disciplina eclesiástica. Algunas iglesias creen que esta es la primera acción a tomar, pero por favor nota que yo la coloco al final de la lista. Debe aplicarse cuando el hermano «no quiere escuchar» (Mt. 18:16-17). Amenazar con la disciplina eclesiástica debería ser el último recurso, no el primer disparo. A medida que se siguen con paciencia y precisión los pasos de Mateo 18:15-20, recuerda que el objetivo final es la restauración (véanse los vv. 12-14) y el perdón abundante (vv. 21-35). Debería partirnos el corazón si finalmente debemos «decírselo a la iglesia» cuando nuestro hermano o hermana profesante no se arrepiente y debe ser tratado como un incrédulo (v. 17).
Este artículo fue publicado originalmente en ACBC.
[1] Este artículo parte del supuesto de que estamos aconsejando a personas que profesan ser cristianas.
[2] (Para profundizar en este tema, consulta mi artículo «The Beauty of Mediation as a Ministry» (ToolLa belleza de la mediación como herramienta ministerial).
[3] Ed Wilde, «When Marriage Problems Become Legal Problems», in Men Counseling Men, ed. John D. Street (Eugene: Harvest House, 2013), 333-349.
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