¿Qué significa que Jesús sea nuestro gran Sumo Sacerdote? La respuesta nos lleva al corazón mismo de la obra de Cristo. Jesús no solo murió por nuestros pecados; como el Hijo de Dios que tomó nuestra carne y sangre, se ofreció a sí mismo en sacrificio y nos lleva ante el Padre. Al mirar Su oración en Juan 17 a la luz del sacerdocio del Antiguo Testamento, podemos comprender mejor la riqueza de esta obra y lo que significa para quienes están unidos a Cristo.
Juan 17 se conoce tradicionalmente como «la oración sacerdotal de Jesús», y es así porque alude a la función de los sacerdotes veterotestamentarios de Israel —hombres como Aarón, el hermano de Moisés— quienes fueron designados para venir ante el Señor en nombre del pueblo de Dios, y en particular para traer ante la presencia del Señor la sangre del sacrificio anual de expiación.
El primer requisito para los sumos sacerdotes de Israel era que tenían que ser israelitas (de la tribu de Leví), de la misma sangre y carne del pueblo de Dios. Por eso, al convertirse en el máximo y verdadero sumo sacerdote, Dios Hijo vino del cielo y tomó nuestra carne y sangre, y se convirtió en uno de nosotros.
Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo (He. 2:14-17).
El evento más memorable en la agenda de cada sumo sacerdote era Yom Kippur, el Día de la Expiación (Lv. 16). En ese día, él sacrificaba de manera simbólica un macho cabrío el cual moría por los pecados del pueblo, y luego traía la sangre a la misma presencia del Señor en el tabernáculo. Por supuesto, todo esto era simbólico, «porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo» (He. 10:4-5).
En el verdadero Día de la Expiación, Cristo, el Sumo Sacerdote, sacrificaría, no un macho cabrío, sino Su propio cuerpo —Su sangre y carne— esta vez en la cruz.
«Cuando vi la Cruz vi la Trinidad»
Lo sorprendente en este caso es que el que cuelga en la cruz es el Hijo. Su Padre, en Su gran amor, envía al Hijo; y el Hijo obedece, pues se deleita en hacer la voluntad del Padre y en compartir Su amor. Ciertamente, ese amor y ese deleite hacen que el Hijo sea indetenible: Él, decididamente, tenía Su rostro puesto en Jerusalén, a donde iría a morir. Vemos que Él reprende a Pedro por tan solo sugerirle que no lo hiciera. Él tiembla con tan solo pensarlo, pero entrega por completo Su vida por voluntad propia (Jn. 10:18). Porque Él, el Hijo, desea ser a la vez Sumo Sacerdote y el sacrificio por los pecados, ofreciéndose a sí mismo a Su Padre por medio del Espíritu (He. 9:14).
Esto quiere decir que este Dios no hace que sufra un tercero para llevar a cabo la expiación. El que muere es el Cordero de Dios, el Hijo. Y esto significa que nadie, excepto Dios, contribuye a la obra de salvación: el Padre, el Hijo y el Espíritu la lograrán por completo. Ahora, si Dios no fuera trino, si no hubiera Hijo, ni Cordero de Dios que muriera en nuestro lugar, entonces tendríamos que hacer expiación por nosotros mismos. Tendríamos que proveer porque Dios no podría. Pero, ¡aleluya!, Dios tiene un Hijo y este, en Su infinita bondad, muere, pagando así por nuestros pecados. Debido a que Dios es trino, la cruz es una gran noticia.
El momento de la entrega sacrificial llegaría en Juan 19, pero es en Juan 17 que Jesús muestra todo lo que esta iba a lograr. Porque es en Juan 17 que Jesús emprende la obra más común del sumo sacerdote: la obra que dependía de ese acto sacrificial de expiación. ¿Y cuál era esa obra? Cada día, en el tabernáculo, el sumo sacerdote debía ofrendar el grato aroma de incienso delante del Señor (Éx. 30:7-10). Él debía hacerlo mientras llevaba sobre su corazón el pectoral dorado en el que se encontraban incrustadas las doce piedras preciosas. Cada una de esas piedras tenía inscrito el nombre de una de las tribus de Israel (Éx. 28:15-29). De esta manera, el sumo sacerdote entraba en la presencia del Señor con el símbolo de que el pueblo de Dios estaba en su corazón.
Todo eso es lo que precisamente Jesús trata en Juan 17: Él viene ante Dios, Su Padre, con el incienso de Sus oraciones (como un olor fragante levantándose delante del Señor; el incienso es símbolo de la oración, Sal. 141:2; Ap. 5:8). Y lo hace con el pueblo de Dios en Su corazón: «Mas no ruego solamente por éstos [los apóstoles], sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (Jn. 17:20). En otras palabras, de la misma manera en que el sumo sacerdote de Israel traía simbólicamente al pueblo de Dios ante el Señor por medio de la pechera que llevaba puesta sobre su corazón, así Cristo nos traería en Él, delante de Su Padre. Dios Hijo vino del Padre, se hizo como nosotros, sufrió nuestra muerte, y todo esto para traernos de vuelta al Padre como las joyas puestas sobre el corazón del sumo sacerdote.
La primera oración de Jesús por todo Su pueblo es «que todos sean uno; como tú, oh Padre… así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad…» (vv. 21-23). Esta oración de Jesús era una oración muy propia de Él como nuestro Sumo Sacerdote. Porque el Salmo 133 comienza: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras» (Sal. 133:1-2).
Aquí el salmo se está refiriendo a la ordenación de Aarón como sumo sacerdote, donde el aceite sagrado de la unción se vertería sobre su cabeza (Lv. 8:12). De esta misma manera, Cristo («el Ungido») sería ungido por el Espíritu en Su bautismo. Y como el aceite descendía desde la cabeza de Aarón hacia todo su cuerpo, así descendería el Espíritu desde Cristo, nuestra cabeza, hacia Su cuerpo, la Iglesia. De esta manera, nos convertimos en «partícipes de Su unción».1 El Espíritu mediante el cual el Padre había amado eternamente al Hijo, ahora ungiría a los creyentes para «que también ellos sean uno en nosotros» (Jn. 17:22). Uno con el Señor, y uno los unos para con los otros.
Esta es una salvación que viene con sus beneficios. De hecho, mientras más trinitaria la salvación, más beneficiosa resulta. Porque no es tan solo que somos traídos delante del Padre en el Hijo, sino que recibimos el Espíritu con el cual Él fue ungido. Jesús dijo en Juan 16:14 que el Espíritu «me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber». El Espíritu toma lo que es del Hijo y lo hace nuestro. Cuando el Espíritu reposó sobre Jesús en Su bautismo, este escuchó al Padre decir desde el cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
Pero ahora que el mismo Espíritu en carácter de hijo reposa sobre mí, estas mismas palabras son para mí también: en Cristo, mi Sumo Sacerdote, soy un hijo adoptado, amado y ungido con el Espíritu. Como le dice Jesús al Padre en Juan 17:23, «los has amado a ellos como también a mí me has amado». Así que, como el Hijo me trae delante de Su Padre con Su Espíritu en mí, puedo clamar libremente «Abba», por la comunión de ellos que ahora comparto gratuitamente: el Altísimo, mi Padre; el Hijo, mi hermano mayor; el Espíritu ya no es solo el Consolador de Jesús sino mío también.
La obra de nuestro gran Sumo Sacerdote nos muestra la riqueza de la salvación que Dios nos ha dado. El Hijo tomó nuestra carne, se ofreció a sí mismo por nuestros pecados y ahora nos lleva ante el Padre. Pero no nos lleva como extraños: unidos a Cristo y por medio de Su Espíritu, somos recibidos como hijos amados. Por eso podemos acercarnos a Dios con confianza y llamarlo «Abba, Padre». En Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, hemos sido llevados a disfrutar de una comunión con el Padre que jamás podríamos haber alcanzado por nosotros mismos.
Este artículo es un extracto del libro Deleitándose en la Trinidad, publicado por Editorial EBI.
Lee también: Amando a Dios como hijos y Cuando el amor se desvía: la historia del pecado en Génesis.
Referencias y notas
- Heidelberg Catechism [Catecismo de Heidelberg], 32.

Deleitándose en la Trinidad
El libro del que salió este artículo: Michael Reeves recorre el cristianismo entero desde el Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, y muestra que la salvación, la oración y la iglesia solo se entienden desde ahí.
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