«¿Por qué estoy deprimido?».
La respuesta a tu pregunta variará según a quién se la hagas. Un amigo te dirá una cosa, un médico otra, y un terapeuta quizá te diga algo completamente distinto.
Pero ¿ya intentaste preguntarle a tu propia alma?
En los Salmos 42 y 43, el salmista les da a quienes luchan con la depresión un modelo bíblico para encontrar esperanza. En este artículo veremos cómo el preguntarte a ti mismo «¿Por qué te desesperas, alma mía?» puede señalarte la esperanza en medio de la depresión.
El estribillo de los Salmos 42 y 43
Los Salmos 42 y 43 están unidos por un estribillo en común. Tres veces, en estos dos salmos, encontramos este clamor:
¿Por qué te desesperas, alma mía,
y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios, pues lo he de alabar otra vez.
¡Él es la salvación de mi ser, y mi Dios! (Sal. 42:5, 11; 43:5)
En estos versículos encontramos una lucha interna, una respuesta interna y una respuesta externa.
Una lucha interna
El estribillo dirige la pregunta al corazón: «¿Por qué te desesperas, alma mía?». Pero no es una pregunta desconcertada, de quien busca datos, porque el salmista ya conoce la respuesta: ha estado cantando de ella desde el primer versículo y la repetirá en la siguiente oración. No, la pregunta brota de un conflicto interno: «¿Por qué te turbas dentro de mí?».
La lucha del salmista ilumina la lucha de la depresión en general: la depresión es una lucha contigo mismo.
Juan Calvino entendió esta lucha interna. Él dice: «David aquí se representa a sí mismo como si formara dos bandos opuestos… [él] se considera a sí mismo como el enemigo contra el cual desea principalmente combatir».1
Una parte de ti sabe exactamente qué hacer. Otra parte de ti llora y la atormentan voces de duda (42:3). Esa parte está sumergida bajo una cascada pesada, y su estruendo ahoga tus gritos (42:7). Te lamentas porque sientes que Dios te ha olvidado y que los enemigos se burlan de ti (42:9-10).
¿Qué parte ganará la batalla?
Una respuesta interna
Si el conflicto es interno, necesitarás orientación sobre cómo ganar esa batalla interna. Estos salmos revelan cómo debes responder en tu corazón.
¿Qué debes hacer en respuesta a esta lucha interior? El salmista modela la postura correcta del corazón y las actividades internas:
- Anhela a Dios (42:1).
- Ten sed de Dios (42:2).
- Recuerda los tiempos de dulce adoración congregacional (42:4).
- Derrama tu alma delante de Dios (42:4).
- Espera en Dios (42:5).
- Acuérdate de Dios (42:6).
- Refúgiate en Dios (43:1).
Puede que ya estés haciendo y experimentando muchas de estas cosas. Después de todo, el salmista anhela a Dios y tiene sed de Él, y aun así se describe a sí mismo como «desesperado» y «turbado dentro de mí».
O quizá estas cosas te parezcan imposibles en este momento. Tal vez estás tan abrumado que la sola idea de ponerte los calcetines —ya no digamos despertar en ti un apetito santo y espiritual por Dios— te provoca ansiedad, culpa o pánico.
Quizá el mejor consejo que puedo darte en este punto es este: reconoce que tu turbación viene de un hambre de Dios. Puede que anheles sinceramente conocer y amar al Señor, o puede que estés amargado contra Él y huyendo de Él. De cualquier manera, el dolor que sientes —o el malestar sordo donde debería estar el dolor— viene de un alma que tiene hambre y sed.
Así que entrégate a esa hambre espiritual. Aunque ahora no la sientas, sigue el ejemplo del salmista y exprésala. Vuélvete a Dios en tu interior. Medita en los versículos citados arriba. Reconoce que tu necesidad es hambre y sed del Señor. Dirige tu mente a acordarte de Él, de Su amor por ti y de Su carácter (42:6). Si eso te parece demasiado abstracto, recuerda la «voz de alegría y de acción de gracias» que has vivido al reunirte con la iglesia para adorar (42:4).
Tu principal tentación será buscar un camino más fácil. La comida chatarra llena, pero te deja en peores condiciones y destruye tu apetito por el alimento sano. Ten cuidado —incluso miedo— de privarte de Dios. Cuanto más te alejas de Él, más pierdes el apetito por las cosas espirituales.
Cultivar el apetito por Dios comienza por tomar el control de tu narrativa interior. Esta es una de las enseñanzas clave del salmo, y se repite tres veces a propósito:
- Pídele cuentas a tu alma: «¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?». Deja las excusas que te mantienen en el mismo lugar. Mírate con honestidad y hazte responsable del estado de tu alma.
- Dite a ti mismo qué hacer: «Espera en Dios». Esperar en Dios no es fabricar un sentimiento alegre de optimismo color de rosa. Esperar en Dios es reconocer que Él es tu única fuente de consuelo, ayuda y liberación.
- Dite a ti mismo la verdad: «Lo he de alabar otra vez. ¡Él es la salvación de mi ser, y mi Dios!». Alinea tu manera de pensar con lo que es verdad, lo cual incluye la realidad de cómo te sientes (ver el versículo 5). Y, más importante aún, alinea tu manera de pensar con lo que es verdad acerca de Dios. A medida que repasas las verdades de quién es Él y de lo que te ha prometido, aprenderás a interpretar tus circunstancias de manera bíblica. Tu conversación podría ser así: «Ahora no siento Su presencia, pero creo que Él es mi única esperanza de salvación. Creo que Él es Dios, y que todo lo que la Biblia dice de Él es verdad, sin importar lo que yo sienta en este momento. Y por eso lo alabaré otra vez».
- Repítete estas verdades una y otra vez. Hazlo de nuevo, sin importar cómo te sientas. Este es el «coro» de la oración, y si el salmista inspirado necesitó decirlo una y otra vez, tú también.
Una respuesta externa
El salmista nos modela otro tipo de respuesta. Nuestra respuesta interna es importante, y nuestra narrativa interior tiene que cambiar: ese es el propósito del estribillo. Pero nuestra respuesta externa es igual de significativa si hemos de encontrar un camino hacia la esperanza en medio de la depresión.
Estos salmos dan dos ejemplos de respuestas externas a la lucha interna.
Primero, en el Salmo 42:8, el salmista habla. «A Dios, mi roca, diré…». Hay tres cosas que notar sobre esta actividad exterior:
- Es en voz alta. Él de verdad pronuncia estas palabras. Con demasiada frecuencia dejamos que los pensamientos informes cuenten como oraciones. Ponerle nombre al problema tiene una ventaja: en lugar de una niebla de desesperación, desordenada y sin forma, el salmista cuantifica el problema y así lo delimita. Dice: «Siento que me has olvidado. Estoy desesperado, estoy oprimido y siento que estás ausente» (42:9-10). Ya sea que lo escribas o lo digas en voz alta, pon tu oración en palabras. Hay esperanza al expresar tu súplica.
- Está dirigida a Dios. Él le habla a Dios. Sí, toma el control de su narrativa interior y se habla a sí mismo, pero no se queda ahí. Se vuelve a Dios.
- Es honesta. Su oración no es trillada ni sentimental, ni está llena de palabrería piadosa. Es honesto acerca de lo que siente, «como quien quebranta mis huesos», y acerca de la pregunta «¿Dónde está tu Dios?».
Segundo, en el Salmo 43:3-4, el salmista va. «Que me lleven a Tu santo monte y a Tus moradas. Entonces llegaré al altar de Dios, a Dios, mi supremo gozo». Hay tres cosas que notar sobre esta respuesta externa:
- El gozo se encuentra entre el pueblo de Dios. En 42:4, el salmista recuerda el gozo de adorar con la multitud en la casa de Dios. En 43:3-4, anticipa el gozo de volver al lugar donde se adora a Dios. La depresión es el valle entre las cumbres espirituales de reunirse con el pueblo de Dios. Ya sea que la depresión sea la causa o el efecto, el letargo espiritual y la asistencia escasa a la iglesia suelen ir de la mano.
- La luz y la verdad guían a la casa de Dios. El salmista pide que la luz y la verdad de Dios lo guíen. Es una petición de una revelación de Dios mismo. Él es la verdad (Jn. 14:6) y la luz (1 Jn. 1:5). ¿Adónde lleva esa revelación? «A Tu santo monte y a Tus moradas».
- Tu narrativa interior debe llevarte a la adoración exterior. El recorrido del salmo va de hablarse a uno mismo de manera santificadora a la oración en voz alta y al anhelo de adorar con el pueblo de Dios. Así como debes seguir pidiéndole cuentas a tu alma (el Salmo 43 termina con el estribillo), esa rendición de cuentas te lleva a una vida vigorosa de adoración en la iglesia. Después de todo, a esto apunta el estribillo: «Lo he de alabar otra vez». El contexto, como hemos visto, indica que la alabanza a la que se refiere es la adoración congregacional.
Estos salmos nos ayudan a ver que la depresión es una lucha interna que requiere respuestas internas y externas fundadas en la verdad.
La esperanza se encuentra al reconocer que tu necesidad es una que solo Dios puede satisfacer. El camino hacia adelante en medio de la turbación interior es pedirle cuentas a tu alma, decirte a ti mismo las verdades acerca de Dios y comenzar a practicar las disciplinas externas de la oración y la adoración congregacional.
Al hacerlo, avanzarás con el salmista hacia la conclusión que satisface el alma y con la que terminan ambos salmos: Dios es «la salvación de mi ser, y mi Dios».
Este artículo fue publicado originalmente en Association of Certified Biblical Counselors.
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Referencias y notas
- Juan Calvino, Commentary on the Book of Psalms, trad. James Anderson, vol. 2, comentario a Salmo 42:5.
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