Con este artículo quiero concluir esta breve serie sobre algunas de las posibles razones por las que ciertas personas llegan a la conclusión de que el cristianismo no «funcionó» para ellas. A lo largo de estos artículos he procurado promover un enfoque bíblico y equilibrado de la vida cristiana, uno que pueda sostenerse a lo largo del tiempo. En particular, hemos considerado algunos conceptos equivocados acerca de la gracia, percepciones distorsionadas de la santificación y expectativas poco realistas respecto al papel de las emociones en la vida cristiana.

Serie «El cristianismo no funcionó para mí», de Ken Casillas, en 4 partes.
Parte 1: la gracia · Parte 2: la santificación · Parte 3: las emociones · Parte 4: la seguridad de salvación (estás aquí)

Sin duda, hay muchos otros factores que pueden influir en que una persona tenga una experiencia insatisfactoria con el cristianismo. Es posible que una enseñanza equivocada haya dado origen, en primer lugar, a esos malentendidos. Además, los malos ejemplos, un ambiente familiar o eclesiástico poco saludable y las experiencias de abuso suelen desacreditar el evangelio y alejar a las personas de él. Por eso, cuando alguien decide apartarse de Cristo, los creyentes que lo rodean debemos examinar con seriedad y rectitud cualquier cosa que hayamos hecho para contribuir a esa situación.

La pregunta decisiva

Sin restar importancia a los demás factores, no podemos eludir la pregunta decisiva cuando pensamos en quienes creen que el cristianismo no «funcionó» para ellos: ¿han experimentado realmente la regeneración? No me refiero a si una persona puede recordar la fecha en que profesó por primera vez su fe en Cristo. Tampoco estoy hablando de dudas sinceras acerca de la historicidad de la Biblia u otras cuestiones apologéticas. Me refiero al fruto de la perseverancia y de la santidad, que constituye el resultado necesario y la confirmación del nuevo nacimiento.

La Escritura habla de este tema con toda claridad. Viene a mi mente 1 Juan 2:19:

«Ellos salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros. Pero salieron, a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros».

De manera semejante, el Nuevo Testamento afirma de forma reiterada y contundente que los verdaderos cristianos perseveran en la fe. Colosenses 1:21-23 ofrece un ejemplo de ello:

«Y aunque ustedes antes estaban alejados y eran de ánimo hostil, ocupados en malas obras, sin embargo, ahora Dios los ha reconciliado en Cristo en Su cuerpo de carne, mediante Su muerte, a fin de presentarlos santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él. Esto Él hará si en verdad permanecen en la fe bien cimentados y constantes, sin moverse de la esperanza del evangelio que han oído…».

Afirmaciones como esta no implican que el creyente alcance la perfección sin pecado. Lo que sí describen es una devoción fundamental a Cristo y a Su señorío. Otros pasajes también presentan el crecimiento en la piedad como una evidencia de la regeneración y como un medio por el cual el creyente puede tener seguridad de salvación (por ejemplo, 2 P. 1:3-11).

Los desafíos de la seguridad de salvación

Sin embargo, no estamos tratando con un asunto sencillo. De hecho, uno de los aspectos más fundamentales de la vida cristiana también puede ser uno de los más difíciles de abordar al ayudar a otras personas: la seguridad de salvación. Y las dificultades relacionadas con este tema abarcan un amplio espectro. En un extremo están las personas hipersensibles, que viven obsesionadas con esta cuestión y encuentran enormes obstáculos para disfrutar de la paz. En el otro extremo están quienes parecen no inquietarse por su pecado y son adormecidos por una falsa sensación de seguridad que los lleva a la complacencia. Los casos más difíciles son aquellos que se encuentran en algún punto intermedio de ese espectro.

Con cierta frecuencia, consejeros, pastores y quienes discipulan a otros se enfrentan al desafío de saber cómo tratar los casos relacionados con la seguridad de salvación. Quizá más a menudo de lo que quisiéramos admitir, nos descubrimos frustrados y pensando: «¡No debería ser tan difícil lograr que una persona regenerada obedezca la Palabra de Dios y haga lo que es correcto!». Esa es una preocupación legítima, pero se ve atenuada cuando recordamos nuestros propios pecados y las épocas de frialdad espiritual que nosotros mismos hemos experimentado. Y eso, sin mencionar los graves fracasos de personajes bíblicos como David y Pedro.

Sin embargo, la Biblia también dice en 1 Juan 3:9: «Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios».

Pero ¿cómo podemos determinar cuándo el pecado repetido llega a convertirse en una «práctica del pecado»? No podemos eludir esta pregunta. Sin embargo, la Biblia no establece una cantidad de pecados ni traza una línea específica que permita distinguir a los creyentes de los incrédulos. Además, considerando la infinita gracia de Cristo al morir para librarnos del pecado, concentrarnos en determinar dónde está esa línea parece la máxima expresión de la impropiedad y la ingratitud.

Al mismo tiempo, cuando procuramos aplicar 1 Juan 3:9 a personas concretas, nos encontramos con numerosos factores que, hasta cierto punto, parecen atenuar la situación: debilidades y predisposiciones de la personalidad, patrones antibíblicos de pensamiento y conducta arraigados por años de una mala formación, el poder de hábitos adquiridos antes de la profesión de fe, adicciones a sustancias, la influencia de ambientes nocivos en el presente, la inmadurez propia de la juventud y muchos otros. Sin embargo, llega un momento en que concentrarnos demasiado en esos factores comienza a parecer más una búsqueda de excusas que un enfoque pastoral responsable, y nos lleva a transitar un terreno de enorme riesgo eterno.

Un camino a seguir

Si los últimos párrafos te han dejado confundido e inquieto, comparto ese sentimiento. Entonces, ¿qué debemos hacer? Para comenzar, debemos reconocer que los seres humanos no podemos darnos unos a otros la seguridad de salvación. Es el Espíritu quien «da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Ro. 8:16). Pero ¿qué medios utiliza Él para hacerlo? ¿Y hacia dónde debemos orientar a quienes carecen de esa seguridad?

En el siguiente enlace encontrarás una explicación que ilustra, al menos en parte, el misterioso proceso mediante el cual Dios concede seguridad de salvación a Su pueblo. En un sentido más amplio, a continuación presento algunos principios fundamentales a los que he recurrido una y otra vez, tanto en mi propia vida como al ayudar a otros. No constituyen una fórmula infalible ni un método paso a paso. Tampoco son ideas novedosas o espectaculares. De hecho, varios de ellos retoman aspectos que ya he tratado a lo largo de esta serie. Aun así, creo que reflejan el enfoque básico de la Biblia respecto a la regeneración, la santificación, la perseverancia y la seguridad de salvación.

  • Valora la lucha. La santificación es una batalla espiritual que dura toda la vida, un conflicto permanente entre la carne y el Espíritu (Gá. 5:16-17). Aunque podamos perder algunas batallas, la lucha constante por resistir el pecado y honrar al Señor es, en sí misma, una evidencia de vida espiritual. También lo son el dolor y el aborrecimiento por nuestros pecados contra Dios.
  • Haz uso de los medios de gracia. Disciplinas espirituales como la lectura de la Biblia, la oración y la participación en la iglesia requieren el ejercicio de la voluntad, pero no las veas simplemente como disciplinas. Considéralas como los medios por los cuales Dios te comunica Su gracia santificadora. Tú no puedes aumentar tu afecto por Cristo ni disminuir tu deseo de pecar. Pero sí puedes acercarte diligentemente a los medios por los cuales Dios mismo obra en tu interior. Tal vez no te das cuenta de cuán constantemente necesitas estos medios de gracia ni de cómo el Señor los utiliza, muchas veces de manera imperceptible, para obrar en tu vida. Piensa, por ejemplo, en la influencia de otros creyentes. Hebreos 3:13 dice: «Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: “Hoy”; no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado» (énfasis añadido).
  • Lucha sin tregua contra el pecado. Haz todo lo que esté a tu alcance para eliminar las fuentes de tentación (Mt. 5:29-30). Esto puede requerir una reorientación profunda de los hábitos y patrones de tu vida. Y tan pronto como seas consciente de haber pecado, confiésalo al Señor y pídele que limpie tu conciencia por medio de la sangre de Cristo (1 Jn. 1:9). Si te resulta difícil arrepentirte, ora con pasajes de arrepentimiento como el Salmo 51. Si deseas orientación más específica sobre cómo luchar contra el pecado, te recomiendo ampliamente los escritos del puritano John Owen, en particular el libro Victoria sobre el pecado y la tentación. Si buscas un recurso más accesible, considera El enemigo que llevas dentro, de Kris Lundgaard. Sin embargo, recuerda que la vida cristiana no consiste únicamente en la mortificación del pecado. Sustituye los patrones pecaminosos cultivando, por el poder del Espíritu, las virtudes que corresponden a una vida piadosa (Ef. 4:25 y ss.).
  • Mantén una perspectiva a largo plazo. Dadas las muchas dificultades que las personas enfrentan, el fruto evidente de la regeneración puede tardar mucho tiempo en desarrollarse. No te evalúes en términos de horas, días o semanas, sino de meses, años o incluso décadas. Con frecuencia, Dios obra conforme a un tiempo distinto del nuestro. Parte del proceso de santificación consiste en aprender a depender de Él y esperar pacientemente en Su obrar, aun mientras avanzamos paso a paso en nuestro crecimiento espiritual. Al mismo tiempo, reconoce y celebra cada «pequeña» victoria que experimentes gracias a la gracia capacitadora de Dios (Fil. 2:12-13). Es posible que estés creciendo más de lo que imaginas.
  • Concéntrate en Cristo. La justificación es por la fe solamente en Cristo (Ro. 3:21-26). La santificación implica un esfuerzo capacitado por Dios, pero tiene lugar, fundamentalmente, mediante una relación cada vez más profunda con Cristo (2 Co. 3:18). De igual manera, la seguridad de salvación incluye el autoexamen (2 Co. 13:5), pero se fortalece principalmente cuando dirigimos nuestra mirada a Jesús. Todo el libro de Hebreos fue escrito con ese propósito. Sí, contiene advertencias solemnes, pero su principal manera de fomentar la perseverancia y la seguridad de salvación es desplegar ante nosotros las glorias de la persona y la obra de Cristo. Y si resulta que alguien no ha sido regenerado, ¿qué otro medio podría usar Dios para hacerle ver esa realidad y conducirlo a la fe salvadora? Sea que esta frase se remonte a Robert Murray McCheyne, a Richard Baxter o a algún otro autor, sigue siendo cierta y profundamente liberadora: «Por cada mirada que dirijas a ti mismo, dirige diez a Cristo». O quizá cien.

Este artículo fue publicado originalmente en Theology in 3D

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Más allá del capítulo y el versículo - Ken Casillas

Más allá del capítulo y el versículo

Ken Casillas propone un método bíblicamente coherente para aplicar las Escrituras a la vida real, ilustrado con casos de estudio.


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